Rosana Monteiro Lima: de Argentina a Cabo Verde, una vida entre plantas, familia y fútbol
Rosana Monteiro Lima reconstruyó su vida en Cabo Verde a partir de una herencia familiar, el amor por las plantas medicinales y un profundo vínculo con la cultura local. Desde Mindelo, combina su trabajo en fitocosmética con una mirada sobre la transformación social que vivió el país, hoy atravesado por la fiebre del fútbol.“En las islas, el mar no separa: conecta”. La frase, atribuida a navegantes y viajeros del Atlántico medio, parece resumir la historia de Rosana Monteiro Lima, una argentina que hace 22 años cambió La Plata y Ensenada por Mindelo, en la isla de San Vicente, para terminar convirtiendo una mudanza casi provisoria en un proyecto de vida.
Son las 7 de la tarde —dos horas más que en Argentina— y Rosana acaba de regresar de su finca, ubicada en una zona desértica pero fértil, a unos 20 minutos de Mamdyara, su negocio de fitocosmética natural en el centro de Mindelo. Apasionada por las plantas medicinales, “como buena argentina”, soñaba con tener un espacio propio para cultivar, montar un nuevo laboratorio y rodearse de naturaleza para compartirla con los clientes. Ese sueño, asegura, terminó guiando su destino.
Rosana vivió en Argentina hasta los 39 años y siempre sintió la presencia caboverdiana en su hogar: su padre era de Cabo Verde y había llegado a la Argentina con 17 años. Nacido en 1932, formó parte de una segunda camada de migrantes que desembarcó en Ensenada, pasó por el puerto de Buenos Aires y luego se asentó en Dock Sud, una de las colectividades más numerosas. Su historia, dice, estuvo atravesada por el esfuerzo y la reinvención.
João “Rómulo” Monteiro Lima salió de Cabo Verde embarcado, hizo escala en Senegal y llegó a la Argentina de polizonte. Pasó muchos años en barcos y, con el tiempo, se profesionalizó como maître en el mundo de las fiestas y el espectáculo. Desplegó una gran capacidad emprendedora: llegó a tener un barco boîte en la Costanera, el Ciudad de Corrientes, y después abrió otros espacios en Buenos Aires y Mar del Plata. Se vinculó al Club Caboverdiano y a la Sociedad de Socorros Mutuos, donde fue uno de los socios fundadores, y más tarde presidió la Asociación Caboverdiana de Ensenada. Conoció a la madre de Rosana cuando ambos tenían 18 años y permanecieron juntos toda la vida.
La herencia que ella dice haber recibido de su padre tiene que ver con la resiliencia, la creatividad y la capacidad de sostenerse sin depender de otros. “Los caboverdianos son luchadores, pero también disfrutan lo que hacen”, resume. Esa lección, asegura, la acompañó cuando decidió cruzar el océano y asentarse en una tierra que ya conocía por la memoria familiar, aunque no por la experiencia propia.
Su regreso a Cabo Verde estuvo marcado por una circunstancia dolorosa: tras la muerte de su madre a los 64 años, y con su padre atravesando un cuadro de depresión, entre los tres hermanos resolvieron que Rosana viajara para acompañarlo. Ella ya había estudiado informática y luego había comenzado Biología en La Plata, tras ingresar al museo. Dos colegas —una botánica y un ecólogo— le hicieron recordar una influencia más antigua: la del abuelo materno, un aborigen guaraní. Así entendió que el trabajo actual con plantas, tinturas y recursos naturales estaba conectado con la infancia y con aquello que había aprendido de sus abuelos a los cinco años.
“Vine para irme de vuelta y, sin embargo, nunca más salí de aquí”, dice. Cuando llegó, Cabo Verde era muy distinto. La independencia de Portugal había sido declarada en 1975 y, a su entender, la vida cotidiana todavía estaba lejos de la imagen actual. “Casi ni había bicicletas”, recuerda. Hoy vive en la isla de San Vicente, que ronda los 83 mil habitantes, pero al aterrizar la impresión fue la de llegar a un territorio remoto, casi suspendido sobre la inmensidad del océano.
