¿Y si seguimos siendo Sísifo?
Mientras la Argentina festeja otra hazaña futbolera, el Jagua Arandú se hace una pregunta que ningún algoritmo puede contestar.
El rancho de la Cambicha parecía una cancha.
El televisor de 85 pulgadas, de esos que hasta dejan ver el pasto mojado, explotaba de imágenes. Argentina acababa de derrotar a Inglaterra. Otra vez. Y el país entero era una sola garganta.
Los muchachos se abrazaban. Las mujeres lloraban de alegría. Los gurises corrían con la camiseta albiceleste. Los celulares no daban abasto. El algoritmo parecía haberse vuelto argentino.
Gol.
Abrazo.
Maradona.
Messi.
La Scaloneta.
La nueva generación.
Videos.
Más videos.
Más emoción.
Más orgullo.
Y por un rato, solamente por un rato, todos éramos felices.
Porque el fútbol tiene ese milagro.
Hace desaparecer las grietas.
Suspende las preocupaciones.
Nos devuelve el abrazo que muchas veces la realidad nos niega.
Pero el Jagua salió despacito del rancho.
Nadie lo vio.
Cruzó el patio y fue hasta el viejo sauce llorón que mira al Paraná desde hace quién sabe cuántos años.
Se sentó en un tronco gastado por el tiempo.
El río seguía su camino, indiferente a la euforia de los hombres.
Y entonces apareció un viejo conocido.
No era Maradona.
No era Messi.
Era Sísifo.
El personaje del mito griego que Albert Camus convirtió en símbolo de la condición humana.
Ese hombre condenado a empujar una piedra hasta la cima de una montaña para verla rodar nuevamente hacia abajo... una y otra vez... durante toda la eternidad.
El Jagua cerró los ojos.
Y la memoria empezó a trabajar sola.
Volvió a escuchar aquella tribuna del Mundial de 1978.
"El que no salta es un holandés..."
Después apareció Federico Luppi en aquella inolvidable Plata Dulce.
Qué extraordinaria manera de retratar una Argentina donde parecía que la plata nacía sola.
Más tarde llegaron otros recuerdos.
La convertibilidad.
El Blindaje.
Fernando de la Rúa.
Domingo Cavallo.
Aquella frase del "Cabezón":
"El que apuesta al dólar pierde."
Y hace apenas un rato en nuestra historia...
"Comprá, campeón."
El Jagua suspiró.
Demasiadas películas.
Demasiados capítulos.
Siempre distintos.
Y, sin embargo, siempre parecidos.
Entonces hizo lo que hacen los periodistas cuando las respuestas no aparecen.
Preguntó.
Le preguntó al ChatGPT.
—Decime una cosa... ¿cuánto debe realmente la Argentina?
No solamente la deuda del Tesoro.
Toda.
La Nación.
Las provincias.
El Banco Central.
Los compromisos financieros.
Las obligaciones futuras.
Los intereses.
Todo.
Porque las cifras cambian según quién las cuente, pero el problema sigue siendo el mismo: la Argentina carga desde hace décadas con una pesada mochila mientras intenta volver a crecer.
Después hizo otra pregunta.
¿Es verdad que algunos bonos argentinos llegaron a rendir cerca del diez por ciento en dólares en apenas unos meses?
La respuesta fue que sí.
Los mercados financieros atravesaron un período de fuerte recuperación y varios bonos ofrecieron ganancias importantes para quienes asumieron el riesgo.
Pero, casi al mismo tiempo...
Otra noticia.
Otra fábrica que cerraba.
Otro comercio que bajaba la persiana.
Otra pyme que no llegaba.
Detrás de cada estadística hay un nombre.
Un jubilado.
Un trabajador.
Un comerciante.
Un empresario que apostó todo y perdió.
Entonces apareció la gran esperanza.
Vaca Muerta.
El petróleo.
El gas.
El cobre.
El litio.
La minería.
El RIGI.
Las inversiones.
Los dólares.
Las exportaciones.
El Jagua no discute nada de eso.
Al contrario.
Ojalá ocurra.
Argentina tiene recursos extraordinarios.
Quizás como nunca antes en su historia.
Puede convertirse en una potencia energética.
Puede multiplicar sus exportaciones.
Puede atraer inversiones gigantescas.
Puede generar riqueza durante muchos años.
Todo eso puede ser cierto.
Pero el viejo correntino, sentado bajo el sauce, vuelve a mirar el Paraná y se hace una pregunta mucho más sencilla.
¿Llegará a tiempo?
Porque el jubilado no puede esperar cinco años.
El comerciante que hoy vende la mitad no puede esperar una década.
El joven que perdió el trabajo necesita una oportunidad ahora.
La pyme que cerró ayer difícilmente vuelva a abrir cuando llegue el prometido derrame.
Y allí aparece nuevamente Sísifo.
Porque la verdadera tragedia argentina quizá no sea la falta de oportunidades.
Tal vez sea otra.
Cada generación cree haber encontrado la montaña definitiva.
Cada generación escucha que ahora sí vienen los mejores años.
Cada generación vuelve a ilusionarse.
Y demasiadas veces, cuando parece que la piedra llegó a la cima...
vuelve a caer.
El fútbol, por suerte, nos regala algo distinto.
Nos recuerda que todavía somos capaces de hacer cosas extraordinarias cuando existe un proyecto, cuando hay trabajo en equipo, cuando nadie se cree más importante que la camiseta.
Quizás esa sea la mayor enseñanza de esta Selección.
No la euforia.
No el algoritmo.
No los festejos.
Sino la constancia.
La paciencia.
La organización.
Y la humildad.
El Jagua se levantó.
Desde el rancho seguían llegando los gritos de los goles y los cantos de campeón.
Sonrió.
Porque un pueblo también necesita alegrías.
Pero antes de volver, miró una vez más el Paraná.
Entonces comprendió algo.
La piedra de Sísifo siempre vuelve a caer.
El río, en cambio, jamás vuelve hacia atrás.
A veces crece.
A veces baja.
A veces desborda.
A veces parece dormido.
Pero nunca deja de buscar un nuevo cauce para seguir avanzando.
Tal vez allí esté la diferencia.
Los pueblos no están condenados a repetir eternamente su historia.
También pueden aprender de ella.
Mientras el Jagua volvía lentamente hacia el rancho, donde la fiesta continuaba, dejó flotando una última pregunta.
No para un gobierno.
No para otro.
No para un partido político.
Para todos los argentinos.
¿Seguiremos empujando la piedra de Sísifo... o aprenderemos, de una vez por todas, el secreto del Paraná?





















