El Jagua Arandú, el rey Salomón, Marco Aurelio... y la Inteligencia Artificial

"En el rancho de la Cambicha, a veces las preguntas viajan más lejos que las respuestas."

Hay tardes en que el monte correntino parece quedarse en silencio.

Sólo se escucha el canto de los pájaros, el agua del mate y el viento que mueve despacito las hojas de los timbó.

Fue una de esas tardes cuando el Jagua Arandú llegó al rancho de la Cambicha con una pregunta que hoy se hace medio mundo.

—¿Qué nos espera con la Inteligencia Artificial?

La televisión, Internet y las redes sociales hablan todos los días de la IA.

Unos anuncian una revolución que cambiará para siempre la historia de la humanidad.

Otros pronostican millones de puestos de trabajo perdidos.

No faltan quienes anuncian el fin del hombre tal como lo conocemos.

La Cambicha escuchaba en silencio mientras cebaba unos mates.

Entonces aparecieron dos visitantes de lujo: el doctor Santiago y el doctor Enrique Pichon Rivière.

Los dos sonrieron al escuchar la pregunta.

El doctor Santiago acomodó el mate entre las manos y respondió con otra.

—¿Y vos creés, Jagua, que los problemas del hombre comenzaron con la Inteligencia Artificial?

El Jagua quedó pensando.

Pichon Rivière tomó la palabra.

—Hace aproximadamente tres mil años vivió un hombre que llegó a tener casi todo lo que un ser humano podía desear.

Era el rey Salomón.

Tenía riquezas inmensas, poder, prestigio, ejércitos, palacios y una fama que atravesó generaciones.

Sin embargo, después de conocer el éxito como pocos hombres en la historia, escribió una frase que todavía hoy estremece por su profundidad:

"Todo es humo. Nada permanece."

No hablaba desde la pobreza.

Hablaba desde la abundancia.

Había descubierto que ninguna riqueza podía llenar el vacío interior cuando la vida pierde su sentido.

Mil años después, otro hombre llegó prácticamente a la misma conclusión.

Era Marco Aurelio.

El emperador más poderoso del Imperio Romano.

Podía mover ejércitos, dictar leyes y decidir el destino de millones de personas.

Sin embargo escribió:

"La verdadera riqueza consiste en necesitar poco."

El Jagua levantó la vista.

—¿Cómo puede ser que un rey de hace tres mil años y un emperador de hace dos mil hayan llegado a pensar casi lo mismo?

El doctor Santiago sonrió.

—Porque entendieron algo que nosotros todavía estamos aprendiendo.

Que el poder, el dinero y las posesiones sirven para vivir.

Pero no alcanzan para darle sentido a la vida.

El Jagua miró el celular apoyado sobre la mesa.

Pensó en las redes sociales.

En los videos que duran apenas unos segundos.

En la carrera por conseguir más seguidores.

Más "me gusta".

Más reconocimiento.

Más dinero.

Más cosas.

Pensó en los autos comprados para impresionar.

En las casas construidas más para mostrarlas que para habitarlas.

En los relojes que valen fortunas.

En las zapatillas convertidas en símbolos de éxito.

En personas que trabajan sin descanso durante años para adquirir objetos que muchas veces ni siquiera necesitan, sólo para que otros crean que han triunfado.

Y preguntó despacito:

—Entonces... ¿seguimos persiguiendo exactamente lo mismo que hace miles de años?

Pichon Rivière asintió.

—Tal vez hoy la diferencia sea que la globalización y las redes sociales multiplicaron esa carrera.

Antes uno se comparaba con el vecino.

Hoy se compara con millones de personas al mismo tiempo.

Vemos viajes.

Lujos.

Cuerpos perfectos.

Familias perfectas.

Empresas exitosas.

Pero casi nunca vemos el cansancio, la ansiedad, las deudas, la soledad o el sufrimiento que muchas veces se esconden detrás de esas imágenes.

Y así comenzamos una competencia interminable.

Trabajar más.

Consumir más.

Comprar más.

Mostrar más.

Como si el valor de una persona pudiera medirse por el precio del automóvil, la marca del reloj o las zapatillas que calza.

El doctor Santiago volvió a cebar otro mate.

—Y ahí aparece la gran paradoja de nuestro tiempo.

Nunca hubo tanta tecnología.

Nunca hubo tanto conocimiento disponible.

Nunca hubo tanta capacidad para producir riqueza.

Y, sin embargo, tampoco hubo tanta ansiedad, tanta insatisfacción y tanta necesidad de aprobación.

Entonces el Jagua volvió a la pregunta inicial.

—¿Y qué tiene que ver la Inteligencia Artificial con todo esto?

El doctor Santiago respondió con tranquilidad.

—Muchísimo... y muy poco.

La Inteligencia Artificial podrá ayudarnos a descubrir medicamentos, mejorar cosechas, diseñar puentes, escribir programas, resolver problemas científicos y hacer miles de tareas cada vez mejor.

Será una herramienta extraordinaria.

Pero no inventó la codicia.

No creó la vanidad.

No nos enseñó a vivir pendientes de la mirada de los demás.

No nos convenció de que valemos por lo que mostramos.

Todo eso ya existía cuando Salomón escribió el Eclesiastés.

Todo eso ya preocupaba a Marco Aurelio mientras escribía sus Meditaciones.

La IA no creó esos problemas.

Llegó a un mundo que todavía no había resuelto los antiguos.

Entonces el silencio volvió al rancho.

El Jagua miró hacia el monte mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de los árboles.

Y comprendió que quizás la mayor revolución que viene no sea tecnológica.

Tal vez sea profundamente humana.

Porque si una máquina puede hacer cada vez más cosas por nosotros...

la gran pregunta dejará de ser cuánto sabemos.

La verdadera pregunta será quiénes somos.

Quizás por eso la Inteligencia Artificial no venga a reemplazar al hombre.

Venga a recordarle que ninguna tecnología podrá sustituir la honestidad, la compasión, la amistad, la humildad, el amor, la solidaridad o la sabiduría.

Y que, después de tres mil años, las preguntas más importantes siguen siendo exactamente las mismas.

Antes de despedirse, el doctor Santiago miró al Jagua y le dijo una frase que quedó flotando en el aire, mezclándose con el aroma del mate recién cebado:

—No le echemos la culpa a la Inteligencia Artificial por problemas que la humanidad todavía no resolvió con su propia inteligencia.

El Jagua Arandú acompañó con una sonrisa.

Miró el horizonte correntino y pensó que, quizás, el verdadero desafío del siglo XXI no sea construir máquinas cada vez más inteligentes.

Sea construir seres humanos cada vez más sabios.

Porque, como enseñó Salomón hace tres mil años y confirmó Marco Aurelio mil años después, el éxito no consiste en tener cada vez más.

Consiste en necesitar cada vez menos para vivir con dignidad, en paz con la propia conciencia y con el corazón agradecido.

Y mientras el sol desaparecía detrás del monte, el Jagua levantó el último mate del día y dijo despacito, como quien conversa con el río:

—Capaz que la Inteligencia Artificial vino a hacernos una pregunta que teníamos olvidada: si las máquinas pueden aprender a pensar... ¿nosotros aprenderemos, por fin, a vivir?