Candela Burruchaga y su lucha contra la endometriosis

Candela Burruchaga convirtió su experiencia con la endometriosis en un testimonio de visibilidad y aprendizaje. Tras un diagnóstico complejo y una cirugía de alta complejidad, llamó a no naturalizar el dolor y a insistir hasta ser escuchadas.

“La endometriosis tiene un diagnóstico tardío promedio de 10 años a nivel global”, advirtió Candela Burruchaga al recibir un reconocimiento del Consejo Profesional de Relaciones Públicas. Su frase, en un escenario atravesado por la vulnerabilidad, resume un problema que la medicina femenina viene señalando desde hace décadas: el subdiagnóstico del dolor de las mujeres y la demora en llegar a respuestas certeras.

La historia de Candela comenzó con una inflamación abdominal que, por su antecedente de patología intestinal, le hizo pensar primero en esa base clínica y no en una causa ginecológica. Durante un año se sometió a estudios sin resultados concluyentes, hasta que en un control anual apareció “solo un puntito” en el ovario izquierdo. Le indicaron repetir el estudio dos meses después, pero el hallazgo persistía difuso y fue derivada a una especialista en imágenes que logró precisar el cuadro: no se trataba de una sola lesión, sino de un proceso mucho más amplio, con endometrioma, compromiso ovárico e intestinal, múltiples nódulos y adherencias. La confirmación llegó luego con una resonancia con protocolo para endometriosis, un estudio invasivo pero muy preciso para ubicar cada foco.

“Para mí, vos tenés todas”

Una de las revelaciones más fuertes para Candela fue comprender que la endometriosis no es una enfermedad única y homogénea, sino que puede presentarse en distintas formas. La médica que la diagnosticó le dijo: “para mí, vos tenés todas”, en referencia a la endometriosis superficial, la profunda y el endometrioma. Esa observación terminó de ordenar un cuadro que hasta entonces aparecía disperso entre síntomas abdominales, molestias ginecológicas y estudios poco concluyentes. Desde ese momento, la sospecha dejó de ser ambulatoria y pasó a requerir una intervención quirúrgica.

La decisión de operar no fue inmediata, pero sí firme una vez que la resonancia mostró que la medicación no alcanzaría para resolver las adherencias. En la preparación prequirúrgica se armó un equipo amplio: un ginecólogo operante, un cirujano de abdomen y, como eventual apoyo, un urólogo. La indicación era clara: entrar a explorar y resolver lo que fuera necesario. En su caso, la cirugía confirmó que había que extirpar nódulos, liberar adherencias y tratar el compromiso intestinal.

Cómo fue la operación

La intervención fue compleja y participaron finalmente tres cirujanos, aunque podían haber sido cuatro. El equipo de abdomen se encargó de separar los uréteres y el área ginecológica trabajó sobre los tejidos comprometidos. La operación fue el 6 de enero de 2026, una fecha que Candela asocia con los Reyes: “Ustedes son mis reyes”, les dijo al entrar al quirófano.

En la previa estaba muy asustada, aunque sostenida por su familia, sus amigas y la terapia. Candela es de Puerto Madryn y ese día sus familiares viajaron para acompañarla y ayudarla en todo lo que vino después.

El diagnóstico final fue endometriosis profunda infiltrante, confirmado más tarde por anatomía patológica. A eso se sumó la complicación intestinal, que volvió todo más serio: la patología había comprometido alrededor del 50% de la superficie de la última parte del intestino, por lo que tuvieron que resecar un pequeño tramo. Ese dato cambió por completo la magnitud del procedimiento, porque implicó más horas de quirófano, días de internación y semanas de recuperación. Aunque al principio le habían dicho que quizá se iría a su casa al día siguiente, terminó internada algunos días y recibió el alta el sábado. La recuperación real, sin embargo, recién empezaba.

“Estaba una hora y me volvía a la cama”

El posoperatorio fue duro. Candela cuenta que la primera noche pudo dormir, pero la segunda y la tercera no, porque tenía mucho dolor de panza, de cuello por la tensión y de cabeza. El equipo médico le explicaba que era esperable en una cirugía tan compleja. Ella lo resume con una imagen muy clara: “me abrieron toda”, le dijeron después, porque la habían cocido por fuera y por dentro.

Primero tuvo dieta líquida y luego pasó a comidas blandas, similares a las de hospital, como purés, suflés y alimentos fáciles de digerir. Recién cuando el cuerpo empezó a responder bien le dieron el alta, pero el dolor siguió durante semanas y necesitó analgésicos por bastante tiempo. Dejar los medicamentos también le costó, porque el malestar persistía.

La fatiga fue otro de los grandes efectos de la cirugía. Cuando intentó volver a trabajar, semanas después, descubrió que el cuerpo todavía no acompañaba: “estaba una hora y me volvía a la cama”. El cansancio era tan intenso que incluso actividades cotidianas, como tomar dos colectivos, se volvían excesivas. Cuando preguntó cuánto podía durar esa sensación, le hablaron de dos o tres meses. Y así fue: alrededor de los tres meses empezó a sentirse mejor. Antes de eso, salía un rato y ya quería regresar a su casa. Esa etapa la obligó a reorganizar sus tiempos y a aceptar que el cuerpo necesitaba otra velocidad.

