Cuando el poder descubre que la política siempre termina cobrando la cuenta
Existe una paradoja que se repite una y otra vez en la historia. Los dirigentes que llegan al poder prometiendo terminar con "la vieja política" suelen descubrir que gobernar exige precisamente hacer política. Y cuanto mayor es la ambición de transformar un país, mayor termina siendo la necesidad de negociar, construir alianzas y administrar intereses.
Javier Milei parece estar atravesando ese momento.
Durante la campaña electoral, la confrontación con "la casta" fue mucho más que un eslogan. Fue el eje identitario de un proyecto que proponía reemplazar las prácticas tradicionales por un liderazgo apoyado casi exclusivamente en la legitimidad del voto popular y en un programa económico de fuerte impronta ideológica.
Dos años y medio después, el escenario es diferente.
La designación de Diego Santilli como jefe de Gabinete, la creciente interlocución con gobernadores de distintos signos políticos y las conversaciones para construir acuerdos electorales muestran que el oficialismo comenzó a recorrer un camino que tantas veces criticó.
No necesariamente porque haya abandonado sus ideas.
Simplemente porque descubrió que una cosa es ganar una elección y otra muy distinta es gobernar un país federal, con un Congreso fragmentado, provincias que administran buena parte del gasto público y una oposición que conserva capacidad para bloquear iniciativas estratégicas.
La política tiene una característica que suele incomodar a quienes llegan con vocación refundacional: rara vez acepta soluciones puras.
Cada reforma necesita votos.
Cada ley requiere acuerdos.
Cada presupuesto demanda negociaciones.
Cada gobernador representa intereses que no desaparecen por decreto.
Y cada elección obliga a construir mayorías más amplias que el propio núcleo de apoyo.
En ese contexto comienza a entenderse el nuevo protagonismo de Santilli.
Su incorporación al centro del poder no parece responder únicamente a una reorganización administrativa. Representa la incorporación de un dirigente formado en la lógica del acuerdo, conocedor del funcionamiento parlamentario y con vínculos consolidados en el mundo de los gobernadores.
Es, en términos políticos, una admisión de que la gestión necesita operadores además de economistas.
La otra gran transformación aparece en el terreno electoral.
Todo indica que el oficialismo ya no piensa únicamente en ganar las próximas elecciones. Piensa en construir las condiciones para una reelección presidencial.
Y eso cambia completamente la lógica de las decisiones.
Las reformas institucionales, las conversaciones con mandatarios provinciales, la discusión sobre las reglas electorales y la búsqueda de nuevos socios políticos responden a un mismo objetivo estratégico: ampliar la base de sustentación del proyecto libertario sin perder su identidad.
Es un desafío complejo.
Porque cuanto más amplio se vuelve un espacio político, mayor es el riesgo de que aparezcan tensiones internas.
La historia argentina ofrece numerosos ejemplos de coaliciones exitosas para ganar elecciones que luego encontraron enormes dificultades para gobernar debido a sus diferencias internas.
Al mismo tiempo, la oposición atraviesa un proceso de redefinición igual de profundo.
El peronismo continúa buscando un liderazgo capaz de ordenar sus distintas corrientes mientras conviven proyectos, estrategias y diagnósticos económicos cada vez más diferentes.
El kirchnerismo mantiene un núcleo duro de respaldo político, pero enfrenta el desafío de ampliar su capacidad de representación en un escenario social distinto al de hace una década.
Axel Kicillof intenta construir un perfil propio sin romper definitivamente con Cristina Kirchner.
Sergio Massa observa.
Los gobernadores peronistas priorizan la administración de sus provincias.
Y un sector del justicialismo comienza a discutir la necesidad de una renovación que todavía carece de liderazgo definido.
En paralelo, el PRO también enfrenta una redefinición existencial.
La incorporación de dirigentes históricos al Gobierno libertario y el acercamiento entre sectores del macrismo y la Casa Rosada vuelven cada vez más difusa la frontera entre ambos espacios.
La pregunta deja de ser quién absorbió a quién.
La verdadera incógnita consiste en saber si terminarán conformando una nueva coalición estable o si las diferencias volverán a emerger cuando aparezcan las disputas por el liderazgo.
Porque la política tiene otra regla inalterable: las alianzas construidas alrededor del poder suelen mantenerse mientras el poder permanece intacto.
Cuando aparecen las dificultades, los socios comienzan a recordar sus diferencias.
Nada garantiza que el nuevo esquema oficialista sea exitoso.
Tampoco que la oposición logre reorganizarse.
Lo único que parece claro es que el sistema político argentino está ingresando en una etapa distinta.
La discusión ya no gira alrededor de quién representa a "la casta" y quién no.
Ahora el debate pasa por quién logra construir una mayoría suficiente para gobernar durante los próximos años.
Y allí aparece la principal enseñanza de esta etapa.
La política puede ser criticada, cuestionada e incluso desprestigiada.
Pero sigue siendo el único mecanismo conocido para transformar votos en poder, poder en leyes y leyes en gobierno.
Todos los presidentes, tarde o temprano, terminan descubriéndolo.
Algunos lo aceptan desde el primer día.
Otros tardan más.
Pero ninguno consigue escapar a esa regla.























