La política volvió al centro del poder
Durante los primeros meses de gobierno, Javier Milei logró instalar la idea de que la economía sería el eje alrededor del cual giraría toda la vida política argentina. El mensaje era sencillo: si las variables económicas mejoraban, el resto encontraría naturalmente su lugar. Hoy esa premisa comienza a mostrar sus límites.
Ningún gobierno puede sostenerse únicamente sobre indicadores macroeconómicos. Tarde o temprano aparece la política. Y cuando aparece, exige negociación, organización, construcción territorial y administración de intereses muchas veces contradictorios.
Eso parece haber comprendido la Casa Rosada.
Los movimientos registrados durante las últimas semanas difícilmente puedan interpretarse como simples cambios de nombres o reacomodamientos administrativos. Constituyen, en realidad, el inicio de una nueva etapa. El oficialismo comienza a prepararse para una campaña que todavía parece lejana, pero cuyos cimientos deben construirse desde ahora.
La llegada de Diego Santilli al centro de las decisiones no responde únicamente a su experiencia de gestión. Representa, sobre todo, el reconocimiento de que la gobernabilidad necesita algo más que convicciones ideológicas. Requiere interlocutores, acuerdos y capacidad para administrar conflictos.
Es una señal que trasciende a la figura del nuevo jefe de Gabinete.
Durante la campaña presidencial, Milei construyó su liderazgo enfrentando a la dirigencia tradicional. Gobernando descubrió que esa misma dirigencia conserva buena parte de las herramientas necesarias para transformar decisiones políticas en leyes, presupuestos y mayorías parlamentarias.
La política, tantas veces cuestionada, termina siendo indispensable incluso para quienes prometieron reemplazarla.
Karina Milei parece haber comprendido antes que nadie esa realidad.
Mientras el Presidente continúa concentrando su atención sobre la economía, la secretaria general de la Presidencia consolida un rol cada vez más decisivo en la organización del poder político. La construcción partidaria, el vínculo con los legisladores, la relación con los gobernadores y la definición de la estrategia electoral comienzan a pasar por sus manos.
No es casual.
Toda administración que aspira a un segundo mandato necesita ordenar primero su propio espacio antes de intentar ampliar sus fronteras.
Por eso también adquiere relevancia el debate sobre las reglas electorales. La discusión acerca de las PASO o de un eventual sistema de colectoras excede ampliamente la cuestión técnica. En realidad, expresa la búsqueda de un mecanismo que permita incorporar aliados sin resignar el control político del proyecto oficial.
Toda coalición enfrenta el mismo dilema.
Abrirse demasiado puede diluir su identidad.
Cerrar completamente las puertas puede condenarla al aislamiento.
El desafío consiste en encontrar el punto de equilibrio.
En ese contexto también debe leerse la prudencia que el oficialismo comienza a exhibir frente a algunos de sus socios. Las diferencias siguen existiendo, pero las respuestas públicas aparecen más medidas. La prioridad parece ser preservar el volumen político antes que alimentar disputas que puedan beneficiar a la oposición.
Nada de esto garantiza el éxito electoral.
La verdadera encuesta seguirá siendo la economía.
La inflación, el empleo, la recuperación del ingreso, el consumo y la estabilidad cambiaria continuarán definiendo buena parte del humor social durante los próximos meses. Ninguna estrategia política alcanza cuando la realidad económica se vuelve adversa. Pero tampoco los buenos indicadores reemplazan la necesidad de construir una mayoría política sólida.
Quizás allí resida el principal cambio que comienza a observarse en el oficialismo.
La Libertad Avanza deja atrás la etapa fundacional, aquella en la que la épica de la confrontación alcanzaba para explicar casi todo. Empieza ahora una fase más compleja, menos ideológica y mucho más pragmática.
Es el tránsito habitual de quienes pasan de la oposición al ejercicio del poder.
Gobernar implica administrar tensiones. Aspirar a la continuidad obliga, además, a construir alianzas.
Los Milei parecen haber llegado a esa conclusión antes de lo previsto. Y esa comprensión puede ser, al mismo tiempo, una muestra de madurez política o el comienzo de un delicado equilibrio entre la identidad que los llevó al poder y el pragmatismo que necesitan para conservarlo.





















