Infantino, el dueño del balón global: cómo la FIFA dejó de administrar fútbol para administrar poder
Mientras millones de personas siguen cada partido del Mundial 2026, otra competencia, mucho más silenciosa, se desarrolla detrás de los palcos oficiales, los salones VIP y las reuniones reservadas. Allí no se disputan penales ni se levantan copas. Se administra poder.
Y pocos dirigentes concentran hoy tanto poder como Gianni Infantino.
El presidente de la FIFA llega a la última semana del Mundial más grande de la historia fortalecido por un dato incontrastable: el torneo es un éxito económico, deportivo y comercial. Más de seis millones de espectadores colmaron los estadios, las audiencias televisivas rompieron récords y las plataformas digitales multiplicaron los niveles de interacción hasta cifras nunca vistas.
Los números le dan la razón.
Pero el éxito del negocio convive con un creciente debate político sobre el enorme poder que ha acumulado el dirigente suizo.
Mucho más que el presidente de la FIFA
Infantino comprendió antes que muchos que el fútbol dejó hace tiempo de ser únicamente un deporte.
Es una industria global.
Una herramienta diplomática.
Un negocio multimillonario.
Y, sobre todo, un formidable instrumento de influencia política.
La FIFA administra ingresos superiores a los presupuestos de numerosos países. Distribuye cientos de millones de dólares entre federaciones nacionales, define sedes mundialistas, moviliza inversiones, infraestructura, turismo y exposición internacional.
Quien controla esa organización maneja una de las plataformas de poder blando más importantes del planeta.
Infantino entendió esa lógica desde el primer día.
Del escándalo al liderazgo
Cuando asumió en 2016 heredó una institución devastada por el FIFA Gate.
La imagen de Joseph Blatter, Julio Grondona y buena parte de la vieja dirigencia había quedado asociada internacionalmente a corrupción, sobornos y negociaciones opacas.
Su primera tarea fue reconstruir credibilidad.
La segunda, mucho más ambiciosa, consistió en expandir el negocio.
El Mundial pasó de 32 a 48 selecciones.
Las sedes comenzaron a repartirse entre varios países.
Los contratos comerciales crecieron exponencialmente.
Los premios económicos alcanzaron cifras récord.
Y la FIFA dejó de comportarse como una federación deportiva para actuar como una auténtica corporación global.
La política ya no es un actor externo
Durante décadas la FIFA proclamó la neutralidad política como uno de sus principios fundamentales.
La realidad actual muestra otra cosa.
Infantino construyó relaciones personales con Vladimir Putin, los líderes de Qatar, Mohammed bin Salman en Arabia Saudita y, más recientemente, con Donald Trump.
No responde necesariamente a afinidades ideológicas.
Responde a una lógica de negocios y gobernabilidad.
La organización de un Mundial requiere inversiones públicas multimillonarias, seguridad, infraestructura, transporte, acuerdos migratorios y respaldo diplomático.
Sin gobiernos fuertes detrás, ningún campeonato resulta posible.
Por eso la FIFA dejó de mantener distancia de la política para transformarse en uno de sus interlocutores permanentes.
El costo del poder
Pero toda concentración de poder genera resistencia.
La reciente suspensión de la sanción al delantero estadounidense Folarin Balogun despertó fuertes críticas dentro de Europa.
Muchos dirigentes interpretaron esa decisión como una señal del peso creciente que posee la relación entre Infantino y la Casa Blanca.
Las críticas no se limitaron al plano deportivo.
Eurodiputados cuestionaron públicamente la cercanía política del presidente de la FIFA con Donald Trump y reclamaron investigar distintos procedimientos internos de la organización.
No es la primera vez que Europa observa con preocupación el rumbo adoptado por el dirigente suizo.
Tampoco será la última.
El fútbol cambió de eje
Existe además un fenómeno estructural.
Durante casi un siglo Europa controló el fútbol mundial.
Hoy ese monopolio comienza a diluirse.
Estados Unidos emerge como el principal mercado audiovisual.
Arabia Saudita concentra inversiones multimillonarias.
Qatar conserva una influencia económica creciente.
China continúa representando un mercado potencial gigantesco.
América del Norte se convirtió en el nuevo centro comercial del fútbol.
Infantino simplemente aceleró un proceso que ya estaba en marcha.
El Mundial como plataforma geopolítica
La Copa del Mundo dejó de ser únicamente un campeonato deportivo.
Es una gigantesca exposición internacional.
Cada sede fortalece relaciones diplomáticas.
Cada contrato moviliza miles de millones de dólares.
Cada transmisión televisiva constituye una herramienta de influencia cultural.
No sorprende entonces que Estados Unidos aspire a volver a organizar otro Mundial en 2038, apenas cuatro años después del torneo previsto en Arabia Saudita.
El fútbol se transformó en un componente más de la competencia global entre potencias.
El dirigente más poderoso del deporte
Infantino suele aparecer sonriendo, abrazando jugadores, saludando hinchas o entregando trofeos.
Esa imagen amable oculta la dimensión real de su poder.
Hoy decide sobre el calendario internacional, la expansión de las competencias, la distribución de recursos, la incorporación de nuevas tecnologías, los contratos audiovisuales y buena parte de la economía del fútbol mundial.
Pocos dirigentes deportivos han concentrado semejante capacidad de decisión.
Quizá únicamente João Havelange y Joseph Blatter alcanzaron niveles comparables.
La diferencia es que Infantino ejerce ese poder en una industria mucho más grande, mucho más global y mucho más rentable.
El verdadero partido
Mientras Lionel Messi, Kylian Mbappé o Erling Haaland disputan el campeonato dentro del campo de juego, Infantino juega otro torneo.
Uno donde los rivales son gobiernos, patrocinadores globales, cadenas de televisión, empresas tecnológicas y bloques políticos.
Hasta ahora viene ganando.
El Mundial 2026 confirma que su modelo económico funciona.
Sin embargo, cuanto mayor es el éxito financiero de la FIFA, mayor también es el interrogante sobre sus mecanismos de control, transparencia e independencia política.
Porque el fútbol sigue despertando pasiones.
Pero el negocio que lo rodea ya se parece mucho más a una cumbre del G-20 que a un campeonato deportivo.
Y en ese tablero, Gianni Infantino dejó hace tiempo de ser simplemente el presidente de la FIFA.
Se convirtió en uno de los dirigentes con mayor capacidad de influencia del planeta.





















