Nocturnos en Arthaus: Kuitca, Szeinblum y Pinkler dialogan con la noche
La obra Tres noches, de Guillermo Kuitca, se exhibe por primera vez en el país dentro de una performance que cruza pintura, música y danza. En Arthaus, Diana Szeinblum e Ismael Pinkler activan una experiencia nocturna con clima de ensueño y contemplación.“La noche no es un espacio, sino un tiempo del alma”, escribió Gaston Bachelard, y esa idea parece atravesar Nocturnos, la propuesta presentada en Arthaus, a pocas cuadras de la Plaza de Mayo. Allí, la luna llena todavía visible a la tarde sirvió como antesala de una experiencia artística que puso en escena, desde distintos lenguajes, la extrañeza de lo nocturno.
Dentro de una sala oscura, vestida de negro de paredes a piso, se activó Tres noches (1986), de Guillermo Kuitca, expuesta por primera vez en el país y ya muy reconocible dentro de la serie de aquellos años del artista. La obra fue presentada como parte de una performance en la que la coreógrafa Diana Szeinblum se encargó de “bailar” la pintura, mientras Nicolás Bacal acompañaba al piano y Ismael Pinkler ocupaba el centro del espacio con una antena electrónica, entre almohadones sobre los que el público se acomodaba.
El resultado fue una escena de contemplación suspendida, con una atmósfera que invitaba a bajar la frecuencia: alternar atención y duermevela, quietud y desplazamiento, como si la obra se desplegara en fases, de menguante a creciente. La pintura parecía dialogar con los cuerpos y con la música, y el público quedaba incluido en ese clima de aparición lenta, casi hipnótica.
Los Nocturnos de Pinkler se inscriben en una tradición amplia y prestigiosa. Desde Chopin hasta Fauré, pasando por Satie, el nocturno ha sido entendido menos como una forma cerrada que como un estado emocional: una escritura asociada a la intimidad, la melancolía y la suspensión del tiempo. En ese linaje, la obra de Pinkler retoma una sensibilidad clásica, pero la lleva al presente mediante procedimientos electrónicos trasladados al piano, en un cruce entre escucha experimental y herencia romántica.
En ese marco, Bacal y Szeinblum actuaron frente a una escena que parecía no haber concluido para las figuras que habitan el óleo. Sus gestos no buscaron ilustrar la pintura sino responderle, escucharla, rodearla. La sensación fue la de una invocación sin médium explícita, aunque con una presencia que flotaba en el aire y remitía, por momentos, a la huella de Pina Bausch, por la densidad poética del movimiento y la relación entre cuerpo y atmósfera.
Análisis y proyecciones: este tipo de cruces entre artes visuales, danza y música se ha vuelto cada vez más relevante en la escena contemporánea porque desplaza la obra de su condición estática y la convierte en experiencia. En ese sentido, Nocturnos dialoga con una tendencia de las últimas décadas: la de pensar la exhibición como activación y no solo como contemplación. Si estas propuestas prosperan, es probable que sigan expandiéndose los formatos híbridos en museos, centros culturales y espacios independientes, especialmente en proyectos donde la obra visual funciona como núcleo para nuevas lecturas performáticas. También refuerzan la idea de que el público ya no asiste solo a mirar, sino a habitar temporalmente una situación estética compartida.
Evolución reciente del tema: en los últimos años, la escena artística local e internacional mostró una mayor apertura a las obras que se completan en la interacción con otros lenguajes. Lo que antes podía leerse como una excepción ahora forma parte de una lógica más extendida: exposiciones que incorporan música en vivo, danza o dispositivos sonoros como extensión del trabajo plástico. En el caso de Kuitca, cuya obra dialoga desde hace tiempo con la arquitectura, la cartografía y la teatralidad del espacio, esta presentación reafirma la vigencia de una producción que sigue habilitando lecturas nuevas. En paralelo, artistas como Szeinblum y Pinkler consolidan una búsqueda donde el cuerpo, el sonido y la imagen se potencian mutuamente, sin subordinarse unos a otros.
Así, la noche —todavía no marcada por el reloj, pero ya instalada como clima— terminó siendo de todos los presentes. Afuera, la luna; adentro, la pintura, el piano, la electrónica y la danza. Un mismo estado de ánimo, repartido entre distintas formas de aparición.






















