Ni yanquis ni marxistas… ¡Trumpistas!
Estrellas y franjas para siempre. Viva la libertad, carajo.
Por Jagua Arandú | Identidad Correntina
El Jagua Arandú está sentado frente al monitor de su notebook. Afuera, el frío correntino aprieta. Sobre la mesa hay torta frita recién hecha y un mate que ya pide otra cebada.
Hace un rato venía siguiendo datos climáticos sobre la corriente de El Niño, preocupado por las lluvias, las sequías y lo que eso significa para el campo, para los ríos y para la vida misma en esta bendita tierra guaraní.
Pero de golpe levanta la vista.
Y entiende algo.
Hay asuntos mucho más grandes que se están moviendo arriba del tablero mundial.
Y casi nadie en Argentina está mirando.
Mientras acá seguimos atrapados en la pelea chica, en la grieta de siempre, en la discusión berreta entre kirchneristas y antikirchneristas, el mundo está cambiando a una velocidad brutal.
Ya no estamos en el mundo de hace veinte años.
Ni siquiera en el de hace cinco.
Estamos entrando en una nueva etapa.
Y el dato central es que Estados Unidos ya no piensa como potencia unipolar dominante, como lo hizo durante las últimas décadas. Washington entiende que el tablero cambió.
China disputa poder económico, tecnológico y militar.
Russia mantiene capacidad nuclear y peso geopolítico.
El Ártico se militariza.
El Atlántico Sur vuelve a adquirir valor estratégico.
Los recursos naturales ya no son solo riqueza.
Son poder.
En ese contexto aparece con claridad la figura de Donald Trump, y también la sintonía política que construyó con Javier Milei.
Muchos analizan esta relación desde la ideología.
El Jagua cree que eso es mirar poco.
Esto no se trata solamente de derecha o izquierda.
Se trata de poder.
Se trata de intereses.
Se trata de geopolítica pura.
Trump parece haber entendido algo clave: para sostener la primacía norteamericana necesita asegurar zonas estratégicas del planeta.
Y ahí entra América Latina.
Y ahí entra Argentina.
No por simpatía.
No por amistad.
Por interés.
La pregunta entonces es brutalmente simple.
¿Qué tiene Argentina que hoy le interesa tanto a Estados Unidos?
La respuesta es corta.
Todo.
La Patagonia.
El agua dulce.
El gas.
El petróleo.
El litio.
Las tierras raras.
La pesca.
El Atlántico Sur.
La proyección antártica.
El Acuífero Guaraní.
Todo.
La Patagonia, especialmente, es una joya estratégica mundial.
Baja densidad poblacional.
Reservas gigantes de agua.
Clima frío.
Territorio vasto.
Salida bioceánica.
Proximidad a la Antártida.
A eso se suman puntos neurálgicos del mapa global: el Estrecho de Magallanes y el Pasaje de Drake.
Y también la disputa por la milla 201.
Y las Islas Malvinas.
Malvinas no es solo memoria ni sentimiento patriótico.
También es petróleo.
Pesca.
Logística militar.
Control del Atlántico Sur.
Eso explica muchas cosas.
Por eso tampoco resultan casuales los recientes movimientos entre Argentina y Estados Unidos.
Reuniones políticas.
Acuerdos de defensa.
Compra de drones.
Cooperación en inteligencia artificial.
Integración tecnológica.
El nuevo poder no se mide solamente en tanques o portaaviones.
Se mide en datos.
Drones.
Sensores.
IA.
Capacidad predictiva.
Software militar.
Por eso nombres como Palantir y Peter Thiel son centrales para entender el nuevo escenario.
La guerra del futuro ya empezó.
Y es tecnológica.
Ahora bien.
El Jagua también sabe otra cosa.
Argentina llega a esta mesa desde una posición débil.
Muy débil.
Estados Unidos es la mayor potencia militar del planeta.
Argentina tiene fuerzas armadas con capacidades limitadas y presupuestos escasos.
Esa es la realidad.
Negarla sería infantil.
Entonces la discusión seria no pasa por discursos vacíos sobre soberanía abstracta.
La discusión real es otra.
¿Cómo negociamos?
¿Cómo hacemos el mejor acuerdo posible?
Porque seamos sinceros.
Las alternativas son pocas.
O entendemos el mundo tal cual es.
O nos pasan por arriba.
Así de simple.
Pero dentro de esa realidad hay una oportunidad gigantesca.
Tal vez histórica.
Tal vez irrepetible.
Si Argentina negocia bien, puede exigir transferencia tecnológica.
Puede exigir inversión real.
Puede exigir desarrollo industrial.
Puede exigir infraestructura.
Puede fortalecer defensa, logística y soberanía.
Ese debería ser el objetivo.
No romantizar.
No resistir por reflejo ideológico.
Pensar estratégicamente.
El mundo cambió.
Y seguirá cambiando.
El que no lo entienda, queda afuera.
El Jagua termina la última torta frita. Mira otra vez la pantalla. Afuera sigue el invierno correntino.
Da un sorbo al mate.
Y piensa en silencio.
Tal vez la pregunta ya no sea si Argentina debe elegir.
Tal vez la pregunta verdadera sea si estamos preparados para negociar el futuro.
Porque el tren de la historia ya está pasando.
Y esta vez, Corrientes también lo está mirando.























