El Mundial y el espejo argentino: identidad, orgullo y la lección de que nadie es más que nadie

Las acusaciones de racismo, la reacción nacionalista y la conducta de la selección reabrieron una discusión sobre cómo se ve la Argentina y cómo es observada desde el exterior. Entre la hospitalidad, el igualitarismo y las contradicciones históricas, el país enfrenta el desafío de defenderse sin negar sus problemas.

El Mundial terminó, pero algunas de las discusiones que despertó continúan abiertas.

Lo que comenzó como una competencia deportiva se convirtió en una controversia internacional sobre el racismo, la inmigración, el nacionalismo y la identidad argentina. Actores, periodistas, dirigentes y usuarios de las redes sociales formularon acusaciones generales contra el país. Desde la Argentina, las respuestas oscilaron entre la indignación, el rechazo, la autocrítica y la construcción de una supuesta conspiración externa.

La polémica demostró que el fútbol dejó de ser solamente un deporte. Es un escenario donde las sociedades proyectan sus conflictos, sus prejuicios, sus orgullos y también sus frustraciones.

Para comprender lo ocurrido no alcanza con decidir quién tuvo razón en las redes. Es necesario observar la historia argentina, sus aciertos, sus zonas oscuras y un principio cultural que atraviesa buena parte de su experiencia colectiva:

“Naides es más que naides”.

Una acusación que golpeó una fibra profunda

La afirmación del actor estadounidense Samuel L. Jackson, quien calificó a la Argentina como uno de los países más racistas del mundo, provocó una reacción inmediata.

La frase fue considerada injusta, simplificadora y carente de contexto histórico. También activó una sensibilidad particular: la Argentina se construyó a sí misma como una sociedad receptora de inmigrantes y como un país donde personas de distintos orígenes podían integrarse con una relativa facilidad.

Esa imagen no es completamente inventada.

El artículo 20 de la Constitución Nacional reconoce a los extranjeros los mismos derechos civiles que a los ciudadanos. Les permite trabajar, ejercer profesiones, comerciar, poseer bienes, practicar libremente su religión, contraer matrimonio y permanecer en el país sin obligación de adoptar la ciudadanía.

Para mediados del siglo XIX era una declaración extraordinariamente abierta. Sobre esa base llegaron millones de europeos, latinoamericanos, asiáticos, africanos y ciudadanos procedentes de Medio Oriente.

La convivencia entre católicos, judíos, musulmanes y comunidades de numerosos orígenes constituye uno de los rasgos valiosos de la sociedad argentina.

Pero esa tradición no autoriza a sostener que nunca existieron discriminación, racismo o exclusiones.

La Argentina fue generosa y contradictoria. Integradora en muchos aspectos, pero también capaz de reproducir prejuicios sociales, étnicos y culturales.

Reconocer ambas dimensiones no debilita al país. Lo ayuda a conocerse.

El igualitarismo como marca argentina

Una de las características que distingue históricamente a la Argentina dentro de América Latina es su fuerte cultura igualitaria.

No significa que exista igualdad económica ni que hayan desaparecido las jerarquías. Significa que la sociedad tiende a rechazar la idea de que una persona posee, por nacimiento, un derecho natural a colocarse por encima de las demás.

Ese espíritu estaba presente desde los primeros años de la vida rioplatense. A diferencia de otras sociedades coloniales, aquí tuvieron menor peso las estructuras nobiliarias y los sistemas de castas rígidas.

La expresión “Naides es más que naides” sintetizó esa aspiración.

Fue utilizada en el mundo rural, en la poesía gauchesca y en el discurso de los caudillos federales. José Artigas la convirtió en parte de su concepción política. También quedó asociada con Francisco “Pancho” Ramírez, el caudillo entrerriano muerto en 1821.

No era simplemente una frase pintoresca. Representaba una noción de dignidad: nadie debía aceptar que otro se considerara superior por su apellido, su fortuna, su origen o su posición.

Esa mentalidad reapareció posteriormente en la movilidad social, la escuela pública, la universidad y la integración de los inmigrantes.

Durante décadas, la Argentina ofreció a los hijos de trabajadores la posibilidad de estudiar, ascender socialmente y alcanzar espacios que en otras sociedades permanecían reservados para las elites.

Esa experiencia construyó una identidad nacional orgullosa de su carácter igualitario, aunque la realidad muchas veces no estuviera a la altura del ideal.

La Argentina afrodescendiente

Una parte de la polémica internacional se concentró en la supuesta ausencia de personas negras en la sociedad argentina y en su selección de fútbol.

Esa mirada parte de un desconocimiento de la historia.

La población afrodescendiente tuvo una presencia relevante durante la etapa colonial y las primeras décadas de la independencia. Participó de la vida política, militar, cultural y económica del Río de la Plata.

Los hombres afroargentinos fueron incorporados en grandes proporciones a los ejércitos de la independencia, las guerras civiles y la Guerra del Paraguay. Las epidemias, la pobreza, el mestizaje y las migraciones también modificaron la composición de esas comunidades.

