Potosí "El Cerro Rico", las miserias humanas y la Inteligencia Artificial

Por Jagua Arandú – Para Identidad Correntina

La tormenta llegó de golpe.

El viento hizo crujir el viejo Rancho de la Cambicha como si quisiera arrancarlo de la barranca.

Los relámpagos iluminaron por instantes el Paraná, mientras cada trueno parecía recordarnos que, frente a la naturaleza, el hombre sigue siendo pequeño.

Dormir era imposible.

Entonces preparé otro mate.

Cuando el viento comenzó a calmarse, el silencio volvió lentamente sobre los carrizales.

Pero comprendí que la verdadera tormenta ya no estaba afuera.

La más fuerte soplaba dentro del alma humana.

Y, como tantas otras noches, emprendí un viaje por la historia.

Mi destino fue un cerro.

Uno solo.

El Cerro Rico de Potosí.

Hace casi cinco siglos, aquella montaña cambió el mundo.

De sus entrañas salió una cantidad de plata tan inmensa que financió imperios, ejércitos, guerras, bancos y rutas comerciales que terminaron uniendo América, Europa y Asia.

Mucho antes de Internet.

Mucho antes de los satélites.

Mucho antes de la Inteligencia Artificial.

El mundo ya comenzaba a globalizarse alrededor de un activo considerado refugio de valor: la plata.

Los reales acuñados en Potosí viajaban desde Sevilla hasta Manila.

Con ellos se compraban sedas chinas, especias orientales, armas europeas y mercancías procedentes de todos los continentes.

La primera globalización no nació con una computadora.

Nació con una moneda.

Pero aquella riqueza extraordinaria también dejó al descubierto las mayores contradicciones del ser humano.

Mientras la Iglesia levantaba templos, hospitales, escuelas y llevaba el Evangelio a un continente desconocido para Europa, miles de indígenas descendían cada día a las profundidades del Cerro Rico bajo el sistema de la Mita.

Muchos nunca regresaban.

Mientras algunos predicaban el amor al prójimo, otros contaban lingotes.

Mientras unos hablaban del Reino de Dios, otros hipotecaban cargamentos enteros de plata para financiar nuevas guerras.

La inteligencia humana construía iglesias y, al mismo tiempo, perfeccionaba sistemas de explotación.

España recibió montañas de riqueza.

Sin embargo, buena parte de aquella fortuna no se transformó en industrias, en innovación ni en infraestructura capaz de sostener el desarrollo durante generaciones.

La plata salía casi tan rápido como llegaba.

Servía para pagar guerras, cancelar préstamos y enriquecer a los grandes banqueros de Europa.

Los verdaderos vencedores muchas veces no fueron quienes extraían la riqueza.

Fueron quienes financiaban el sistema.

Han pasado casi quinientos años.

Hoy el mundo vuelve a cambiar.

Ya no discutimos solamente sobre plata, oro, bonos o acciones.

Comenzamos a convivir con una inteligencia capaz de analizar mercados en segundos, administrar inversiones, diseñar estrategias financieras y tomar decisiones que hasta hace muy poco parecían reservadas exclusivamente al ser humano.

Muchos sienten miedo.

Otros sienten entusiasmo.

Yo solamente siento curiosidad.

Porque mientras escuchaba la lluvia golpear el techo del Rancho de la Cambicha, una pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Si fue la inteligencia humana la que descubrió Potosí...

Si fue la inteligencia humana la que organizó la Mita...

Si fue la inteligencia humana la que justificó la esclavitud...

Si fue la inteligencia humana la que inventó guerras para quedarse con las riquezas de otros pueblos...

Si fue la inteligencia humana la que creó bancos, levantó imperios, firmó préstamos, diseñó mercados y también produjo algunas de las mayores tragedias de la historia...

Entonces...

¿Podrá la Inteligencia Artificial hacerlo peor?

No tengo la respuesta.

Y, tal vez, esa ni siquiera sea la pregunta correcta.

Quizá la verdadera cuestión sea quién decidirá los objetivos de esa Inteligencia Artificial.

Porque ninguna máquina conoce la codicia.

Ningún algoritmo siente ambición.

Ningún procesador desea conquistar territorios.

Esas siguen siendo decisiones exclusivamente humanas.

La Inteligencia Artificial podrá calcular más rápido.

Podrá descubrir patrones invisibles para nosotros.

Podrá administrar cantidades inmensas de información.

Pero seguirá siendo el hombre quien decida para qué utilizar ese poder.

Mientras la tormenta terminaba de alejarse hacia el norte y el Paraná volvía lentamente a su calma, pensé que quizás la historia cambia mucho menos de lo que imaginamos.

Cambian las herramientas.

Cambian las tecnologías.

Cambian las monedas.

Cambian los imperios.

Pero las grandes decisiones siguen naciendo en el mismo lugar.

En el corazón del hombre.

Y fue entonces cuando miré el mate, todavía tibio sobre la mesa, y comprendí que el verdadero Cerro Rico nunca estuvo solamente en Potosí.

Siempre estuvo dentro de nosotros.

Allí donde conviven, desde hace siglos, la capacidad de anunciar el Evangelio y la tentación de adorar el oro.

La tormenta ya pasó sobre el Rancho de la Cambicha.

El viento volvió a dormirse entre los carrizales.

Pero la otra tormenta...

La que sopla dentro del alma humana...

Esa recién empieza.

Y mientras cebo el último mate de la madrugada, sigo preguntándome si la Inteligencia Artificial cambiará el mundo...

...o si, una vez más, será el mundo quien termine pareciéndose a nosotros.