Moho invasivo: un estudio del CDC alerta sobre más casos

Un estudio de los CDC de Estados Unidos advierte que las infecciones invasivas por moho son más frecuentes de lo que se creía y afectan sobre todo a pacientes vulnerables. El hallazgo suma preocupación por su posible expansión asociada al cambio climático y al envejecimiento poblacional.

En 1891, el médico alemán Otto Busse describió uno de los primeros casos humanos de una infección fúngica invasiva sistémica, un antecedente que hoy ayuda a dimensionar la persistencia de este tipo de amenazas en entornos hospitalarios. Más de un siglo después, un nuevo estudio de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos concluye que las infecciones invasivas por moho afectan entre tres y cinco pacientes por cada 100 camas hospitalarias al año, una carga mayor a la que se estimaba hasta ahora.

La investigación, publicada esta semana y difundida por Euronews, advierte que estas enfermedades pueden ser potencialmente mortales para personas con las defensas comprometidas. Jeremy Gold, autor principal e investigador del CDC, remarcó que “la primera vez que tenemos una estimación de este tipo”, y alertó además que la incidencia podría crecer por la combinación de desastres naturales vinculados al cambio climático, como huracanes e inundaciones, y el aumento sostenido de la población adulta mayor, uno de los grupos más expuestos.

Qué son las enfermedades invasivas por moho

Las enfermedades invasivas por moho reúnen un conjunto de infecciones poco frecuentes, pero de alto riesgo, provocadas por hongos capaces de penetrar y lesionar los tejidos del organismo. La vía más habitual de transmisión es la inhalación de esporas de moho, aunque también pueden ingresar al cuerpo a través de heridas, cortes o equipos médicos contaminados.

En la mayoría de las personas, el contacto con esas esporas no produce consecuencias. El riesgo real se concentra en quienes tienen el sistema inmunitario debilitado, como adultos mayores, pacientes con cáncer o personas que atravesaron infecciones graves, entre ellas COVID-19. El tratamiento de estos cuadros suele requerir esquemas prolongados con medicamentos antifúngicos.

Cómo se realizó la investigación

Para obtener datos concretos a nivel local, el equipo del CDC trabajó junto con cuatro hospitales del área de Atlanta y sus consultas externas asociadas. El relevamiento abarcó el período 2020-2024 e identificó, en una primera etapa, cerca de 1.000 posibles casos.

Luego de aplicar criterios diagnósticos más estrictos y excluir a los pacientes que solo mostraban signos de exposición sin reunir los requisitos de enfermedad invasiva, la cifra se redujo a alrededor de 450 casos confirmados. Según informó Euronews, las tasas más altas se registraron en los grandes hospitales universitarios, que suelen atender patologías de mayor complejidad.

Un parámetro nuevo para los gestores hospitalarios

Uno de los aportes más relevantes del estudio es que ofrece a los responsables sanitarios una referencia estadística para comparar sus propios registros. Gold explicó que estos números pueden servir para evaluar si la cantidad de casos en una institución entra dentro de lo esperable o si, por el contrario, podría estar señalando un brote.

La mayoría de los pacientes incluidos en la investigación ya presentaba alguna alteración inmunitaria previa al diagnóstico, o había cursado una infección por COVID-19. El trabajo, sin embargo, no buscó determinar en qué lugar se produjo la exposición inicial de cada enfermo, por lo que no se estableció si el origen correspondía al ámbito hospitalario o a un entorno comunitario.

A nivel global, la falta de datos consolidados sigue siendo uno de los principales obstáculos para comprender el verdadero alcance de estas infecciones. Un estudio publicado en The Lancet calculó que cada año se producen aproximadamente 6,5 millones de infecciones fúngicas invasivas y se registran unas 3,8 millones de muertes por esta causa en todo el mundo.

En Europa, además, las infecciones fúngicas invasivas no cuentan con una notificación obligatoria homogénea en todos los países de la Unión Europea, por lo que la vigilancia depende de un mosaico de programas nacionales distintos entre sí.

Análisis y proyecciones

El hallazgo del CDC refuerza una tendencia ya observada en la última década: las infecciones fúngicas invasivas dejaron de ser un problema casi exclusivo de pacientes muy inmunodeprimidos para convertirse en un desafío más amplio para los sistemas de salud. La mayor supervivencia de personas con cáncer, trasplantes o internaciones prolongadas, sumada al uso extendido de terapias inmunosupresoras, amplió la población en riesgo. A eso se agrega que el cambio climático y los eventos extremos pueden favorecer la dispersión ambiental de hongos y esporas, lo que vuelve más probable la exposición en comunidades y hospitales.

De cara al futuro, los especialistas suelen coincidir en que el principal reto será mejorar la vigilancia, estandarizar diagnósticos y reforzar la prevención en centros de salud. Si los casos continúan aumentando, los hospitales podrían necesitar protocolos más estrictos de control ambiental, detección temprana en pacientes vulnerables y mayor acceso a tratamientos antifúngicos, que en muchos casos son prolongados y complejos. También será clave contar con registros comparables entre regiones para distinguir mejor entre infecciones adquiridas en el hospital y aquellas de origen comunitario.

Evolución del problema en los últimos años

En los últimos años, la discusión sobre las infecciones fúngicas invasivas se intensificó por dos factores. Por un lado, la pandemia de COVID-19 puso en primer plano la relación entre inmunidad comprometida y aparición de complicaciones por hongos. Por otro, la medicina moderna incrementó la cantidad de pacientes con defensas alteradas que sobreviven a cuadros que antes eran letales, lo que elevó la necesidad de vigilancia. En ese contexto, el estudio del CDC aporta una medida concreta para un fenómeno que históricamente estuvo subdiagnosticado y subregistrado.

La postura de los actores principales también cambió: los organismos sanitarios pasaron de considerar estos cuadros como eventos esporádicos a buscarlos con mayor sistematicidad, mientras que los hospitales de alta complejidad comenzaron a mirarlos como indicadores útiles para detectar posibles brotes. La evidencia disponible sugiere que, sin mejores sistemas de notificación y diagnóstico, el problema seguirá apareciendo parcialmente oculto en las estadísticas.