Las venas abiertas de América Latina ¿Nosotros sabremos defender lo nuestro?

Por Jagua Arandú – Para Identidad Correntina

La tarde comienza a apagarse lentamente sobre el Paraná.

El agua baja tranquila.

Un dorado salta a lo lejos.

Las garzas buscan los bancos de arena donde pasarán la noche.

Apoyo el mate sobre un viejo tronco, abro la notebook y vuelvo a recorrer las páginas de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.

No importa cuántos años pasen.

Hay libros que siempre regresan.

Y cuando regresan, uno descubre que ya no es el mismo lector.

Mientras avanzo por aquellas páginas, no recuerdo solamente el libro.

Recuerdo mi propia vida.

La del chico que, allá por 1955, se subía al techo de su casa para cantar la marcha peronista mientras su madre negociaba, desesperada, que bajara antes de que ocurriera una desgracia.

Recuerdo las reuniones casi clandestinas.

Las pintadas.

Los carteles pegados de madrugada.

Las discusiones interminables.

Las esperanzas de toda una generación convencida de que estaba construyendo un país mejor.

No reniego de aquellas convicciones.

Sería negar una parte de mi historia.

Pero los años enseñan cosas que ningún libro puede enseñar.

Porque la vida termina siendo la universidad más exigente.

Y mientras los recuerdos iban apareciendo uno detrás de otro, hubo una sombra que nunca dejó de acompañarlos.

Una sombra oscura.

Persistente.

Una mancha venenosa.

La corrupción.

La vi atravesar gobiernos de todos los colores.

La vi en dictaduras y en democracias.

La vi vestida de uniforme.

La vi con traje.

La vi detrás de discursos revolucionarios.

Y también detrás de discursos liberales.

Porque la corrupción no reconoce banderas.

Se alimenta de la ambición, de la impunidad y de la pérdida de valores.

Sin embargo, la historia no solamente conserva ejemplos de decadencia.

También nos dejó faros.

El rey Salomón quedó en la memoria de los siglos como símbolo de la sabiduría para gobernar. Más allá del debate histórico sobre su figura, el relato bíblico transmite una enseñanza que sigue vigente: la autoridad alcanza su verdadera dimensión cuando busca la justicia antes que el beneficio personal. Un gobernante puede poseer riqueza y poder, pero será recordado por la rectitud de sus decisiones.

Siglos antes de Cristo, Ciro el Grande, fundador del Imperio Persa, eligió otro camino poco frecuente para su tiempo. En lugar de imponer su dominio únicamente por la fuerza, respetó las creencias, las leyes y las costumbres de los pueblos conquistados. Comprendió que un imperio podía sostenerse mejor sobre la confianza y el respeto que sobre el miedo. Por eso muchos historiadores lo consideran uno de los primeros grandes estadistas de la humanidad.

Ambos pertenecen a épocas remotas.

Sin embargo, sus ejemplos conservan una extraordinaria actualidad.

Nos recuerdan que el verdadero liderazgo no nace del fanatismo ni del culto a la personalidad.

Nace de la honestidad.

De la prudencia.

Del respeto por la ley.

Y de la capacidad de pensar en las generaciones futuras.

Quizás por eso las grandes civilizaciones no se construyen solamente con ejércitos o con riquezas.

Se construyen, sobre todo, con valores.

Y cuando esos valores desaparecen, la corrupción comienza lentamente a vaciar las instituciones desde adentro, mucho antes de que la sociedad advierta la profundidad del daño.

Con el tiempo comprendí que América Latina no puede explicarse únicamente por el imperialismo ni por la codicia de las grandes potencias.

Claro que existen.

Siempre existieron.

Las potencias defienden sus intereses.

Eso no debería sorprender a nadie.

La verdadera pregunta es otra.

¿Qué hacemos nosotros cuando nos sentamos a negociar?

¿Llegamos preparados?

¿Tenemos un proyecto nacional que trascienda los gobiernos?

¿Sabemos distinguir entre el interés del país y el interés de quienes circunstancialmente ejercen el poder?

¿O seguimos creyendo que los discursos altisonantes reemplazan al conocimiento y a la capacidad?

He visto demasiadas veces cómo el fanatismo terminó ocupando el lugar de la inteligencia.

Cómo los delirios mesiánicos desplazaron al sentido común.

Cómo la improvisación reemplazó a la planificación.

Y cómo una mediocridad persistente fue ocupando espacios donde deberían haberse sentado los mejores.

No es una enfermedad exclusiva de un partido político.

Es un mal que atraviesa buena parte de nuestra historia.

Tal vez por eso tantos escritores argentinos intentaron describirla desde distintas miradas.

Nos advirtieron sobre la tentación de construir relatos antes que instituciones.

De buscar salvadores antes que ciudadanos responsables.

Mientras tanto, el mundo siguió cambiando.

Ya no se disputa solamente el petróleo.

Ahora también se disputan el litio, el cobre, el agua dulce, los alimentos, la energía, los minerales críticos, los datos y la inteligencia artificial.

Los mapas estratégicos del siglo XXI ya no se parecen a los del siglo pasado.

Y, sin embargo, la pregunta sigue siendo exactamente la misma.

¿Seremos capaces de defender lo nuestro?

No con gritos.

No con consignas.

No con relatos.

Sino con conocimiento.

Con educación.

Con instituciones fuertes.

Con honestidad.

Con dirigentes que comprendan que negociar no es arrodillarse, pero tampoco desafiar al mundo para satisfacer el aplauso de una tribuna.

El buen negociador no entrega lo que pertenece a su pueblo.

Pero tampoco desperdicia oportunidades por orgullo o por ignorancia.

Quizás el mayor error de nuestra generación haya sido creer que el desarrollo dependía solamente de la economía.

La historia parece enseñarnos otra cosa.

Primero vienen los valores.

Después las instituciones.

Luego la confianza.

Y recién entonces aparecen la inversión, el trabajo y la prosperidad.

Cuando ese orden se invierte, las naciones comienzan a vaciarse por dentro, aunque durante un tiempo todavía parezcan fuertes.

Cierro la notebook.

El mate ya está lavado.

El Paraná sigue su marcha silenciosa hacia el Río de la Plata.

Pienso que el río nunca discute con la corriente.

La conoce.

La entiende.

La aprovecha.

Quizás allí resida una de las mayores enseñanzas de la naturaleza.

Los pueblos tampoco pueden detener las grandes corrientes de la historia.

Pero sí pueden aprender a navegar en ellas con inteligencia, dignidad y sentido del interés nacional.

Porque las venas de América Latina siguen abiertas.

La pregunta pendiente ya no es solamente quién intenta aprovecharse de nuestras riquezas.

La verdadera pregunta es mucho más incómoda.

¿Hemos aprendido, por fin, a defender lo que es nuestro?