La adaptación no fue sencilla. El idioma local, el criollo o creole, le resultó inicialmente ininteligible. Con el tiempo, sin embargo, encontró una sociedad abierta y flexible. “Los caboverdianos son del mundo”, dice, y explica que muchas veces son ellos quienes terminan cambiando al idioma del visitante. Ella, aun así, conserva el español como lengua principal. También debió enfrentarse a un ecosistema profesional casi inexistente para su oficio: hablar de arcilla, tierra curativa o tinturas era algo extraño, no había reguladora de farmacia y tuvo que moverse como pionera para abrirse camino. En una economía que depende en gran medida de lo que llega desde afuera, su propuesta buscó precisamente valorizar lo que existe en el territorio.
En ese contexto, Rosana encontró una palabra clave para describir el espíritu de la isla: morabeza, el modo caboverdiano de recibir y acoger. Para ella, esa hospitalidad también está presente en la cultura argentina. Ambos pueblos, afirma, comparten algo esencial: la capacidad de hacer lugar al otro.
Intensidad mundialista
El fútbol, sin embargo, alteró el pulso de una sociedad que durante años vivió más cerca de la música, el teatro y la vida comunitaria que de la pasión futbolera. Rosana considera que lo que ocurre ahora es una verdadera “revolución del fútbol”. En conversaciones con su marido, Mamadou —músico, de origen senegalés—, solían imaginar el potencial de un país apasionado por ese deporte. Pero en Cabo Verde, dice, esa intensidad no estaba instalada como hoy.
Para ella, el actual entusiasmo por los Tiburones Azules puede funcionar como herramienta de transformación, especialmente para alejar a los jóvenes de situaciones de vulnerabilidad y conductas de riesgo. Su propio hijo Caetano, nacido de su primer matrimonio y hoy radicado en la Argentina, fue parte de los primeros grupos de fútbol cuando era chico y, gracias a la iniciativa de Carlos Alinho, pudo viajar a Portugal y conocer el entorno del Benfica. Después debió ir a la Argentina para seguir la carrera de Educación Física, porque en Cabo Verde no existía estructura suficiente para desarrollar ese camino como entrenador.
La clasificación al Mundial multiplicó el interés popular. Rosana cuenta que, junto con otro de sus hijos, que vive en Canarias, siguieron cada partido con enorme intensidad. La emoción fue tal que terminaron llorando, celebrando y sacando la bandera. “Se nos va a romper el corazón el viernes”, dice sobre la expectativa y la presión que genera la próxima cita. También recuerda cómo, después de los triunfos, la conversación pública cambió de tono: la alegría colectiva se volvió masiva y la selección pasó a ser motivo de orgullo nacional.
Las calles, asegura, se poblaron de gente como nunca. Su hijo más pequeño, Mohamed, empezó incluso a llevar la bandera de Cabo Verde. El país, con una población joven y una mezcla de razas muy marcada por el turismo y por el cruce de migraciones, vive esa explosión deportiva como una confirmación de posibilidades. Rosana señala que, en un primer momento, muchos temían recibir “ocho goles”, pero el equipo terminó mostrando una solidez que sorprendió a propios y extraños.
También observa cambios concretos en la estructura del fútbol local. Menciona la cancha grande Ayrton Sena, donde los jóvenes entrenan en distintos niveles, y al club Mindelense, además del aporte de un director técnico, un masajista de San Vicente, un nutricionista y un chef locales. La idea, explica, fue sumar capacidades desde adentro para sostener un desafío que ya dejó de ser meramente deportivo y pasó a ser identitario.
“Ahora están afilados y empezaron a hablar mal de Messi”
Consultada por el vínculo con Argentina, Rosana admite que el clima cambió. “Ahora ya se ponen un poco afilados”, cuenta, y agrega que algunos comenzaron a criticar a Lionel Messi, incluso con argumentos que ella rechaza. Escucha comentarios sobre supuestos arreglos y también sobre acusaciones de racismo hacia los argentinos. En ese marco, las frases más repetidas son las de confianza extrema: “Ya ganamos, le vamos a ganar a Argentina”.
