Salud mental en el embarazo: alertan por depresión y ansiedad

La salud mental durante el embarazo es clave no solo para el bienestar de la madre, sino también para el desarrollo del bebé. Especialistas advierten que depresión, ansiedad y estrés sostenido pueden dejar efectos en el feto y retrasar la búsqueda de ayuda si persiste el mito de que la gestación debe vivirse siempre con felicidad.

“No hay embarazo sin emociones, pero sí embarazos sin escucha”: la frase resume una evidencia que la psiquiatría y la psicología vienen reforzando desde hace años. Lejos de ser un estado exclusivamente físico, la gestación es una etapa biopsicosocial en la que la salud mental de la madre puede incidir, de forma directa e indirecta, en el desarrollo del bebé.

En Colombia, distintos estudios difundidos en el territorio nacional muestran prevalencias elevadas de depresión y ansiedad gestacional. La Revista Colombiana de Psiquiatría informó que la depresión gestacional tiene un promedio de 57,22% y la ansiedad, de 46,98%, mientras la Revista Portales Médicos reportó 59% de depresión en la población evaluada.

Según explicó a Infobae Colombia el psiquiatra Julián Mateo Benítez, director del programa de psiquiatría de la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud (Fucs), estos cuadros pueden alterar el desarrollo fetal. El especialista remarcó que la atención del embarazo no debe reducirse a los cambios corporales: “Tenemos que tener presente que como seres humanos tenemos una integración biopsicosocial, lo que quiere decir que las situaciones que afectan el estado de ánimo también repercuten en el desarrollo del embarazo”.

Cómo la ansiedad y el estrés pueden afectar al feto

El impacto, advirtió Benítez, funciona en ambos sentidos: “Cuadros de ansiedad o cuadros de depresión o situaciones de gran estrés que se generen en el día a día también van a alterar el desarrollo del feto. Quiere decir que el peso, el crecimiento del feto se van a ver alterados también por situaciones afectivas o emocionales”.

El psiquiatra explicó que la angustia persistente activa respuestas corporales que terminan repercutiendo en el embarazo: “Cuando estamos en situaciones de gran angustia, de preocupación o de estrés, se liberan una serie de sustancias en el cuerpo. Estas cambian la forma en la que se redistribuye la sangre en el cuerpo, la manera en la que el corazón responde con aumento de la frecuencia cardíaca, la respiración cambia y todo esto genera alteraciones bioquímicas que terminan afectando el desarrollo del bebé”.

También relacionó estas condiciones con el neurodesarrollo y con factores sociales de fondo: “Situaciones adversas, como violencia, situaciones de angustia o estrés también impactan negativamente a través del cortisol y la adrenalina, el neurodesarrollo”.

En la entrevista, el médico añadió que contextos como pobreza o violencia pueden dejar huellas biológicas de largo plazo: “Situaciones adversas como pobreza, violencia de cualquier tipo en las personas puede generar cambios en el ADN, como metilaciones, que es el nombre técnico que se utiliza, que pueden trascender hasta tres generaciones después”.

Ese enfoque coincide con una tendencia creciente en la medicina perinatal: entender que el embarazo no solo se controla con ecografías y laboratorios, sino también con pesquisa emocional temprana, seguimiento del entorno y acompañamiento sostenido. En paralelo, la evidencia internacional acumulada en las últimas dos décadas ha reforzado la relación entre estrés materno, parto prematuro, bajo peso al nacer y dificultades posteriores en el desarrollo socioemocional.

Señales de alerta para consultar

Para Benítez, otro problema central es la presión social que instala la idea de una maternidad permanentemente feliz. “Esa utopía de la felicidad en el embarazo termina siendo un mito que en muchas de las situaciones genera una carga adicional y una presión adicional a las mujeres”, afirmó.

El especialista describió la gestación como un periodo atravesado por cambios físicos, emocionales y sociales, entre ellos la preocupación, la incertidumbre, los miedos, la situación económica y la situación social. “Preocupación, incertidumbre, miedos, la situación económica, la situación social son cosas que pueden cargar a la mujer”, señaló.

Muchas mujeres, advirtió, no consultan a tiempo o se sienten culpables por no disfrutar el embarazo. Por eso, pidió observar tanto la comunicación verbal como la no verbal. “Hay que prestar mucha atención cuando surjan dudas, sensaciones de minusvalía o de inutilidad, o cuando las madres manifiesten de pronto temor al desarrollo de su embarazo, temor a la crianza del hijo”, indicó.

Entre las primeras alarmas mencionó pensamientos persistentes como sentir que no será una buena madre, querer apartarse del embarazo o considerar que traer una persona al mundo es una mala idea. A eso sumó alteraciones del sueño, del apetito y tristeza constante, además de episodios de angustia o pánico como motivos para buscar ayuda profesional.

“Señales de alerta como ideas de quererse morir, dificultad para salir de la cama, alteraciones en el patrón del sueño, pérdida del interés y del placer en el desarrollo de algunas actividades que previamente generaban gusto, aislamiento y llanto fácil”, enumeró como manifestaciones más graves.

