La Argentina vuelve a girar sobre el eje de la polarización

Hay una constante que atraviesa la historia política argentina y que parece resistir el paso del tiempo, los cambios de liderazgo e incluso las crisis económicas más profundas: la polarización. Cambian los nombres, cambian las consignas y cambian los protagonistas, pero el mecanismo sigue siendo el mismo. La política encuentra en la confrontación permanente una herramienta más eficaz para conservar apoyos que para construir consensos.

Hoy ese fenómeno vuelve a ocupar el centro de la escena.

La administración de Javier Milei ha logrado consolidar un núcleo de respaldo que, en buena medida, interpreta cada cuestionamiento al Gobierno como un intento de restaurar el pasado reciente. La posibilidad de un regreso del kirchnerismo se convirtió en uno de los argumentos más poderosos para mantener cohesionada a una parte importante del electorado oficialista, incluso frente a decisiones que, en otras circunstancias, generarían mayores cuestionamientos.

No se trata solamente de adhesión política.

También opera el temor.

El recuerdo de la inflación descontrolada, del deterioro económico y de la pérdida de confianza institucional durante los últimos años del gobierno peronista sigue teniendo un fuerte peso en amplios sectores de la sociedad. Ese recuerdo funciona como un límite para la crítica y como un incentivo para tolerar errores, postergar reclamos o aceptar costos presentes con la expectativa de evitar un retroceso.

La lógica no es nueva.

Durante años el kirchnerismo también encontró en la confrontación con sus adversarios un mecanismo eficaz para fortalecer su identidad política y mantener movilizada a su base electoral.

La polarización alimenta a ambos extremos.

Mientras uno advierte sobre el regreso del populismo, el otro denuncia el avance de un modelo de ajuste permanente.

En ese escenario, las posiciones intermedias encuentran cada vez menos espacio.

Un oficialismo fortalecido por la ausencia de una alternativa

La principal fortaleza política del Gobierno no parece residir únicamente en sus propios aciertos.

También encuentra respaldo en las dificultades que exhibe la oposición para construir un proyecto competitivo.

El peronismo continúa atravesado por una disputa de liderazgo que todavía no encuentra una síntesis clara.

La influencia política de Cristina Kirchner sigue siendo determinante dentro de su espacio, mientras Axel Kicillof intenta consolidar un perfil propio sin romper definitivamente con el liderazgo histórico del kirchnerismo.

Ese equilibrio resulta complejo.

Alejarse demasiado puede significar perder el respaldo de una parte importante del electorado peronista.

Permanecer demasiado cerca también implica cargar con un elevado nivel de rechazo que dificulta la construcción de una mayoría nacional.

Esa contradicción explica buena parte de la incertidumbre que atraviesa hoy al principal espacio opositor.

El centro político vuelve a desaparecer

Uno de los efectos más visibles de esta dinámica es el progresivo debilitamiento del espacio moderado.

La experiencia reciente demuestra que los sectores que intentaron ubicarse entre los dos polos terminaron perdiendo protagonismo o absorbidos por alguno de ellos.

El PRO enfrenta hoy ese desafío.

Después de haber sido durante años la principal alternativa al kirchnerismo, observa cómo una parte importante de su electorado migra hacia La Libertad Avanza, mientras sus dirigentes buscan redefinir cuál será su lugar dentro del nuevo mapa político.

La incorporación de figuras provenientes del macrismo al Gobierno profundiza ese proceso y reduce todavía más las posibilidades de construir una tercera opción competitiva.

El riesgo de una democracia cada vez más binaria

La polarización ofrece ventajas electorales.

Simplifica los mensajes.

Moviliza emocionalmente al electorado.

Reduce los matices.

Pero también tiene costos.

Cuando toda discusión pública se plantea como una elección entre dos extremos, los problemas estructurales quedan muchas veces subordinados a la lógica del enfrentamiento permanente.

La calidad institucional, la educación, la productividad, la inversión o la pobreza dejan de ser temas de debate para convertirse en herramientas de disputa política.

La consecuencia es una sociedad que discute cada vez más sobre identidades y cada vez menos sobre políticas públicas.

2027 ya empezó

Aunque todavía faltan más de un año para el inicio formal de la próxima campaña presidencial, buena parte de las decisiones que hoy adoptan oficialismo y oposición ya responden a ese horizonte.

El Gobierno procura ampliar su base política sin resignar identidad.

El peronismo intenta resolver su liderazgo sin fracturarse.

Los gobernadores buscan preservar autonomía.

Y los partidos tradicionales intentan evitar quedar definitivamente absorbidos por una nueva configuración del poder.

Mientras tanto, la sociedad continúa observando una escena conocida.

Dos grandes polos organizan el debate político y convierten cada discusión en una disputa existencial.

Quizás esa sea la mayor fortaleza electoral de los principales actores.

Pero también constituye una de las mayores debilidades de la democracia argentina.

Porque cuando la política necesita permanentemente de un enemigo para justificar sus propias decisiones, el diálogo deja de ser una herramienta de construcción y pasa a convertirse en una señal de debilidad.

La historia reciente demuestra que la polarización puede servir para ganar elecciones.

Lo que todavía no ha demostrado es que alcance para resolver los problemas de fondo que la Argentina arrastra desde hace décadas.

Ese sigue siendo el desafío pendiente.