Aun así, en su mirada, conviene moderar la euforia. Su marido sostiene que la selección argentina conserva ventajas decisivas: experiencia, jerarquía individual y recorrido internacional. Los Tiburones Azules, reconoce, hicieron historia y lograron una participación impresionante, elevando la autoestima de todo un país a partir de la idea de que los sueños pueden cumplirse. Pero también arrastran menos experiencia, menos recambio y una exigencia física fuerte, acentuada por una plantilla reducida. El arquero “Vozinha”, que se volvió célebre, ya tiene 40 años, un dato que refleja tanto la madurez del equipo como el límite de su profundidad.
El deporte más practicado en el archipiélago, según Rosana, sigue siendo el surf y el bodyboard en la isla de Sal, un destino que describe como paradisíaco y donde conviven jóvenes locales con extranjeros que se instalan a vivir cerca de la playa. También destaca el kitesurf y recuerda que en Cabo Verde la música ocupa un lugar central: su hijo de 17 años ya toca la guitarra, y su marido, Mamadou, es músico.
San Vicente, explica, es una isla más cultural dentro de un archipiélago de diez. Allí hay teatro, carnaval y festivales reconocidos en Europa, como Baía das Gatas, por donde pasaron grandes músicos africanos e internacionales. En contraste, Santiago —actual capital y más cercana al continente africano— tiene otro perfil: más exuberancia verde, más mezcla y presencia diplomática. Esa diversidad territorial, para Rosana, ayuda a entender la complejidad del país.
También observa una tendencia histórica que, según dice, atraviesa a buena parte de la población: la idea de irse. Cabo Verde, afirma, es un país de emigrantes. Muchos parten jóvenes, trabajan durante años en el exterior y luego regresan con dinero para construir casas grandes, incluso mansiones. Ese patrón migratorio, muy extendido hacia lugares como Luxemburgo y Holanda, convive con una identidad marcada por el esfuerzo y la adaptación. En ese punto, Rosana encuentra un puente con la experiencia argentina: la capacidad de acomodarse donde sea.
Análisis y proyecciones
El caso de Rosana sintetiza dos transformaciones de fondo: la de una migración personal que se convirtió en pertenencia y la de un país que pasó del relativo anonimato futbolero a una visibilidad inédita. En términos sociales, el boom de la selección puede reforzar autoestima nacional, aumentar la práctica deportiva y generar nuevas aspiraciones entre los jóvenes, especialmente si se traduce en infraestructura, formación técnica y programas de base. La experiencia internacional muestra que los éxitos deportivos suelen actuar como catalizadores simbólicos, pero su impacto sostenido depende de políticas públicas y continuidad institucional.
En Cabo Verde, donde el Estado mantiene una cercanía inusual con emprendedores y ciudadanos, Rosana subraya otro rasgo singular: la posibilidad de hablar con el presidente en un café o sentarse a la mesa con el primer ministro. Para ella, esa proximidad política, sumada a la ausencia de inflación y al hecho de que todo lo que trabaja se capitaliza en crecimiento, explica por qué pudo quedarse. “Vine con 39, 40, ahora voy a cumplir 62 este año, pero espiritualmente me siento de 20”, dice. Y en esa frase final condensa la mezcla de memoria, adaptación y futuro que sostiene su vida en Mindelo.
Evolución del tema
En los últimos años, la mirada sobre Cabo Verde cambió de manera notable: de ser percibido como un pequeño archipiélago de emigración, música y turismo, pasó a instalarse también como una selección que puede competir con dignidad en el escenario internacional. Rosana cuenta ese cambio desde adentro. Cuando llegó, casi no había bicicletas y el fútbol tenía escaso peso social; hoy, en cambio, la clasificación y el rendimiento del equipo despertaron un entusiasmo transversal. La postura de los actores principales también mutó: la población, antes distante, se volvió protagonista; los jóvenes encontraron una referencia; y la selección, antes una promesa, pasó a ser un símbolo nacional. Ese viraje, concluye, no solo habla de deporte: habla de identidad, pertenencia y oportunidades.























