Milei y la argentinización del poder
La política argentina tiene una particularidad fascinante: puede cambiar de nombres, de colores, de slogans y hasta de enemigos, pero en el fondo conserva mecanismos que se repiten con una constancia casi matemática.
Cambian los actores.
La obra, en esencia, sigue siendo parecida.
Por eso quizás la pregunta más interesante de este tiempo no sea si el gobierno de Javier Milei sigue siendo libertario, si se volvió pragmático o si está mutando hacia otra cosa.
La verdadera pregunta es otra.
¿Cuánto tardó Milei en empezar a parecerse a la política que prometía destruir?
La respuesta, a esta altura, parece bastante clara.
Muy poco.
Cuando Milei irrumpió en la escena nacional, lo hizo vendiendo una ruptura total con el sistema. Venía a dinamitar privilegios, destruir castas, barrer con intermediarios y terminar con décadas de decadencia política.
Ese discurso conectó con una sociedad cansada.
Funcionó porque expresaba bronca real.
Pero gobernar y hacer campaña son deportes distintos.
La realidad, tarde o temprano, siempre cobra.
Y Argentina tiene una característica que devora rápidamente a cualquier outsider: obliga a negociar con las estructuras preexistentes.
Ahí aparece la primera gran paradoja.
El Presidente que llegó prometiendo combatir a la casta terminó apoyándose cada vez más en dirigentes formados dentro de la lógica tradicional del poder.
La llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete no es un movimiento administrativo menor.
Es una señal política de enorme profundidad.
Marca el ingreso formal del pragmatismo al corazón del mileísmo.
O dicho de otro modo: la motosierra empieza a convivir con la rosca.
Y en Argentina, la rosca siempre pesa.
Mucho.
El nuevo esquema de poder muestra algo muy interesante. Karina Milei mantiene control político interno. Santiago Caputo conserva centralidad en estrategia y comunicación. Santilli aporta gestión, articulación y vínculo con la política territorial.
El triángulo parece más equilibrado.
También más tradicional.
Menos disruptivo.
Más argentino.
Eso no necesariamente es malo.
De hecho, puede ser una señal de maduración política.
Porque una cosa es ganar una elección con épica antisistema.
Otra muy distinta es sostener gobernabilidad en un país estructuralmente inestable.
El problema aparece cuando el relato y la realidad empiezan a alejarse demasiado.
Ahí nacen las contradicciones.
Milei todavía sostiene una narrativa de confrontación total. Sigue hablando como un líder insurgente.
Pero ya gobierna como alguien que empieza a comprender las reglas reales del poder.
Negocia.
Concede.
Reordena.
Recluta cuadros tradicionales.
Administra tensiones internas.
Todo eso suena mucho menos revolucionario y bastante más clásico.
Más argentino.
Tal vez ahí aparece una verdad incómoda.
En Argentina no siempre sobrevive el que más grita.
Sobrevive el que mejor administra poder.
Y administrar poder implica algo que los puristas suelen detestar: pragmatismo.
Los gobiernos que no entienden eso chocan rápido.
Los que lo entienden suelen durar más.
Ahora bien, esta transición abre un interrogante clave.
¿Cómo impacta esto sobre la identidad política de Milei?
Porque gran parte de su capital electoral nació de ser distinto.
De parecer un cuerpo extraño al sistema.
Si ese diferencial se diluye, también podría diluirse parte de su fortaleza simbólica.
Ahí está el desafío.
Necesita institucionalizar poder sin perder identidad.
Necesita construir gobernabilidad sin parecer domesticado.
Necesita parecer pragmático sin transmitir claudicación.
No es sencillo.
Muchos antes fracasaron en ese equilibrio.
Por eso 2026 y 2027 serán años decisivos.
Si la economía consolida recuperación, baja la inflación y mejora el humor social, el giro pragmático será leído como inteligencia política.
Si la economía tropieza, en cambio, la narrativa antisistema podría empezar a erosionarse.
Porque en política el pragmatismo exitoso se llama liderazgo.
El pragmatismo fallido se llama casta.
La diferencia entre ambos depende casi siempre de los resultados.
Mientras tanto, la política argentina sigue mostrando su rasgo más persistente.
Puede mutar de formas infinitas.
Puede vestirse de liberal, peronista, radical, macrista o libertaria.
Pero conserva una lógica profunda que parece resistir cualquier revolución.
Tal vez esa sea la verdadera constante del poder argentino.
Todos llegan prometiendo cambiar el sistema.
Con el tiempo, el sistema también cambia.
Pero casi siempre logra algo más importante.
Termina cambiándolos a ellos.























