ES SOLO FÚTBOL… ¿O MILEI CONTRA EL “COMUNISTA” SÁNCHEZ?
Dicen que el fútbol y la política no deberían mezclarse.
Hermosa teoría.
En la Argentina, donde somos capaces de discutir de política en un velorio y de fútbol en una reunión de directorio, semejante separación parece una misión imposible.
Y ahora resulta que Argentina y España disputan una final del mundo.
Once contra once.
Scaloni contra el técnico español.
Messi y compañía contra Lamine Yamal y compañía.
Hasta ahí, todo normal.
El problema es que algunos parecen necesitar agregarle un partido paralelo: Javier Milei contra Pedro Sánchez.
Argentina contra España.
Libertarios contra socialistas.
La motosierra contra el “comunismo”.
¡Paren un poco, muchachos!
El domingo se juega una final de fútbol.
Aunque, conociéndonos, probablemente terminemos jugando también la Guerra Civil Española, la conquista de América, la batalla cultural, Malvinas, el déficit fiscal y hasta las próximas elecciones.
Todo en 90 minutos.
Venimos de enfrentar a Inglaterra y apareció inevitablemente Malvinas. Era casi imposible que no sucediera. La historia pesa, la memoria existe y las heridas siguen abiertas.
Pero ahora toca España.
Y ya aparecen las ganas de convertir el partido en otra cosa.
Si gana Argentina, alguno dirá que Milei derrotó al socialismo.
Si gana España, probablemente desde la otra vereda alguien descubra que Pedro Sánchez frenó a la ultraderecha latinoamericana.
Mientras tanto, los jugadores estarán tratando simplemente de meter la pelota dentro de un arco.
Hay algo fascinante en nuestra capacidad para transformar un partido de fútbol en una representación de todos nuestros conflictos.
Y, por supuesto, están las cábalas.
Ese maravilloso territorio donde desaparece toda racionalidad.
El argentino puede explicar durante horas que no cree en supersticiones y, cinco minutos después, prohibirle a la mujer que lave la camiseta porque “desde que la uso así no perdimos”.
Puede tener inteligencia artificial en el teléfono, un televisor 8K en el living y acceso instantáneo a toda la información acumulada por la humanidad.
Pero si Argentina está ganando y alguien se levanta del sillón…
¡Sentate, animal!
No es momento de experimentar.
Y allí estaremos millones.
Cada uno en su lugar.
Con la camiseta.
Con el mate.
Con la familia.
Con los amigos.
Con nuestras pequeñas ceremonias privadas.
Pero alrededor de esa enorme pasión popular también se mueve otra maquinaria.
La política.
Los dirigentes.
Las fotografías.
Los abrazos.
Los balcones.
Las recepciones oficiales.
Y, naturalmente, la disputa por aparecer cerca de los campeones.
Porque cuando la Selección gana, todos quieren salir en la foto.
El Gobierno.
La oposición.
La AFA.
Los gobernadores.
Los intendentes.
Los empresarios.
Hasta algún dirigente que probablemente no distingue un cuatro de un cinco descubre repentinamente que lleva la celeste y blanca tatuada en el corazón.
El éxito tiene una extraordinaria capacidad para multiplicar parientes.
Y mientras Lionel Scaloni y sus jugadores intentan ganar una Copa del Mundo, alrededor de ellos comienza otro campeonato.
El campeonato de la apropiación política de la victoria.
Quizás por eso convendría recordar algo muy sencillo.
La Selección no es de Milei.
No es de Pedro Sánchez.
No es de la AFA.
No es de la oposición.
Ni siquiera es de los dirigentes que circunstancialmente administran el fútbol argentino.
La Selección pertenece emocionalmente a millones de argentinos que durante unas horas dejan de preguntarse a quién votó el que tienen sentado al lado.
Ese es, probablemente, uno de los pocos milagros que todavía puede producir el fútbol.
Un libertario abraza a un peronista.
Un radical grita el gol junto a uno de izquierda.
El que tiene dólares festeja con el que no llega a fin de mes.
Y durante noventa minutos nadie pregunta a quién votaste.
Solamente pregunta:
—¿Cuánto falta?
Por eso, el domingo dejemos que Milei sea Milei.
Que Pedro Sánchez sea Pedro Sánchez.
Que los políticos discutan de política.
Que los jueces investiguen lo que tengan que investigar.
Y que los dirigentes expliquen algún día lo que tengan que explicar.
Nosotros tenemos algo mucho más importante que hacer.
Mirar una pelota.
Sufrir.
Gritar.
Abrazarnos.
Y, por las dudas…
¡Que nadie lave la camiseta!
Porque uno puede ser un hombre racional, moderno y convencido de que las cábalas no existen.
Pero una final del mundo es una final del mundo.
Y tampoco es cuestión de andar tentando al destino.






















