Perfectos desconocidos: cuando el celular deja de ser un teléfono y se convierte en un espejo

Hay películas que entretienen y otras que, una vez terminadas, siguen conversando con nosotros durante mucho tiempo. Perfectos desconocidos pertenece a ese segundo grupo.

La historia parece sencilla. Un grupo de amigos de toda la vida comparte una cena. Alguien propone un juego: dejar los teléfonos celulares sobre la mesa y leer en voz alta cada mensaje, atender todas las llamadas con el altavoz encendido y compartir cada notificación que llegue durante la noche.

Lo que comienza como una ocurrencia divertida termina convirtiéndose en una radiografía de la condición humana.

La película demuestra que el celular no crea los secretos. Los revela.

En ese pequeño aparato llevamos conversaciones, fotografías, búsquedas, dudas, deseos, miedos y decisiones que muchas veces ni siquiera compartimos con quienes más queremos.

Pero la obra va mucho más allá de la tecnología.

Nos obliga a preguntarnos cuánto conocemos realmente a las personas que amamos y cuánto de nuestra propia vida mantenemos reservado. No necesariamente por maldad o engaño, sino porque todos conservamos un espacio íntimo que forma parte de nuestra identidad.

Entre todas las historias que atraviesan la película hay una que sobresale por su fuerza. Uno de los personajes oculta su orientación sexual porque teme la reacción de sus amigos, de su familia y del entorno que lo rodea.

Allí aparece una de las grandes contradicciones de nuestra sociedad.

Vivimos en una época en la que hablamos de inclusión, respeto y diversidad. Las leyes cambiaron, los derechos avanzaron y el discurso público es mucho más abierto que hace algunas décadas.

Sin embargo, la película nos recuerda que una cosa es aceptar una realidad en términos generales y otra muy distinta es convivir con ella cuando golpea la puerta de nuestra propia casa.

Mientras ocurre lejos, solemos mostrarnos comprensivos.

Cuando involucra a un hijo, a un hermano, a un padre o a un amigo muy cercano, muchas veces aparecen prejuicios que creíamos superados.

No es una crítica dirigida a un sector de la sociedad. Es una invitación a mirarnos honestamente.

Muchos crecimos en una época en la que determinadas palabras se utilizaban con absoluta naturalidad para burlarse de quien era diferente. Eran expresiones incorporadas al lenguaje cotidiano, especialmente entre adolescentes, sin que casi nadie se detuviera a pensar el daño que podían causar.

La sociedad cambió, y afortunadamente también cambió nuestra sensibilidad frente a esas expresiones. Pero cambiar el lenguaje es apenas una parte del camino. Lo más difícil sigue siendo modificar los prejuicios que durante décadas quedaron instalados en nuestra cultura.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de Perfectos desconocidos.

No habla solamente de celulares.

Habla del miedo a ser quienes realmente somos.

Habla de los secretos que guardamos para evitar el rechazo.

Habla de la distancia que existe entre la imagen que mostramos al mundo y la persona que verdaderamente somos.

Y, sobre todo, nos recuerda que detrás de cada teléfono hay un ser humano con contradicciones, virtudes, errores y una historia que merece ser escuchada antes de ser juzgada.

Como ocurre con las mejores películas, la verdadera pregunta no aparece durante la proyección.

Empieza cuando se encienden las luces y cada espectador vuelve a mirar su propio celular.

Y, quizás, también su propia conciencia.