Trump, la tarjeta roja y el peligro de una democracia sin árbitros

Hay imágenes que, por pequeñas que parezcan, terminan revelando mucho más que un discurso político. Ver al presidente de Estados Unidos intervenir públicamente para cuestionar una decisión arbitral en pleno Mundial y lograr que la FIFA revisara una sanción que parecía definitiva no constituye simplemente una anécdota deportiva. Es, sobre todo, una metáfora del tiempo político que atraviesan muchas democracias.

La discusión dejó rápidamente de ser futbolística. Nadie debatía si la tarjeta roja había sido correcta o no. La verdadera pregunta pasó a ser otra: ¿qué ocurre cuando un líder político cree que ninguna decisión puede quedar fuera de su influencia?

Donald Trump ha construido buena parte de su liderazgo sobre esa lógica. Durante años desafió tribunales, organismos federales, medios de comunicación, agencias independientes, universidades, organismos internacionales y hasta sus propios funcionarios cuando estos intentaban poner límites a sus decisiones. Su capital político se alimenta precisamente de la confrontación permanente con cualquier institución que pretenda ejercer un control sobre el poder presidencial.

La controversia con la FIFA aparece como un capítulo más de ese proceso.

El fútbol posee una característica singular: una vez que el árbitro expulsa a un jugador, la autoridad queda, en principio, cerrada. El reglamento es el que preserva la legitimidad de la competencia. Cuando esa frontera comienza a desdibujarse por presiones externas, el problema deja de ser deportivo. Lo que se resiente es la confianza en las reglas.

Y eso mismo ocurre en una democracia.

Los sistemas republicanos no fueron diseñados para producir gobiernos perfectos. Fueron creados para impedir que alguien concentre demasiado poder durante demasiado tiempo. Por eso existen tribunales independientes, congresos, organismos de control, prensa libre y elecciones competitivas.

Cuando alguno de esos mecanismos deja de funcionar, el problema no aparece de inmediato. El deterioro suele ser gradual.

No hace falta cerrar un Congreso ni suspender elecciones para debilitar una democracia. Muchas veces alcanza con desacreditar sistemáticamente a los jueces, presentar a los medios como enemigos del pueblo, transformar a los organismos técnicos en extensiones del poder político o instalar la idea de que toda decisión institucional resulta válida únicamente cuando favorece al gobierno.

La historia demuestra que los sistemas democráticos rara vez colapsan de un día para otro. Generalmente se erosionan mediante pequeñas excepciones que terminan convirtiéndose en costumbre.

Por eso el episodio de la FIFA produjo tanta repercusión internacional.

No se discutía únicamente una expulsión. Se discutía si una organización deportiva global podía resistir la presión del hombre más poderoso del planeta.

El interrogante es aún más profundo cuando se traslada al terreno político.

¿Quién controla a un presidente que concentra un enorme respaldo popular? ¿Hasta dónde llegan las facultades del Poder Ejecutivo? ¿Qué ocurre cuando los contrapesos institucionales empiezan a debilitarse al mismo tiempo?

Estados Unidos posee instituciones centenarias que han demostrado una enorme capacidad de resistencia. La Corte Suprema, el Congreso, los gobiernos estatales y el sistema federal siguen funcionando como límites efectivos en numerosos casos. Sin embargo, la creciente polarización política también tensiona esos mecanismos y alimenta la percepción de que cada decisión institucional responde más a intereses partidarios que a principios jurídicos.

Ese desgaste resulta peligroso porque la confianza pública es uno de los pilares invisibles de toda democracia. Cuando los ciudadanos dejan de creer en la imparcialidad de las instituciones, cualquier resultado electoral, fallo judicial o decisión administrativa pasa a ser sospechoso.

Y recuperar esa confianza suele llevar décadas.

El verdadero desafío no consiste únicamente en determinar hasta dónde puede llegar Trump. La cuestión de fondo es cuánto resisten las instituciones cuando son sometidas a una presión permanente.

Las democracias no necesitan líderes infalibles. Necesitan reglas que sean respetadas incluso por quienes gobiernan.

Porque el día en que un presidente pueda modificar cualquier decisión simplemente porque no le gusta, la tarjeta roja dejará de existir. Y cuando desaparecen los árbitros, ya no hay partido. Solo queda el poder.