El psiquiatra también señaló otro prejuicio frecuente: la fantasía de una “familia ideal”, que puede aumentar el peso emocional en mujeres que atraviesan el embarazo sin pareja. En ese contexto, insistió en que sentir tristeza o angustia ocasionalmente no equivale por sí solo a un trastorno: “Si bien es normal estar triste uno o dos días o estar angustiado en algún momento, cuando estos síntomas se prolongan o interfieren en las actividades del día a día, hay que consultar”.

Benítez pidió además reducir el estigma sobre la atención psicológica y psiquiátrica: “Quienes consultan a los médicos psiquiatras y a los psicólogos no es porque tengan un trastorno psicótico”. Recordó, además, que entre los problemas más frecuentes figuran la ansiedad, los trastornos del sueño, el consumo de sustancias, la depresión y las dificultades cotidianas con impacto funcional.

El entorno familiar, añadió, puede amortiguar buena parte de esa carga. “La compañía de la familia y un entorno saludable de la sociedad permiten que las situaciones que generan dificultades en las personas embarazadas sean atenuadas”, sostuvo. Y agregó que una escucha activa y vínculos saludables ayudan a disminuir el peso emocional durante la gestación.

Ese cuidado también debería incorporarse a los controles prenatales. Según el especialista de la Fucs, el personal de salud debe indagar de manera sistemática sobre síntomas afectivos, disfrute de las actividades cotidianas, sueño, alimentación, relacionamiento o aislamiento. A la vez, la gestante y su familia deben comunicar esos cambios para facilitar una atención oportuna.

Proyectos locales sobre depresión y ansiedad gestacional

La Revista Portales Médicos, en un estudio publicado en 2024, reportó una prevalencia de depresión de 59% en su muestra y señaló que 34% de las participantes presentaron depresión moderada, severa o grave. Esa investigación agregó que aproximadamente una de cada cinco mujeres desarrolla algún trastorno de salud mental durante el embarazo, de acuerdo con el Instituto Nacional de la Salud Mental.

En ese marco, la psicóloga Alejandra Rodríguez Sarmiento, de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz y vocera del proyecto conjunto con la Clínica Palermo Vínculo Afectivo, ubicó el problema en una realidad cambiante según la región y las condiciones de vida. En diálogo con Infobae Colombia, recordó que la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de 2010 reportó en Colombia una prevalencia de 12,9%.

Para la especialista, esa dispersión responde a factores sociales, obstétricos y personales. Entre ellos mencionó la edad, con mayor prevalencia en adolescentes, así como antecedentes de depresión antes del embarazo, complicaciones obstétricas, pobreza, conflicto de pareja, violencia intrafamiliar y soledad.

Rodríguez también relacionó la forma en que el sistema de salud aborda las complicaciones obstétricas con la experiencia emocional de la mujer y con el riesgo de depresión posparto. Además, cuestionó la idea de que la felicidad deba ser permanente durante la gestación: “Hay una percepción general en términos de salud mental y es que siempre debemos estar felices. Es como que la felicidad debe ser el estado permanente y la verdad es que todos los estados emocionales son importantes: la tristeza, experimentar la rabia, el miedo, la felicidad, y parece que hay este mito de que la mujer debe estar feliz en el embarazo, que es inalcanzable; porque ni siquiera ese ser humano, en condiciones óptimas, siempre está feliz”.

La psicóloga defendió la legitimidad de emociones como tristeza, rabia o miedo. En su mirada, el embarazo conecta a la mujer con su historia emocional y con la manera en que fue vinculada en la infancia. “Considerar que el embarazo siempre debe ser una etapa de felicidad incluso puede empeorar las sensaciones o el malestar que se puede estar teniendo”, señaló.

También advirtió que ese mito retrasa la búsqueda de ayuda: “Yo creo que empeora la sintomatología y hace que se retrase el proceso de buscar ayuda, porque si no te permites contactar la emoción, pues ¿en qué momento vas a buscar ayuda para buscar soporte en estos momentos?”.

Rodríguez distinguió entre reacciones frecuentes y signos de alarma: sensibilidad aumentada, llanto frecuente, insomnio o hipersomnia, anhedonia, o la sensación de no poder sostener cuidados prenatales básicos como alimentarse bien, hacer ejercicio o tomar agua. Luego recordó que, en el posparto, puede presentarse una tristeza transitoria durante los primeros 15 días por cambios hormonales; sin embargo, si la tristeza crece, el insomnio se mantiene, aparecen pensamientos de muerte o se deteriora el vínculo con el bebé, es importante pedir ayuda para evitar que el cuadro avance.

La especialista también defendió la prevención antes del embarazo. Reconoció, no obstante, las limitaciones de acceso: “Muchas veces nosotros nos preparamos físicamente para estar embarazadas (...) Pero psicológicamente esto va a ser un cambio muy grande y ese ejercicio, por ejemplo, no lo hacemos”. En ese sentido, admitió que la salud mental “es un privilegio” para muchas personas y que las instituciones deben atender esa necesidad.

