Ni la Mano de Dios... ni Chiqui Blinders. Seamos todos la Escaloneta

Por Jagua Arandú – Identidad Correntina

Mire, chamigo...

Cuando el camalotal baja mansito por el Paraná, el paisano sabe que no conviene dejarse llevar por la primera corriente. Hay que mirar un poco más lejos. Muchas veces, debajo de esas hojas que parecen inofensivas, viene escondido el yacaré.

Con el fútbol pasa algo parecido.

Estos días la Argentina respira Mundial. En la plaza, en el boliche de la esquina, en la radio, en el trabajo y en cada ronda de mate, todos hablamos de la Selección. Y está bien que así sea. Pocas cosas tienen la fuerza de unir a un pueblo como la camiseta celeste y blanca.

Pero justamente cuando la pasión nos desborda, es cuando más falta hace pensar con la cabeza fría y el corazón caliente.

Hace cuarenta años, el 22 de junio de 1986, un pibe nacido en Villa Fiorito escribió una de las páginas más grandes de la historia del fútbol. Primero llegó la Mano de Dios. Después apareció aquel "Barrilete Cósmico" inmortalizado por el inolvidable relato de Víctor Hugo Morales, dejando ingleses en el camino hasta convertir el que muchos consideran el Gol del Siglo.

Diego Maradona fue un genio irrepetible.

Un artista.

Un rebelde.

Un fenómeno que hizo felices a millones de argentinos.

Pero también fue un hombre atravesado por profundas contradicciones. El Mundial de 1994 terminó con aquella dolorosa suspensión por un control antidopaje positivo. Después llegaron las luchas contra las adicciones y una intensa exposición política que dividió opiniones.

Esa también es parte de la historia.

Ni corresponde esconderla ni utilizarla para borrar todo lo que hizo con la pelota en los pies.

Hoy, cuarenta años después de aquella tarde del Azteca, la vida parece regalarnos otra imagen.

La de Lionel Messi.

La de Lionel Scaloni.

La de un grupo de jugadores que eligió otro camino.

Hablan poco.

Entrenan mucho.

No necesitan escándalos para ser gigantes.

No necesitan soberbia para demostrar quiénes son.

Respetan al rival.

Respetan la camiseta.

Respetan a la gente.

Y cuando levantan una copa, da la impresión de que el triunfo pertenece a todos.

Mientras tanto, alrededor del fútbol siguen apareciendo investigaciones periodísticas y judiciales sobre el manejo de recursos, transferencias y negocios vinculados con algunos dirigentes. Corresponderá a la Justicia establecer responsabilidades donde las hubiera. Ese es el camino de una República.

Pero el ciudadano común tiene derecho a hacerse preguntas.

Porque una cosa son los dirigentes.

Y otra muy distinta son los valores que queremos transmitirles a nuestros hijos.

Entonces el Jagua Arandú, desde este rincón correntino, se anima a preguntar:

¿Qué queremos imitar?

¿El atajo o el esfuerzo?

¿La viveza o el trabajo?

¿La trampa o el mérito?

¿El acomodo o la disciplina?

Porque la Escaloneta nos está enseñando que también se puede llegar a la cima con humildad, sacrificio, compañerismo y respeto.

Ninguno juega solo.

El que hace el gol necesita del que recuperó la pelota.

El que levanta la copa sabe que hubo otro que corrió por él.

Así se construyen los grandes equipos.

Y también los grandes pueblos.

Por eso este editorial no pretende enfrentar generaciones.

Diego seguirá siendo eterno.

Messi también ya pertenece a la historia.

Cada uno representa una época distinta del fútbol argentino.

Lo que sí podemos elegir es qué ejemplo queremos llevarnos a nuestra vida cotidiana.

Porque la verdadera victoria no empieza cuando el árbitro pita el comienzo de un partido.

Empieza mucho antes.

Empieza cuando un padre enseña con el ejemplo.

Cuando una madre educa en el esfuerzo.

Cuando un maestro transmite valores.

Cuando un entrenador de un club de barrio les explica a sus chicos que primero hay que aprender a respetar y después a ganar.

Ahí nace la verdadera Selección.

Por eso, más allá de los ídolos, de los dirigentes y de las pasiones que tantas veces nos ciegan, el Jagua Arandú se queda con una sola enseñanza.

No hace falta una Mano de Dios.

No hacen falta los atajos.

No hacen falta las mañas.

Hace falta trabajo.

Hace falta disciplina.

Hace falta humildad.

Hace falta jugar en equipo.

Porque los campeones levantan una copa.

Pero los pueblos grandes levantan valores.

Ni la Mano de Dios... ni Chiqui Blinders.

Seamos todos la Escaloneta.