La Scaloneta, el humor social y el desafío político de Milei

El entusiasmo por la Selección vuelve a cruzarse con la política y la economía. La historia argentina muestra que los triunfos deportivos rara vez garantizan beneficios duraderos para un gobierno.

“Nada une más a un país que una victoria en la Copa del Mundo”, suele resumirse sobre el impacto simbólico del fútbol en la Argentina. Y cada vez que la Selección se convierte en un fenómeno nacional, la pregunta reaparece: ¿ese clima de euforia se traduce en respaldo político o se desvanece tan rápido como llega?

Los partidos de la Scaloneta parecen guionados para transmitir un mensaje de esfuerzo, disciplina y recompensa: aguantar los malos momentos, sostener el sacrificio y confiar en que el premio llega con trabajo colectivo. En ese marco, era previsible que el oficialismo intentara capitalizar ese clima como un respaldo indirecto a su ética del ajuste. En la Casa Rosada, sin embargo, manejan el asunto con cautela: creen que el entusiasmo mundialista podría favorecerlos, aunque sin exagerar sus efectos.

La incógnita central es otra: si, terminado el Mundial, persiste la sensación de que el país hizo sacrificios considerables sin ver mejoras concretas en el bolsillo de la mayoría, el efecto emocional podría diluirse por completo. Incluso más: el ejemplo de la Scaloneta podría funcionar como boomerang, en la medida en que el contraste entre la alegría futbolera y la vida cotidiana termine profundizando el malhumor social. La historia política argentina ofrece varios antecedentes de ese desfasaje entre gloria deportiva y desgaste institucional.

Los antecedentes

Después del Mundial de 1978, los jerarcas de la dictadura imaginaron que el consenso social obtenido con la conquista de la Copa se sostendría durante años. No fue así. Ya en 1980, la crisis económica, las críticas externas y las disputas internas dentro de las Fuerzas Armadas comenzaron a erosionar ese capital político. El fútbol había aportado legitimidad momentánea, pero no alcanzó para compensar el deterioro estructural del régimen.

Algo distinto, aunque con un desenlace también adverso, ocurrió en 1986. Ese fue uno de los mejores años del gobierno de Raúl Alfonsín, pero al año siguiente, con la inflación en ascenso y el cuadro económico empeorando, el oficialismo sufrió una derrota contundente en las legislativas y en varias gobernaciones. La euforia deportiva no logró blindar a un gobierno que ya enfrentaba fuertes tensiones económicas y políticas.

Más cerca en el tiempo, en 2022, Alberto Fernández quedó todavía peor parado. No consiguió apropiarse del entusiasmo colectivo que generó la Scaloneta y terminó perdiendo aún más apoyo social. Su intento por subirse al clima de celebración fue leído, en buena medida, como una maniobra oportunista en medio de una crisis que ya lo había desgastado severamente.

El caso actual

La gran pregunta es si Javier Milei corre un riesgo parecido. Llega a esta etapa con un ánimo social muy golpeado, con promesas muy optimistas que todavía no se verifican en la vida cotidiana y con un horizonte económico y electoral exigente de cara al año próximo. En ese contexto, la coincidencia con un eventual nuevo pico de entusiasmo futbolero puede servirle para ordenar la agenda, pero también para exponer con más claridad la distancia entre la épica y los resultados concretos.

La diferencia con otros presidentes favorecidos por un Mundial es que Milei, al menos según la lógica que expone el texto original, cuenta con variables macroeconómicas más controladas que en 1978, 1986 o 2022. Además, sus adversarios políticos aparecen debilitados por sus propios errores, lo que le permite presentarse como el único actor con capacidad de capitalizar el símbolo de la Selección sin quedar ridiculizado. En particular, ciertas críticas provenientes del kirchnerismo sobre la supuesta falta de “compromiso nacional y popular” de la Scaloneta o sobre la condición social de sus jugadores terminan, más que dañarlo a él, exponiendo a quienes las formulan.

Análisis y proyecciones: en política, el efecto de un triunfo deportivo sobre el humor social suele ser transitorio. La experiencia argentina indica que la euforia puede mejorar la percepción del gobierno durante un tiempo breve, pero difícilmente sustituya la necesidad de resultados económicos tangibles. Si el consumo no repunta, el ingreso real no mejora y la inflación sigue condicionando la vida cotidiana, el capital simbólico del fútbol se agota rápido. En cambio, si el Ejecutivo logra mostrar cierta estabilización y encauzar su agenda legislativa, el clima favorable podría ayudarlo a ordenar expectativas y a reforzar su narrativa de cambio. En ese sentido, el Mundial no define por sí solo el rumbo político, pero sí puede acelerar o retrasar la lectura social sobre quién tiene hoy la iniciativa.

Evolución reciente del fenómeno: en los últimos años, la relación entre la Selección y la política cambió de manera visible. Antes predominaba la idea de que un éxito deportivo generaba una luna de miel automática con cualquier gobierno. Sin embargo, la experiencia reciente mostró que ese vínculo es mucho más frágil: el mensaje colectivo de la Scaloneta construyó una identidad positiva y transversal, pero no necesariamente transferible al poder de turno. De 1978 a 2022, el patrón se repitió con matices: la alegría del fútbol fue amplia y real, pero su traducción en estabilidad política resultó, casi siempre, limitada y breve.

Si Argentina vuelve a ser campeona, Milei podría beneficiarse de una ola de optimismo colectivo para relanzar su segundo semestre y encarar con mejor clima su agenda legislativa, en particular la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y la reforma política. Con eso busca enviar una señal a los mercados: que no habrá otra etapa de financiamiento monetario del fisco y que la competencia política quede menos condicionada por estructuras partidarias tradicionales. Al mismo tiempo, esa estrategia contiene una paradoja libertaria: busca reducir regulaciones internas de los partidos no para ampliar libertades, sino para debilitar a los actores sociales frente al poder de turno.

En el mejor escenario para el Gobierno, el triunfo deportivo podría servir como marco emocional para sostener la iniciativa política y llegar al próximo tramo electoral con mejores expectativas. En el peor, el contraste entre la felicidad futbolera y la economía cotidiana podría amplificar el malestar. Como muestra la historia argentina, el Mundial puede dar aire; lo difícil es convertir ese aire en poder duradero.