Iberá entre la protección del yaguareté y la caída del turismo

A comienzos del siglo XX, el yaguareté estaba al borde de desaparecer en gran parte de la Argentina; más de un siglo después, su regreso al Iberá reabrió un debate clave entre conservación y actividad económica. En Carlos Pellegrini, prestadores turísticos piden reglas más previsibles para convivir con Ombú sin paralizar la temporada alta.

“Donde hubo jaguares, hubo monte”, resume una antigua idea muy citada en la conservación del Gran Chaco y el Litoral. En el Iberá, esa convivencia entre recuperación ambiental y vida económica volvió a quedar en primer plano con la presencia de Ombú, el joven yaguareté nacido libre en los esteros, cuya cercanía a la zona de uso público desató un conflicto que ya lleva semanas y que llegó a las autoridades nacionales.

Con las vacaciones de invierno a pocos días de comenzar, la Cámara de Turismo del Iberá y la Asociación de Guías de Carlos Pellegrini enviaron una carta al presidente de la Administración de Parques Nacionales, Sergio Álvarez. El motivo es concreto: el Parque Nacional Iberá permanece cerrado —o con acceso mínimo— desde que en mayo se detectó a Ombú circulando por la zona de uso público. Los firmantes, Estrella Losada y Gastón Boccalandro, ya habían presentado una nota anterior ante las autoridades del parque, pero todavía no obtuvieron respuesta.

El planteo pone el foco en una consecuencia sensible: el turismo explica casi el 90% del empleo local en Carlos Pellegrini, por lo que una clausura casi permanente al inicio de la temporada alta golpea de manera directa en los ingresos de la comunidad. “La gente que llegó se queja por no poder ingresar y mucha gente toma la decisión anticipada de no venir porque sale en la prensa que el parque está cerrado”, advierte la nota. “Esto trae aparejadas grandes pérdidas económicas para la población”, agrega.

Una reapertura a medias

Hacia el cierre de este artículo, el Parque Nacional volvió a habilitar el ingreso. Sin embargo, la apertura es parcial: solo se permite acceder al mirador del ingreso, entre las 9 y las 16. Los senderos siguen cerrados y, en algunos días, el parque vuelve a clausurarse por completo. Esa inestabilidad alimenta la incertidumbre entre prestadores y visitantes.

Para Gastón Boccalandro, la medida es insuficiente y difícil de justificar. “Ahora abrieron de 9 a 16. ¿Por qué a las 16? No lo sabemos, y ni ellos saben qué decirte”, señaló. A diferencia de esa postura, el Parque Provincial permanece abierto hasta las 18. “No es tan peligroso como lo están poniendo. No entiendo por qué toman estas medidas”, sostuvo.

Boccalandro también busca evitar que la cobertura pública transmita una idea errónea sobre la situación. “Se puede visitar el Iberá tranquilamente. Se realizan todas las excursiones. Los senderos del Parque Nacional son lo único que está cerrado. El Parque Provincial tiene abiertos los senderos con normalidad; el único cambio es que el circuito donde está el yaguareté se hace únicamente con guía”, explicó. Según su mirada, el riesgo mayor es que la frase “parque cerrado” desaliente por completo a quienes evalúan viajar. “Eso nos afectaría muchísimo más”, dijo.

Consultada por LA NACION, la Administración de Parques Nacionales indicó que el parque sigue aplicando una estrategia de manejo adaptable a la situación diaria. El criterio funciona de este modo: si Ombú es detectado cerca del camino de entrada, el acceso se habilita solo en vehículo hasta el Centro de Visitantes Douglas Tompkins. Si aparece hacia el final del sendero Lobo Cuá, se autoriza el ingreso vehicular, en bicicleta o caminando hasta el sector del mirador, y también se permite el sendero Monte de Los Lapachos, de corta extensión y ubicado cerca del acceso. Además, el parque reforzó su dotación con guardaparques provenientes de otras áreas protegidas de la región, instaló cartelería específica en las zonas de uso público y elaboró materiales audiovisuales en español, inglés y portugués con recomendaciones ante un eventual encuentro con el felino. “La máxima prioridad institucional es garantizar la seguridad tanto de los visitantes como de la biodiversidad al resguardo de cada una de estas unidades de conservación”, señalaron.

