La cumbre de la OTAN en Ankara quedó marcada por las tensiones con Trump y las burlas por el Mundial

La cumbre de la OTAN en Ankara quedó atravesada por escenas insólitas, cautela diplomática y chicanas vinculadas al Mundial. Los líderes europeos buscaron contener a Donald Trump mientras crecen las dudas sobre el financiamiento militar y el rumbo de la alianza.

“La OTAN ha sobrevivido a crisis mucho peores”, suele recordarse desde la Guerra Fría; sin embargo, la cumbre de Ankara dejó en evidencia que, con Donald Trump nuevamente en la Casa Blanca, la vieja cohesión atlántica vuelve a quedar a prueba. Entre silencios calculados, bromas incómodas y gestos diplomáticos medidos al milímetro, la reunión exhibió la fragilidad de una alianza que intenta evitar el choque frontal con su socio más imprevisible.

ANKARA, Turquía.– Entre las divagaciones del presidente norteamericano, Donald Trump, y los intentos de los líderes europeos por aplacar su tono beligerante, la cumbre de la OTAN en Ankara ya dejó algunos de los episodios más extraños de la diplomacia reciente y expuso la fragilidad de la alianza tras el regreso del magnate a la Casa Blanca.

Según el diario británico The Guardian, funcionarios europeos discutieron en privado, al margen del encuentro, cómo mantener a Trump alineado con la alianza en un momento en que sus amenazas sobre el financiamiento militar generan inquietud entre los socios europeos.

Los líderes europeos adoptaron entonces una estrategia poco habitual: evitar cualquier mención del Mundial en curso, por temor a que una referencia a la eliminación del seleccionado estadounidense pudiera desatar la irritación del magnate y complicar todavía más las negociaciones sobre el gasto en defensa.

La apuesta de los aliados consiste en convencer a Trump de que están dispuestos a asumir una mayor carga presupuestaria, dentro de la idea de construir una “OTAN más fuerte y más europea”, con cada país miembro comprometido a destinar el 5% de su PIB a defensa para 2035.

Estrategia de silencio

El primer ministro de Bélgica, Bart De Wever, fue el único funcionario que reconoció públicamente esa táctica de prudencia. Consultado por periodistas antes de su reunión bilateral con Trump, dijo que evitaría hablar de la victoria de su selección por 4-1 sobre Estados Unidos a principios de esta semana.

“Trump tiene la reputación de reaccionar a veces con cierta irritación ante las cosas que no le gustan, y creo que esta derrota le habrá dolido”, bromeó De Wever.

Una fuente diplomática citada por Daily Mail, medio que también reconstruyó la estrategia en la cumbre, explicó que “los líderes acordaron no mencionar el fútbol porque es evidente que Trump ya está de mal humor por eso” y que el objetivo colectivo era “atravesar esta situación sin antagonizarlo aún más”.

El trasfondo de la cautela europea es la polémica desatada por el propio Trump, quien esta semana solicitó personalmente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, que revisara la tarjeta roja mostrada al delantero estadounidense Folarin Balogun en el partido ante Bosnia y Herzegovina, con el objetivo de habilitarlo para el duelo contra Bélgica. Infantino accedió al pedido.

La intervención de Trump, no obstante, no evitó la goleada. Después del resultado, el plantel belga celebró con un mensaje desafiante en redes sociales y difundió videos desde el vestuario en los que imitaban el característico baile del magnate, lo que profundizó la tensión.

Tras su reunión, De Wever confirmó que no había hablado del partido con el mandatario norteamericano.

“No hablamos de fútbol. Tenemos asuntos importantes que discutir, y el fútbol es, como se dice, el más importante de los temas no importantes, pero sigue siendo algo no importante, así que no saqué el tema”, aseguró el premier belga.

Burlas y furcio de Trump

En otro episodio polémico, el mandatario norteamericano se mostró confundido al referirse a Irán como la “república islámica de Japón” durante un intercambio con periodistas tras su reunión con el presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, al margen de la cumbre.

“Recibimos 111 misiles de la república islámica de Japón (...) y cada uno de esos misiles fue derribado, prácticamente la mayoría por sistemas Patriot”, afirmó Trump.

En realidad, el presidente parecía aludir a un ataque contra el USS Abraham Lincoln perpetrado por fuerzas iraníes. Este tipo de deslices verbales no es nuevo en la política estadounidense reciente y, en el caso de Trump, se suman a una larga lista de declaraciones improvisadas que suelen dominar la cobertura mediática y desviar la atención de los temas de fondo.

Aunque Japón fue enemigo de Washington durante la Segunda Guerra Mundial, ambos países se transformaron en aliados estrechos tras la derrota japonesa en 1945 y mantienen esa asociación hasta la actualidad.

Curioso intercambio con Zelensky

En la misma conferencia de prensa, Trump también protagonizó un intercambio llamativo con Zelensky, a quien le propuso viajar a Moscú para una reunión con el presidente ruso, Vladimir Putin.

“Putin dijo: ‘Me encantaría reunirnos en Moscú’. No sé si Zelensky iría a Moscú. Tal vez sí. ¿Irías a Moscú?”, preguntó Trump a su par ucraniano, aludiendo a una presunta propuesta del líder del Kremlin.

“Es difícil. Hay muchos drones ucranianos ahí. Es peligroso”, respondió Zelensky entre risas de los periodistas.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, también tomó protagonismo en la cumbre con un gesto inusual.

El funcionario intentó un intercambio distendido con el presidente norteamericano al señalar las zapatillas blancas del primer ministro de Albania, Edi Rama, durante la foto de familia de la cumbre.

A pesar de las risas de otros líderes mundiales, Trump no se inmutó.

Análisis y proyecciones

Más allá de las anécdotas, el trasfondo político es claro: la OTAN enfrenta una etapa de negociación interna marcada por el regreso de Trump, cuya visión transaccional de la seguridad colectiva vuelve a empujar a Europa a prometer más gasto militar para evitar una crisis mayor. En la práctica, eso refuerza una tendencia visible desde hace años: la mayor presión estadounidense para que los europeos asuman parte sustancial del costo de su propia defensa.

Si esa línea se consolida, la alianza podría derivar en una estructura más equilibrada en términos financieros, pero también más dependiente de la capacidad de los gobiernos europeos para sostener presupuestos altos en un contexto de desaceleración económica, tensiones sociales y prioridades domésticas crecientes. Al mismo tiempo, una OTAN más “europea” podría mejorar la autonomía estratégica del continente, aunque sin eliminar la necesidad del paraguas militar estadounidense en el corto plazo.

Evolución reciente de la relación transatlántica

En los últimos años, la postura de los actores principales se ha modificado de forma notoria. Durante la primera presidencia de Trump, muchos gobiernos europeos respondieron con cautela a sus críticas sobre el gasto en defensa; luego, con la guerra en Ucrania, la alianza recuperó centralidad y varios países aceleraron inversiones militares. Ahora, con el magnate otra vez en el poder, Europa vuelve a una fase de contención diplomática, intentando evitar choques públicos y, al mismo tiempo, preservar la credibilidad de la disuasión atlántica.

En ese marco, la escena de Ankara resume una tensión de fondo: la OTAN sigue funcionando, pero cada vez más obligada a adaptarse a un liderazgo estadounidense errático y a una Europa que ya no puede darse por sentado que Washington sostendrá sin condiciones el esquema de seguridad heredado del siglo XX.