Por qué quienes crecieron en los 60 y 70 serían más resilientes

Los adultos que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 enfrentaron una infancia con más autonomía, menos supervisión y desafíos cotidianos que, según estudios psicológicos, ayudaron a moldear una fortaleza emocional hoy menos visible. Especialistas explican por qué ese contexto podría haber favorecido la resiliencia y qué cambió en la crianza actual.

“Lo que no me mata, me hace más fuerte”, escribió Friedrich Nietzsche a fines del siglo XIX, una frase que hoy suele citarse para resumir cómo la adversidad, cuando es moderada y se procesa con apoyo, puede fortalecer a una persona. En esa línea, la psicología del desarrollo ha observado durante décadas que las experiencias tempranas de autonomía y resolución de problemas dejan huellas duraderas en la vida adulta.

Para ese entonces, los niños no contaban con teléfonos celulares, computadoras, redes sociales ni videojuegos. Debían ingeniárselas para entretenerse, despertar su creatividad y criarse bajo un modelo de crianza muy distinto al actual.

De hecho, académicos advierten que los adultos que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 parecen exhibir un tipo de fortaleza psicológica o resiliencia que, en muchos casos, se percibe menos en generaciones más jóvenes. Estudios en psicología como “Resiliencia en niños y jóvenes: una revisión” o “La relación entre el comportamiento de crianza parental y la resiliencia, así como los síntomas psicológicos en una muestra representativa” señalan que la resiliencia suele desarrollarse cuando las personas enfrentan desafíos reales, ganan autonomía y aprenden a resolver problemas desde edades tempranas. Según coinciden los especialistas, esas condiciones estuvieron más presentes en los contextos de crianza de quienes crecieron en las décadas de 1960 y 1970 que en la infancia actual.

Cabe destacar que, para entonces, muchas madres se incorporaron al mercado laboral, las opciones de cuidado infantil fuera del hogar eran limitadas y las tasas de divorcio aumentaban, lo que dejó a toda una generación con una cantidad inusual de tiempo sin supervisión.

Otros estudios longitudinales como el Berkeley Guidance Study y el Oakland Growth Study, analizados por el sociólogo estadounidense Glen H. Elder, mostraron que las dificultades económicas en la infancia no producían efectos uniformes. En contextos familiares estables, asumir responsabilidades desde edades tempranas podía favorecer el desarrollo de autonomía, libertad, sentido de competencia y resiliencia en la adultez; en cambio, en hogares con alta conflictividad predominaban consecuencias más negativas.

Aquel contexto forjó un tipo de resiliencia que ayuda a explicar la notable capacidad de resolución de problemas en los adultos de mayor edad. No fue una fortaleza buscada deliberadamente por los padres de entonces, sino una respuesta necesaria ante un entorno en el que la salud emocional todavía apenas se tenía en cuenta.

Autonomía como resultado de la necesidad

La supervisión adulta era mínima en comparación con la actualidad. Los niños pasaban buena parte del día resolviendo sus propios conflictos en la calle, asumiendo responsabilidades domésticas desde edades tempranas y gestionando el aburrimiento sin pantallas de por medio.

Ese proceso encaja con lo que los especialistas llaman “inoculación al estrés”, una técnica cognitivo-conductual que prepara al individuo al exponerlo a situaciones de estrés controladas. Así, al enfrentarse de manera autónoma a dificultades moderadas —como volver solos a casa o negociar reglas en un juego sin mediación de los padres—, los pequeños fortalecieron su adaptación a largo plazo y desarrollaron habilidades clave como la tolerancia a la frustración y la autorregulación emocional.

Diferencia con el modelo de crianza actual

Hoy en día, los menores crecen en entornos altamente controlados, donde los adultos intervienen con rapidez para evitarles cualquier tipo de malestar o fracaso. Esa protección nace de una intención positiva, pero algunos expertos advierten que también puede traer efectos no deseados.

La falta de desafíos reales en la infancia actual podría estar limitando el desarrollo de herramientas emocionales fundamentales. Cada vez es más común observar dificultades en los jóvenes para aceptar un “no”, respetar figuras de autoridad o gestionar la frustración, conductas que preocupan por igual a educadores y familias.

En términos históricos, el cambio responde también a una transformación social más amplia: hoy existen más recursos de crianza, más vigilancia sobre los riesgos y una mayor sensibilidad sobre la salud mental infantil. Sin embargo, esa mayor protección, que busca reducir daños, a veces reduce las oportunidades de practicar autonomía. En paralelo, la expansión de las pantallas y la vida urbana han desplazado parte del juego libre, uno de los escenarios clásicos donde antes se ejercitaban la negociación, la cooperación y la tolerancia al conflicto.

Análisis y proyecciones

La discusión sobre la resiliencia no implica idealizar el pasado ni sugerir que “antes se criaba mejor” en términos absolutos. La evidencia en psicología suele ser más matizada: la adversidad ayuda cuando es manejable y existe un entorno suficientemente estable para procesarla. Si es excesiva, en cambio, puede generar daño. Por eso, el desafío actual para padres, escuelas y profesionales es encontrar un equilibrio entre protección y exposición gradual a la frustración, de modo que los niños desarrollen recursos internos sin quedar librados a experiencias traumáticas.

De cara al futuro, los especialistas suelen señalar que el bienestar emocional infantil dependerá cada vez más de entornos que combinen límites claros, autonomía progresiva y acompañamiento adulto. La gran pregunta no es volver al modelo de los años 60 o 70, sino recuperar espacios de independencia y resolución de problemas en una infancia que hoy está más acompañada, pero también más intervenida.