Sin embargo, no desaparecieron.

Durante el siglo XIX circularon en Buenos Aires periódicos editados por afroargentinos, como La Broma, que reflejaban sus debates, celebraciones y reclamos.

También dejaron una marca profunda en la música popular, el candombe, la milonga, el tango y el lenguaje cotidiano.

En el fútbol argentino hubo figuras afrodescendientes como Alejandro de los Santos, Héctor “Chocolate” Baley y José Ramos Delgado, de ascendencia caboverdiana.

El Censo 2022 registró a más de 300.000 personas que se reconocieron afrodescendientes o con antepasados africanos. La cifra probablemente no capture la totalidad de una identidad que durante generaciones fue invisibilizada o diluida dentro del mestizaje.

La pregunta correcta no es por qué “no hay negros” en la Argentina. Es por qué el país tuvo tantas dificultades para reconocer y narrar plenamente su propia diversidad.

El error de mirarnos como una excepción perfecta

La defensa frente a una acusación injusta puede cometer un error equivalente: idealizar a la Argentina como una sociedad sin discriminación.

La historia ofrece ejemplos que obligan a evitar esa comodidad.

Hubo exclusiones hacia afrodescendientes, pueblos originarios, inmigrantes limítrofes, judíos, comunidades asiáticas y sectores populares. También hubo expresiones de racismo en la vida cotidiana, el fútbol, los medios y la política.

Durante el siglo XX, la Argentina recibió a perseguidos, refugiados y trabajadores de diversos orígenes. Pero también permitió el ingreso de criminales nazis como Adolf Eichmann, Josef Mengele, Erich Priebke y otros responsables o colaboradores del aparato represivo europeo.

Esos casos tuvieron una enorme repercusión internacional y contribuyeron a construir una imagen persistente del país como refugio del nazismo.

La neutralidad argentina durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial también dejó una huella negativa, particularmente en Estados Unidos.

Aunque la historia fue más compleja que la caricatura, la decisión de permanecer neutral cuando la mayoría del continente se alineaba con los Aliados generó sospechas que continuaron durante décadas.

La cultura popular estadounidense y europea reforzó esa representación mediante películas, novelas y series en las que Buenos Aires o la Patagonia aparecían como escondites de nazis fugitivos.

Nada de esto convierte a la Argentina en “el país más racista del mundo”. Pero ayuda a entender por qué ciertas acusaciones encuentran una audiencia dispuesta a creerlas.

Defender la reputación nacional requiere conocer también las razones históricas de los prejuicios externos.

El riesgo de responder con nacionalismo punitivo

Frente a las críticas internacionales, el Gobierno eligió denunciar una “campaña antiargentina” y avanzar con medidas para impedir el ingreso o expulsar a extranjeros que difundieran mensajes de odio contra el país.

La respuesta permitió al oficialismo colocarse al frente de una sensibilidad nacional herida. Pero también abrió interrogantes jurídicos y políticos.

Una democracia liberal debería responder a una opinión ofensiva con argumentos, información y debate, no con prohibiciones migratorias.

Expulsar o impedir la entrada de una persona por sus expresiones resulta difícil de conciliar con la libertad de pensamiento que el propio Gobierno reivindica.

Además, la reacción punitiva corre el riesgo de contradecir una de las mejores tradiciones argentinas: la apertura hacia los extranjeros consagrada en la Constitución.

La Argentina puede rechazar una acusación injusta sin transformar al crítico en enemigo. Puede defender su historia sin negar sus fallas. Puede reivindicar sus símbolos sin utilizar el nacionalismo como herramienta de persecución.

La verdadera fortaleza nacional no consiste en acallar a quien cuestiona, sino en contestarle con hechos y razones.

El fútbol amplifica todo

Ningún otro deporte concentra tanta pasión colectiva como el fútbol.

Durante un Mundial, las selecciones dejan de representar solamente a una federación deportiva. Se convierten, durante unas semanas, en símbolos de países enteros.

Una conducta individual pasa a ser interpretada como una característica nacional. Una canción, una celebración, una infracción o un gesto se transforma en prueba de la supuesta personalidad de millones de personas.

Ese mecanismo explica por qué los excesos ocurridos alrededor de algunos partidos produjeron una repercusión desproporcionada.

También muestra la responsabilidad de los jugadores, dirigentes, comunicadores e hinchas. En una competencia de escala global, cada gesto puede ser grabado, recortado, difundido y reinterpretado fuera de su contexto.

La Argentina respondió muchas veces con la misma lógica que criticaba: generalizó, insultó y convirtió observaciones particulares en ataques contra toda la Nación.

La discusión dejó entonces de ser sobre hechos concretos y se transformó en una competencia de agravios colectivos.

El país que se unió detrás de la selección

El Mundial también mostró una cara diferente.

Durante varias semanas, millones de argentinos compartieron una experiencia común más allá de sus diferencias políticas, económicas, generacionales y geográficas.

