El crédito no despega y la economía enfrenta su nuevo desafío

La economía argentina comienza a ingresar en una etapa distinta. Después de más de dos años en los que la inflación ocupó el centro de todas las preocupaciones, el problema empieza a desplazarse hacia otro terreno: la falta de crédito.

Los indicadores muestran una paradoja que inquieta tanto al Gobierno como al sistema financiero. La inflación continúa desacelerándose, las expectativas económicas son más estables y algunos sectores productivos vuelven lentamente a crecer. Sin embargo, uno de los motores esenciales de cualquier recuperación sostenida continúa funcionando a media máquina: el financiamiento al sector privado.

El crédito en pesos permanece prácticamente estancado durante 2026. Y esa situación tiene consecuencias directas sobre el consumo, la inversión y la velocidad con la que puede recuperarse la actividad económica.

El círculo vicioso del crédito

Durante buena parte de 2024 y comienzos de 2025, el fuerte crecimiento del crédito permitió sostener el rebote de la economía. Miles de familias financiaron consumos postergados, mientras empresas aprovecharon líneas bancarias para recomponer capital de trabajo e inversiones.

Ese ciclo, sin embargo, se interrumpió abruptamente.

La combinación de tasas de interés elevadas, incertidumbre financiera y un fuerte deterioro en la capacidad de pago de los hogares modificó completamente el escenario. Hoy los bancos prestan menos porque el riesgo aumentó, y los clientes demandan menos porque el costo del dinero se volvió demasiado elevado.

Así se conforma un círculo difícil de romper.

Cuando disminuye el crédito, cae el consumo. Si el consumo pierde fuerza, las empresas venden menos. Con menores ventas, disminuye la inversión y también la demanda de nuevos préstamos.

La mora, el dato que más preocupa

El dato más delicado no es únicamente la caída del crédito.

Lo verdaderamente preocupante es el crecimiento de la morosidad.

Los préstamos impagos alcanzaron los niveles más elevados de las últimas dos décadas. Más del 12% de los créditos otorgados a familias presenta algún grado de irregularidad, una cifra que obliga a los bancos a extremar la prudencia.

Las entidades financieras reaccionan como lo hace cualquier administrador de riesgo: endurecen los requisitos para otorgar nuevos préstamos, elevan las tasas y concentran sus esfuerzos en recuperar las deudas existentes antes que expandir su cartera.

Desde la lógica bancaria la decisión resulta razonable.

Desde la perspectiva de la economía, en cambio, constituye un freno importante para la recuperación.

Tasas que siguen siendo prohibitivas

La inflación bajó.

Las tasas de los depósitos también comenzaron a descender.

Pero las tasas que pagan quienes necesitan financiamiento continúan siendo extraordinariamente altas.

Los préstamos personales todavía operan alrededor del 65% anual y el financiamiento mediante tarjetas de crédito supera ampliamente esa cifra.

En semejantes condiciones, muchas familias simplemente dejan de tomar crédito porque el costo financiero supera cualquier beneficio esperado.

La consecuencia es visible en los indicadores: tanto los préstamos personales como el financiamiento con tarjetas acumulan varios meses consecutivos de caída en términos reales.

El salario todavía no alcanza

Existe otro elemento que explica la debilidad del consumo.

Aunque la inflación comenzó a desacelerarse, buena parte de los salarios todavía no recuperó completamente el poder adquisitivo perdido durante la fuerte corrección económica de 2024 y parte de 2025.

Los hogares priorizan alimentos, servicios, alquileres y gastos indispensables.

El consumo financiado, que durante muchos años funcionó como un amortiguador de las crisis argentinas, hoy perdió protagonismo.

Cuando una familia duda entre pagar la cuota del préstamo o afrontar los gastos básicos del mes, el sistema financiero inevitablemente registra mayores niveles de incumplimiento.

Una recuperación más lenta de lo esperado

Los analistas mantienen una mirada moderadamente optimista para la segunda mitad del año.

La desaceleración de la inflación permitirá que muchas paritarias comiencen a mostrar mejoras reales del salario, mientras el Banco Central espera que la intermediación financiera vuelva gradualmente a expandirse.

Sin embargo, nadie proyecta un crecimiento explosivo.

La recuperación será lenta porque deberá reconstruirse primero la confianza de quienes prestan y de quienes toman crédito.

Ese proceso no depende exclusivamente de las tasas de interés.

También exige estabilidad macroeconómica, salarios que vuelvan a crecer por encima de la inflación y una reducción sostenida de la morosidad.

El verdadero examen económico

Hasta ahora, el Gobierno aprobó el examen más difícil: estabilizar una economía que convivía con una inflación cercana a la hiperinflación.

Pero estabilizar no significa necesariamente crecer.

La próxima prueba consistirá en lograr que el sistema financiero vuelva a cumplir su función esencial: transformar ahorro en inversión y consumo.

Sin crédito accesible no existe mercado interno vigoroso.

Sin mercado interno, la recuperación depende exclusivamente de algunos sectores exportadores y de las inversiones de gran escala, insuficientes por sí solas para generar un crecimiento amplio y sostenido.

En definitiva, el desafío económico ya no pasa únicamente por seguir bajando la inflación. La nueva batalla será reconstruir el crédito, recuperar la confianza de los bancos y devolver capacidad de consumo a millones de argentinos.

Ese será, probablemente, el verdadero termómetro del éxito económico durante los próximos meses.