¿DE QUÉ SE RÍE CHIQUI TAPIA?

Mientras la Selección Argentina vuelve a ocupar el centro de la escena mundial y se prepara para otra definición histórica, Claudio “Chiqui” Tapia también disfruta de sus días de mayor exposición internacional.

Fotos, sonrisas, abrazos, el infaltable mate y encuentros con algunas de las figuras más poderosas del fútbol y la política mundial forman parte de una postal que contrasta notablemente con el escenario que rodea al presidente de la Asociación del Fútbol Argentino puertas adentro del país.

Porque nadie puede discutir que durante su gestión la Selección alcanzó una etapa extraordinaria. La decisión de apostar por Lionel Scaloni, cuando pocos imaginaban semejante desenlace, terminó siendo uno de los grandes aciertos de su conducción. Llegaron títulos, volvió la Copa América, apareció la Finalissima y, finalmente, la gloria máxima del campeonato mundial.

Lionel Messi pudo levantar los trofeos que le faltaban y la Selección recuperó una identidad que parecía perdida.

Hasta ahí, los resultados hablan por sí solos.

El problema comienza cuando se cruza la puerta del predio de la Selección y se observa el fútbol argentino.

Allí aparece otra realidad.

Torneos difíciles de explicar, cambios permanentes en los formatos, polémicas arbitrales, sospechas recurrentes, clubes con graves dificultades económicas y una competencia local que parece modificar sus reglas con una facilidad sorprendente.

Mientras la Selección Argentina se convirtió en una extraordinaria maquinaria deportiva y comercial, buena parte de los clubes continúa contando las monedas.

Y existe otro contraste que resulta imposible ignorar.

El fútbol brasileño amplió durante los últimos años su ventaja económica y deportiva sobre el argentino. Sus clubes manejan presupuestos muy superiores, ofrecen premios millonarios y dominan la Copa Libertadores desde hace varias temporadas.

Argentina, la tierra del actual campeón del mundo, observa cómo muchos de sus mejores futbolistas parten cada vez más jóvenes hacia el exterior.

Pero alrededor de Tapia no existen solamente cuestionamientos deportivos y dirigenciales.

También hay investigaciones judiciales que alcanzan al entorno de la conducción de la AFA y causas en las que la Justicia intenta determinar eventuales responsabilidades. Se trata de expedientes que deberán seguir su curso y en los que corresponde respetar el principio de inocencia mientras no existan condenas firmes.

Sin embargo, políticamente, las imágenes producen inevitablemente un contraste.

Mientras en la Argentina crecen los cuestionamientos sobre la conducción del fútbol y las investigaciones ocupan titulares, en Estados Unidos Tapia aparece sonriente, fotografiado junto a las máximas autoridades del fútbol internacional y figuras de enorme poder.

Y entonces ocurre algo curioso.

Cada victoria de la Selección parece fortalecer también al presidente de la AFA.

Lionel Scaloni y sus jugadores ganan dentro de la cancha.

Pero Chiqui Tapia también gana.

Gana exposición.

Gana legitimidad.

Gana poder.

La extraordinaria Selección Argentina funciona, de alguna manera, como un enorme paraguas capaz de cubrir casi todo lo que sucede debajo.

Por eso quizás la pregunta no sea solamente de qué se ríe Chiqui Tapia.

La pregunta verdaderamente incómoda es otra:

¿Hasta cuándo los éxitos de la Selección alcanzarán para que el fútbol argentino no tenga que discutir seriamente sus problemas?

Porque Messi, Scaloni y los jugadores algún día dejarán de entrar a la cancha.

Las copas quedarán para siempre en las vitrinas.

Pero los dirigentes seguirán allí.

Y entonces, cuando se apaguen los festejos y ya no haya una vuelta olímpica detrás de la cual refugiarse, habrá que mirar el fútbol argentino tal como es.

Sin Messi.

Sin la Copa del Mundo.

Sin fotografías.

Sin sonrisas.

Y quizás recién entonces podamos responder la pregunta:

¿De qué se ríe Chiqui Tapia?