Las calles, los hogares, las escuelas, los trabajos y los clubes se convirtieron en lugares de encuentro. La selección permitió suspender momentáneamente las divisiones que atraviesan la vida nacional.

El fenómeno no eliminó los problemas, pero demostró que todavía existe una poderosa capacidad de comunión social.

También derribó algunas imágenes simplificadoras sobre el carácter argentino.

Frente a la acusación de arrogancia apareció la figura de Lionel Scaloni: moderado, prudente y respetuoso tanto en la victoria como en la derrota.

Su conducta fue ampliamente valorada porque encarnó virtudes que la sociedad desea reconocer en sí misma: templanza, humildad, esfuerzo y responsabilidad.

Después de la derrota ante España, Scaloni no buscó enemigos, conspiraciones ni excusas. Aceptó el resultado, reconoció el mérito del adversario y protegió a sus jugadores.

Esa actitud transmitió una lección mucho más potente que cualquier decreto o campaña oficial.

Scaloni y otra forma de liderazgo

El reconocimiento hacia el entrenador excedió los resultados deportivos.

Scaloni construyó autoridad sin gritar permanentemente, generó disciplina sin humillar y sostuvo la unidad del grupo sin convertir cada diferencia en una traición.

En un país acostumbrado a liderazgos personalistas y confrontativos, su estilo ofreció un contraste evidente.

La sociedad lo valoró no porque careciera de carácter, sino porque demostró que la firmeza puede convivir con la serenidad.

El entrenador también comprendió que nadie se encuentra por encima del equipo. Ni siquiera las figuras consagradas.

Allí reaparece la antigua consigna rioplatense: “Naides es más que naides”.

El principio no implica desconocer el talento individual. Significa que incluso el más talentoso forma parte de una construcción colectiva y debe respetar las mismas reglas.

La selección funcionó en sus mejores momentos precisamente bajo esa lógica.

El abrazo lejano de Bangladesh

Mientras algunas voces internacionales condenaban a la Argentina, miles de personas en Bangladesh, India y otros países acompañaban apasionadamente a la selección.

Esas manifestaciones resultan difíciles de explicar desde la política o la economía. Personas situadas a miles de kilómetros, sin vínculos directos con el país, adoptaron sus colores y compartieron sus triunfos y derrotas.

La solidaridad recuerda que la imagen internacional de una nación nunca es uniforme.

Por cada acusación hostil puede existir también una identificación afectiva. El fútbol construye rivalidades, pero igualmente crea comunidades inesperadas.

La Argentina debería conservar ese acompañamiento como uno de los recuerdos más valiosos del Mundial. No para alimentar una vanidad nacional, sino para reconocer que la identidad también se construye mediante la mirada generosa de los demás.

Ni inocentes ni culpables colectivos

Uno de los principales aprendizajes debería ser el rechazo de las generalizaciones.

No todos los argentinos son racistas porque algunos hinchas hayan protagonizado actos discriminatorios. Tampoco todo cuestionamiento extranjero forma parte de una conspiración.

La Argentina no es una sociedad racialmente perfecta ni un caso excepcional de intolerancia. Es un país complejo, construido mediante inmigraciones, mestizajes, conflictos e integraciones.

Su historia contiene gestos de enorme apertura y episodios de exclusión. Contiene una Constitución generosa y prácticas que muchas veces la contradijeron. Recibió a perseguidos y también a perseguidores.

La madurez consiste en sostener esas verdades simultáneamente.

Una comunidad nacional no se fortalece inventando un pasado impecable, sino adquiriendo la confianza necesaria para revisar sus errores sin perder su autoestima.

Las lecciones que quedaron

El Mundial dejó varias enseñanzas que van mucho más allá del resultado deportivo.

La primera es que la identidad argentina continúa siendo intensamente igualitaria. La sociedad rechaza que otros países se coloquen en un pedestal moral, pero también cuestiona a quienes intentan situarse por encima dentro de sus propias fronteras.

La segunda es que el nacionalismo puede unir, aunque también puede ser utilizado para construir enemigos y ocultar los matices.

La tercera es que la reputación internacional se construye durante décadas y puede resultar afectada rápidamente por comportamientos individuales amplificados en las redes.

La cuarta es que la mejor respuesta a una crítica injusta no es la censura, sino el conocimiento de la propia historia.

Y la quinta es que la humildad no equivale a debilidad. Scaloni demostró que se puede competir con intensidad, defender los colores nacionales y aceptar una derrota sin perder la dignidad.

El fútbol ofreció a la Argentina un espejo. En él aparecieron sus pasiones, sus contradicciones, su capacidad de unión y su tendencia al desborde.

La enseñanza final quizá sea la más antigua y sencilla: ningún país, ningún gobierno, ninguna figura internacional y ningún ciudadano puede atribuirse una superioridad esencial sobre los demás.

Porque, como entendieron los viejos habitantes del litoral mucho antes de las redes sociales y de los campeonatos mundiales, “naides es más que naides”.