Al mismo tiempo, consideró que la gestación sigue siendo una oportunidad de intervención: “Si durante el embarazo puedo darle atención a este factor psicológico, es un muy buen momento”, dijo, al destacar que esto permite trabajar vínculos, revisar relaciones previas y ofrecer herramientas para el posparto y la crianza.

De allí nació la iniciativa Vínculo Afectivo, impulsada por la Clínica Palermo junto con la Asociación Afecto y con participación de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz en investigación. El proyecto busca identificar factores de riesgo en las últimas semanas de gestación y ofrecer psicoeducación o apoyo psicosocial a las gestantes.

Aunque ya se desarrolló la primera fase, el objetivo para el segundo semestre de 2026 es continuar la investigación y acompañar a las madres no solo antes del parto, sino también en la primera consulta de neonatología, con nuevos instrumentos de evaluación y sondeos sobre su estado emocional.

Rodríguez afirmó que las madres con experiencias adversas tempranas en la infancia presentan mayor correlación con síntomas de depresión, ansiedad y trastorno de estrés postraumático. Añadió que, cuanto mayor es el número de experiencias adversas en la infancia, mayor es la probabilidad de psicopatología durante el embarazo. También señaló que los hijos de madres con estrés crónico pueden puntuar más bajo en habilidades cognitivas y del lenguaje, y mostrar mayor reactividad emocional.

La psicóloga advirtió, además, sobre un posible circuito intergeneracional: si una mujer atraviesa una psicopatología durante el embarazo, aumenta la probabilidad de que su hijo también viva experiencias adversas tempranas en la infancia.

Frente a esa carga, defendió una responsabilidad compartida. “La diada madre-bebé debe ser cuidada por todo su entorno”, afirmó, y precisó que eso incluye a la pareja, la red de apoyo, los padres y las instituciones de salud.

También pidió que la evaluación rutinaria de salud mental forme parte de los controles prenatales. “Hay que creer que esto vale la pena, es decir, que el cuidado psicológico es tan importante como el cuidado físico”, sostuvo. Su planteamiento es que la atención prenatal y posnatal incorpore apoyo psicosocial y que la mujer perciba ese espacio como un lugar seguro.

Análisis y proyecciones: el consenso entre psiquiatría, psicología y salud pública apunta a que la gran tarea pendiente no es solo detectar síntomas, sino normalizar la consulta temprana y convertirla en parte estándar del control prenatal. Si los sistemas de salud integran tamizajes breves, educación emocional y derivación oportuna, es probable que disminuyan la cronificación de cuadros de depresión y ansiedad, además del riesgo de complicaciones en el posparto. En paralelo, el foco en red de apoyo, violencia, pobreza y antecedentes infantiles sugiere que la prevención más efectiva no será únicamente clínica, sino también social: acompañamiento familiar, continuidad en la atención y menos estigma.

La importancia de la red de apoyo

La psicóloga clínica Lugarda Ballestas resumió el enfoque que, a su juicio, debe orientar esta etapa: “La mirada de la embarazada debe ser integral, es decir, su desarrollo físico propio del embarazo, el entorno social, el apoyo profesional, la red de apoyo”.

Ballestas explicó que durante el embarazo se producen cambios cerebrales y hormonales que pueden ayudar a comprender síntomas de ansiedad y depresión. Mencionó modificaciones en estructuras como la amígdala y el hipocampo, junto con antecedentes personales y familiares, la edad, embarazos previos, pérdidas y problemas financieros.

También sumó preocupaciones sobre la imagen corporal, dudas sobre la maternidad y alteraciones del sueño como factores que afectan el estado de ánimo. Frente a esto, destacó como elementos protectores la alimentación, las rutinas de autocuidado, las actividades recreativas y la posibilidad de hablar con personas de confianza.

Hoy, cada vez más mujeres reconocen la relevancia de cuidar su salud mental durante la gestación. Una de ellas es Natalia Valencia, quien decidió priorizar este aspecto en esta etapa e identificó señales de agotamiento, necesidad de reposo, cambios de actividad e importancia del sueño para evitar irritabilidad: “Procuro escuchar mucho mi cuerpo”.

Valencia contó que mantuvo una rutina de ejercicio adaptada, una práctica que le ha servido para su salud mental, y que también encontró en la pintura una actividad para concentrarse, disfrutar el momento y despejarse de otras preocupaciones.

En su caso, la red cercana fue decisiva: “Aprender a hablar y a comunicar lo que uno está viviendo y sentirse escuchada, tener una red de apoyo ha sido vital para, para mí”. También destacó el acompañamiento familiar, salir a caminar, informarse sobre las etapas del embarazo y usar herramientas como la respiración para manejar las emociones junto con su médico.

En el momento en que aparecen sensaciones incómodas, explicó que procura no castigarse por sentirlas: “Para mí fue primero un tema de no sentirme mal por sentirlas y más bien de darles como ese espacio que requerían para que todo se restableciera”.

En conjunto, especialistas, estudios y madres coinciden en una misma conclusión: cuidar la salud mental de la gestante es fundamental para proteger su bienestar, fortalecer el vínculo temprano con el bebé y acompañar el desarrollo de la infancia desde el embarazo.