Salud mental juvenil: la pandemia dejó una huella profunda

La OMS advierte que más de mil millones de personas viven con trastornos mentales, y los adolescentes son uno de los grupos más golpeados. Especialistas alertan que la pandemia, el aislamiento y la incertidumbre económica profundizaron el problema.

En 1990, la carga de los trastornos mentales ya era motivo de alarma para los sistemas de salud; hoy, la Organización Mundial de la Salud advierte que el problema ha adquirido una escala sin precedentes: más de mil millones de personas en el mundo viven con alguna afección de este tipo.

La crisis global de la salud mental alcanzó cifras nunca antes vistas. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de mil millones de personas en todo el planeta sufren trastornos mentales.

El impacto se siente con especial fuerza entre los jóvenes. Uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años padece algún tipo de trastorno psíquico, lo que equivale al 15% de la carga global de enfermedad en ese grupo. Entre las principales causas se encuentran la depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento, mientras que el suicidio aparece como la tercera causa de muerte entre personas de 15 a 29 años.

La exdirectora de la Facultad de Psicología de la UNAM, María Elena Medina-Mora, señaló que la pandemia de Covid-19 agravó estos problemas, aunque también abrió una conversación social que antes era más difícil de sostener. En el caso de las personas de 13 a 23 años, el confinamiento coincidió con una etapa decisiva para construir identidad y vínculos interpersonales, por lo que sus efectos fueron particularmente profundos.

El regreso a las clases presenciales, en todos los niveles educativos, puso en evidencia la falta de experiencia en la interacción cara a cara. A ello se suman factores como la violencia doméstica, la incertidumbre económica y la sensación de desesperanza, elementos que impactaron con fuerza en una generación que atravesó su adolescencia en plena emergencia sanitaria.

Impacto del confinamiento y la violencia intrafamiliar en jóvenes

Durante el encierro, los adolescentes perdieron el contacto cotidiano con sus amistades, una ausencia especialmente sensible en una etapa marcada por la búsqueda de pertenencia y contención emocional.

La académica explicó que, al ingresar al bachillerato, los jóvenes atravesaban la llamada “poda neuronal”, una fase en la que el cerebro depura conexiones y se vuelve más vulnerable a los estímulos emocionales. La falta de convivencia presencial y el aumento de tensiones en el hogar generaron, según indicó, un contexto poco favorable para el desarrollo psicológico.

Además, todo esto coincidió con la edad en la que suelen aparecer muchas enfermedades mentales: los 15 años. De acuerdo con la evidencia mencionada, entre los estudiantes de bachillerato de la UNAM en el ciclo 2023-2024 los casos de depresión y ansiedad prácticamente se duplicaron. A esto se suma el mayor uso de pantallas y redes sociales, donde la información inexacta y la sobreexposición pueden intensificar la sensación de aislamiento.

Medina-Mora sostuvo que la pandemia provocó un incremento estimado de entre 20 y 30 % en los trastornos mentales, una cifra que refleja el peso del encierro y la inestabilidad social sobre la salud emocional de los menores. También remarcó que la inestabilidad económica se convirtió en un factor de preocupación: muchos estudiantes temían que sus padres no pudieran sostener su estadía en la Ciudad de México, lo que agregó una carga de ansiedad e incertidumbre sobre su futuro académico.

Retos para la salud mental juvenil

La especialista subrayó la necesidad de detectar y atender a tiempo los primeros signos de malestar psicológico. Para ello, consideró clave que docentes y familias reciban formación para reconocer señales como el aislamiento, el bajo rendimiento escolar o los cambios en el comportamiento. En ese marco, advirtió que los varones pueden volverse más agresivos, mientras que en las mujeres suele observarse mayor sensibilidad.

En el plano escolar, propuso innovar las estrategias de enseñanza, aprovechando la educación digital y promoviendo clases más dinámicas. Dado que la atención de los estudiantes suele disminuir después de veinte minutos, planteó la incorporación de tecnología y actividades al aire libre para mejorar el bienestar. También señaló que, en países en desarrollo, el uso de videojuegos como simple entretenimiento puede favorecer el aislamiento y la ansiedad, además de dificultar la concentración en clase.

Según la especialista, el 51 % de quienes desarrollarán alguna enfermedad mental ya presentó síntomas en la adolescencia o al inicio de la adultez. Por eso, promover la convivencia, la interacción social y el apoyo emocional puede resultar decisivo para reducir la deserción escolar y fortalecer el bienestar integral de los jóvenes.

Análisis y proyecciones

El cuadro descrito confirma una tendencia observada desde hace años: la salud mental dejó de ser un tema periférico para convertirse en uno de los principales desafíos de salud pública. La pandemia actuó como acelerador, pero también visibilizó carencias previas en prevención, diagnóstico temprano y acceso a atención especializada. Si no se refuerzan los dispositivos de apoyo en escuelas, familias y servicios sanitarios, es esperable que el costo social se exprese en más abandono escolar, más dificultades de convivencia y una mayor demanda de tratamiento en la adultez.

Evolución reciente del problema

En los últimos años, la discusión pública pasó de centrarse casi exclusivamente en los casos más severos a incluir el malestar cotidiano, el estrés, la ansiedad y el impacto del aislamiento social. También cambió el rol de las instituciones: antes predominaba una respuesta reactiva, mientras que ahora gana espacio la idea de intervenir de manera preventiva en entornos educativos. La creciente presencia de pantallas y redes sociales, junto con la presión académica y económica, consolidó un escenario en el que la detección temprana y el acompañamiento emocional resultan cada vez más urgentes.