Análisis y proyecciones: la recuperación de una cirugía por endometriosis profunda suele ser tan exigente como el propio diagnóstico, porque no solo se repara una lesión sino un entramado de dolor crónico, inflamación y desgaste emocional. En los últimos años, la conversación pública sobre endometriosis creció de forma sostenida gracias a testimonios de pacientes, campañas de concientización y una mayor visibilidad del tema en redes, aunque persiste la brecha entre el conocimiento disponible y el acceso real a especialistas. Todo indica que el mayor desafío seguirá siendo el mismo: lograr diagnósticos más tempranos, evitar que el dolor se normalice y reforzar equipos multidisciplinarios capaces de tratar casos complejos sin demoras innecesarias. La tendencia médica internacional apunta a un abordaje más integral, con foco en cirugía experta, manejo del dolor, salud mental y seguimiento de largo plazo.

Un cambio de hábitos y de mirada

La recuperación física fue más rápida que la mental y emocional. Candela dice que atravesó mucha niebla mental, algo que asocia a la patología: olvidos, dificultad para recordar conversaciones y una sensación general de confusión que se extendió, sobre todo, durante las primeras semanas.

También empezó a procesar que se trata de una enfermedad crónica, sin cura, aunque sí con tratamiento. Ese hallazgo la impactó porque el diagnóstico y la cirugía llegaron tan rápido que no tuvo demasiado margen para elaborar lo que implicaba convivir con algo que la va a acompañar siempre. Por eso habla de una adaptación a nuevos cuidados y hábitos que todavía sigue en curso.

Entre esos cambios menciona la alimentación antiinflamatoria, el ejercicio físico y, sobre todo, el descanso. La endometriosis, señala, produce mucha fatiga, por lo que tuvo que aprender a priorizar pausas que antes no se permitía. Durante años siguió trabajando y sosteniendo ritmos intensos porque le habían dicho que ese dolor era normal, que era algo que “le pasa a todas las mujeres”. Hoy cuestiona con fuerza esa naturalización: no hay que acostumbrarse a vivir con dolor, dice, porque no es sano ni para el cuerpo ni para la cabeza.

La evolución de este tema en los últimos años muestra un cambio importante en el modo en que muchas pacientes y profesionales lo abordan. Antes predominaba la idea de tolerar el dolor o postergar la consulta; hoy, con más información y más relatos públicos, crece la exigencia por diagnósticos precisos y por una medicina que escuche. También cambió la posición de las pacientes: cada vez más mujeres llegan a consulta con más herramientas, más preguntas y menos disposición a aceptar respuestas vagas. Sin embargo, la demora diagnóstica sigue siendo elevada, y en numerosos casos la insistencia del paciente continúa siendo decisiva para acceder a estudios específicos.

Candela sostiene que, a nivel global, el diagnóstico de endometriosis suele demorarse entre 10 y 15 años, justamente porque muchas veces se minimizan los síntomas y se responde con analgésicos en lugar de investigar. También subraya que el acceso a un estudio específico no siempre surge de manera espontánea, sino que las pacientes deben insistir mucho para que las escuchen. En su caso, la derivación a una especialista en imágenes y la resonancia con protocolo fueron clave. Sabe, sin embargo, que muchas otras mujeres pasan por varios ginecólogos sin obtener respuestas. “No se queden calladas, que insistan, insistan, insistan”, recomienda.

La experiencia también modificó su manera de verse a sí misma. Candela dice que hubo un duelo por el cuerpo, no solo por la función de los órganos intervenidos, sino también por la imagen corporal y las cicatrices que dejó la operación. Reconoce que todavía está procesando ese cambio. Al mismo tiempo, hubo algo importante: el tratamiento preservó su sistema reproductivo y, además, ella ya había congelado óvulos dos años antes, algo que hizo por deseo propio y que hoy valora muchísimo. Cuando conoció el cuadro completo, pensó: “Menos mal que hice eso”, porque le dio tranquilidad frente a un escenario en el que el ovario izquierdo estaba comprometido.

El premio y la reacción del entorno

La ceremonia de entrega la sorprendió en medio de una recuperación todavía reciente. Cuando escuchó que había ganado, sintió “taquicardia absoluta”. Tenía que bajar escalones, había cámaras por todos lados y apenas disponía de un minuto para hablar. Subió al escenario, recibió el premio y trató de decir lo poco que recordaba.

Más allá del reconocimiento, lo que más valoró fue la reacción de su entorno. Su madre la llamó llorando, emocionada, y sus amigas celebraron la noticia desde Buenos Aires, Rosario y Puerto Madryn, compartiendo y reposteando el video de agradecimiento. Esa red de afecto le confirmó que no había atravesado el proceso en soledad. Incluso su hermana, menos demostrativa, acompañó la alegría aunque se enteró un poco después. Para Candela, ese apoyo fue tan importante como el premio profesional, porque le recordó que el trabajo y la vulnerabilidad no se excluyen.

“No hay que bancarse el dolor”

Candela plantea que la endometriosis recibe insuficiente investigación y presupuesto, y que eso forma parte de una desigualdad más amplia: el dolor femenino suele subestimarse. Se pregunta por qué hay más estudios sobre la calvicie masculina que sobre el dolor de la mujer, y critica que todavía haya pacientes que deban rogar por un estudio específico. En su caso, fue necesario llegar a un profesional y a una tecnología capaces de ver lo que antes no se veía. Por eso insiste tanto en que las mujeres no se conformen con explicaciones vagas ni con la idea de que hay que bancarse el dolor.

Para Candela, lo vivido fue un antes y un después. La cirugía, el diagnóstico, la recuperación, el cansancio, el premio y el reconocimiento no aparecieron como hechos aislados sino como parte de un mismo recorrido en el que tuvo que aprender a escucharse. “Hay que insistir hasta encontrar un profesional que escuche de verdad, no hay que naturalizar el dolor y hay que confiar en que buscar respuestas no es exagerar, sino cuidar la propia salud”.