El Jagua Arandú recuerda a Mafalda y dice: ¡¡¡Paren el mundo, que me quiero bajar!!!
Por Jagua Arandú
Desde el Rancho de la Cambicha, uno mira lo que está pasando en el mundo y por momentos dan ganas de repetir aquella frase que quedó para siempre asociada a Mafalda:
¡¡¡Paren el mundo, que me quiero bajar!!!
Aclaremos algo antes de comenzar. Lo que sigue no pretende anunciar ninguna catástrofe. Son preguntas. Hipótesis. Piezas de un rompecabezas que están sobre la mesa y que, por separado, el mundo probablemente pueda enfrentar.
El problema sería que varias de ellas se juntaran al mismo tiempo.
Tenemos guerras y conflictos que amenazan con extenderse.
Tenemos al petróleo y al gas nuevamente convertidos en armas estratégicas.
Tenemos el Estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte fundamental de la energía que consume el planeta.
Tenemos también a Bab el-Mandeb y el Mar Rojo, otra ruta esencial para el comercio mundial.
Tenemos a Estados Unidos intentando conservar su liderazgo global y el papel central del dólar.
Tenemos a China creciendo y reclamando su lugar.
A Rusia defendiendo su condición de potencia militar y nuclear.
Y a países como Irán y Corea del Norte tratando, cada uno a su manera, de sobrevivir y aumentar su capacidad de negociación.
Hasta aquí, nada demasiado nuevo.
Las grandes potencias siempre disputaron poder, territorios, mercados y zonas de influencia.
Pero ahora aparecen nuevos jugadores.
Uno de ellos es la Inteligencia Artificial.
Hace apenas unos meses, muchas de las cosas que hoy estamos viendo parecían ciencia ficción. Nadie sabe con certeza qué capacidades tendrá la IA dentro de seis meses o un año.
¿Creará millones de nuevos empleos?
¿Destruirá otros?
¿Aumentará extraordinariamente la productividad?
¿Concentrará todavía más la riqueza?
¿Cambiará definitivamente la manera de hacer la guerra?
No lo sabemos.
Y mientras discutimos todo esto, aparece otro jugador que no recibe órdenes de Washington, Pekín ni Moscú:
el clima.
El calentamiento global continúa y fenómenos como El Niño pueden alterar lluvias y temperaturas, afectar cosechas, provocar inundaciones o sequías y terminar impactando en algo tan sencillo y fundamental como el precio de los alimentos.
Y acá comienza nuestra preocupación.
Imaginemos por un instante que varias piezas se mueven juntas.
Una guerra hace subir el petróleo.
Los problemas en las rutas marítimas encarecen el transporte.
Una mala cosecha aumenta el precio de los alimentos.
La inflación obliga a los bancos centrales a mantener altas las tasas de interés.
Las enormes deudas de gobiernos, empresas y familias se vuelven más difíciles de pagar.
La Inteligencia Artificial transforma rápidamente sectores enteros de la economía y genera incertidumbre sobre millones de puestos de trabajo.
Y los mercados financieros, acostumbrados a anticiparse a todo, comienzan a ponerse nerviosos.
Ninguna de estas cosas, tomada individualmente, significa necesariamente una catástrofe.
El verdadero peligro está en que se conjuguen.
Porque una cosa es apagar un incendio.
Otra muy diferente es tener cinco incendios al mismo tiempo y descubrir que todos necesitan de la misma autobomba.
Y entonces llegamos a una palabra que venimos repitiendo desde hace tiempo:
CONFIANZA.
El sistema financiero mundial, por más sofisticado que parezca, funciona sobre algo sorprendentemente humano.
Confianza.
Cuando alguien deposita sus ahorros en un banco, confía.
Cuando compra un bono de un gobierno, confía.
Cuando acepta un dólar a cambio de su trabajo o de una mercadería, confía.
Cuando invierte sus ahorros en una empresa, confía.
Y cuando llega una crisis, todos confiamos en que los gobiernos, los bancos centrales y las grandes instituciones económicas sabrán qué hacer.
Pero...
¿qué ocurriría si algún día comenzáramos a sospechar que quienes tienen que apagar el incendio tampoco saben exactamente cómo hacerlo?
Quizás ésa sea una de las grandes preguntas de nuestro tiempo.
Mientras Estados Unidos, China, Rusia y las demás potencias disputan quién dominará el mundo de las próximas décadas, puede haber algo que todos estén subestimando:
que demasiadas cosas cambien al mismo tiempo.
La guerra.
La energía.
El clima.
La deuda.
Los mercados.
El trabajo.
La Inteligencia Artificial.
Todos los elementos están sobre el tablero.
Ninguno, por sí solo, necesariamente tiene que derribarlo.
La incógnita es qué pasa si un día comienzan a moverse todos juntos.
Porque las guerras pueden terminar.
El petróleo puede volver a bajar.
Las bolsas pueden recuperarse.
Las economías pueden salir de una recesión.
Pero existe algo mucho más difícil de reconstruir cuando se pierde:
la CONFIANZA.
Y entonces sí, desde este humilde Rancho de la Cambicha, mirando un mundo que parece girar cada día un poquito más rápido, el Jagua Arandú recuerda a Mafalda y se pregunta:
¡¡¡Paren el mundo, que me quiero bajar!!!
Aunque, pensándolo bien...
Capaz que no conviene bajarse todavía.
Porque esto recién empieza.
Y queremos saber cómo termina.
¿O no, Chamigo?






