Dos parques, dos criterios

La diferencia de manejo entre el Parque Nacional y el Parque Provincial —que comparten territorio en Carlos Pellegrini y que para el visitante resulta difícil distinguir— es uno de los aspectos que más irritación genera en el conflicto.

Mientras el Parque Nacional optó por cerrar el área de uso público cada vez que Ombú es detectado en la zona, el Parque Provincial adoptó un esquema más específico. Cada mañana, los guardaparques rastrean al animal con antenas de monitoreo y, según su ubicación, se cierran uno o dos senderos puntuales, mientras el resto del área continúa habilitada. El acceso a los sectores donde se detectó al felino requiere guía capacitado. Alejandra Eliciri, directora de Parques y Reservas de Corrientes, lo dijo desde el inicio con claridad: “El parque provincial nunca se ha cerrado”.

La carta de los prestadores remarca esa asimetría y sostiene que, en otras áreas protegidas de la Argentina y de América, la presencia de yaguaretés y otros grandes felinos no implica clausuras generales, sino protocolos de visita segura. Por eso, el pedido a Álvarez es que el Parque Nacional adopte un criterio similar al del provincial.

La omisión que quedó al descubierto

El documento también señala una falencia más profunda: a lo largo de todos estos años de implementación del proyecto de reintroducción no se realizaron actividades de concientización dirigidas a los pobladores ni capacitaciones para los actores turísticos sobre convivencia con la especie. Cuando Ombú apareció en una zona de acceso público, nadie estaba preparado. “Su aparición supuso una sorpresa, generando respuestas y medidas dispares por parte de las distintas instituciones”, afirma el texto.

Para Claudio Bertonatti, naturalista e investigador de la Fundación Azara, los avistajes dejaron en evidencia dos realidades que deben abordarse al mismo tiempo: “Los yaguaretés no le temen a las personas y las personas no le temen a los yaguaretés”. A su entender, la respuesta debe basarse en protocolos claros. “Ante un avistaje, lo que suele aconsejarse es no huir —porque podría incentivar el instinto de caza del animal, que lo asocia con una presa—, retroceder lentamente sin darle la espalda, no acorralarlo, asegurar que el yaguareté tenga una vía de escape y simular ser más grande levantando los brazos”. Pero, aclara, la capacitación es solo el primer paso.

Análisis y proyecciones

Bertonatti advierte además sobre problemas estructurales que exceden la coyuntura. A su juicio, las localidades turísticas del Iberá no están preparadas para atender una emergencia por un eventual ataque grave y las rutas de la zona tampoco aseguran una evacuación rápida. A futuro, cuando los ejemplares actuales envejezcan, podrían incrementarse los riesgos de depredación sobre animales domésticos: para un yaguareté geronte sería más sencillo capturar perros, corderos o terneros. También plantea, con cautela, el riesgo de ataques a personas, especialmente menores. La gran pregunta, sostiene, es qué pasará si un felino comienza a matar el ganado de una familia de subsistencia y quién indemnizará esa pérdida para evitar que el animal sea cazado. En ese marco, la experiencia del Iberá vuelve a mostrar el desafío clásico de la conservación de grandes carnívoros en paisajes humanos: sin reglas claras, compensaciones previsibles y educación territorial, la convivencia tiende a volverse frágil.

Evolución reciente del conflicto

En los últimos años, la reaparición del yaguareté en Iberá fue celebrada como uno de los hitos más importantes de la restauración ecológica en la Argentina. Pero el caso de Ombú marcó un giro: lo que al principio era un símbolo de éxito conservacionista pasó a exponer las tensiones entre protección ambiental, turismo y vida cotidiana en las comunidades cercanas. La postura de los actores también se fue endureciendo. Mientras Corrientes consolidó un esquema de manejo selectivo en el parque provincial, los prestadores de Carlos Pellegrini dejaron de reclamar solo por la reapertura y empezaron a exigir previsibilidad, capacitación y una estrategia de comunicación que no espante visitantes. Del lado de Parques Nacionales, la respuesta se orientó a priorizar la seguridad con cierres variables, refuerzo de personal y señalización, una línea más cautelosa que la provincial y cada vez más cuestionada por el sector turístico.

La discusión, en definitiva, ya no gira solo en torno a un felino observado en un sendero, sino a cómo sostener el modelo Iberá sin que la conservación termine chocando con la economía local que, justamente, ayuda a hacerla posible.