Patagonia rural: el plan que busca repoblar la estepa santacruceña con producción, ciencia y arraigo
Un grupo de productores y referentes patagónicos lanzó una fundación con una meta ambiciosa: volver a poblar la estepa santacruceña con familias, trabajo y nuevas actividades económicas. El proyecto combina tradición ganadera, innovación y conservación.
“La Patagonia todavía está a tiempo de no cometer ese error”, advierten los impulsores de una iniciativa que busca revertir uno de los procesos más persistentes del interior argentino: el vaciamiento del campo. En Santa Cruz, donde las distancias, el clima y la concentración urbana fueron empujando a miles de familias fuera de las estancias, un grupo de productores, pobladores y amantes de la región decidió organizarse para intentar dar vuelta la tendencia.
EL CALAFATE, Santa Cruz.- Rafael Martínez de Sanzo pertenece a esa clase de personas que vuelven a un lugar y, en vez de irse del todo, deciden hacer algo para que otros también puedan quedarse. Abogado porteño, cruzó durante décadas entre Buenos Aires y la Patagonia hasta terminar involucrado de lleno en un proyecto que apunta a enfrentar el despoblamiento rural con una propuesta productiva y social de largo plazo.
Junto a otros referentes impulsó la Fundación Patagonia Rural Sustentable (FPRS), creada con una premisa central: demostrar que la producción, la conservación, la ciencia y el desarrollo social pueden complementarse. Su objetivo es reinstalar al menos 150 familias rurales en tres años, crear nodos productivos y diversificar la economía mediante ganadería regenerativa, fibras naturales, turismo, alimentos con identidad, energías renovables y economía del conocimiento.
Martínez de Sanzo recuerda que llegó por primera vez a la estepa santacruceña hace más de treinta años. La inmensidad del paisaje, el viento y el silencio terminaron de marcarlo. “Me enamoré de esa inmensidad”, resume. Con su hermano compró dos campos sobre la ruta 37 —El Delfín y Sierra Andía—, una traza de ripio sinuoso y difícil que conecta la ruta nacional 40 con la cordillera, en el noroeste de Santa Cruz.
Con el paso del tiempo, fue testigo de primera mano del avance del despoblamiento y también de la persistencia de quienes continúan trabajando la tierra en condiciones extremas. “En el centro de la provincia es donde más se siente el despoblamiento. Pero el sueño es que se repueble la Patagonia”, sostiene en diálogo con LA NACION.
La fundación parte de una idea concreta: no hace falta intervenir toda una estancia para cambiar su destino. “No creemos que sea necesario transformar por completo una estancia de 20.000 hectáreas. Intervenir estratégicamente entre el 0,1% y el 0,5% de la superficie puede generar beneficios desproporcionados cuando esas áreas se destinan a reservas forrajeras, infraestructura hídrica o innovación productiva”, explica Martínez de Sanzo.
El planteo se apoya en una lógica de adaptación productiva que combina tradición y nuevas herramientas. Según los impulsores del proyecto, el contexto tecnológico actual permite hacer viable lo que antes parecía inaccesible, siempre con participación de quienes conocieron y sostuvieron el territorio durante décadas. “Esto debe hacerse de la mano de quienes lo crearon y sostuvieron hasta estos días, el sueño no está perdido, está vivo”, afirma.
Uno de los ejemplos más ilustrativos es la implantación de 25 hectáreas de alfalfa bajo riego. Dependiendo del sitio y del manejo, ese módulo puede generar una reserva estratégica suficiente para amortiguar inviernos rigurosos o sequías y reducir la necesidad de comprar alimento. También puede complementarse con un lote de 40 hectáreas de avena o trigo forrajero en secano favorable o con riego suplementario, pensado como seguro biológico frente a contingencias climáticas.
“En una estancia de 20.000 hectáreas, esas 50 hectáreas representan apenas el 0,25% del predio, pero podrían incrementar la estabilidad del sistema productivo, mejorar la supervivencia de vientres y sostener mayores niveles de receptividad durante años críticos”, precisa Martínez de Sanzo.
La propuesta también pone el acento en la recuperación de saberes. Los fundadores hablan de revalorizar “lo que hicieron los viejos”: el cultivo de alfalfa, las técnicas de manejo y los conocimientos prácticos que durante décadas sostuvieron a familias enteras en un clima duro y una geografía exigente. “Esos conocimientos no desaparecieron. Están guardados en la memoria de quienes aún quedan, en los registros de estancias que todavía resisten”, remarcan.
Desde esa mirada, la FPRS busca recuperar y sistematizar esas experiencias y ponerlas en diálogo con herramientas contemporáneas. Entre sus ejes figuran la ganadería regenerativa diversificada —ovinos, bovinos, caprinos y camélidos—, la producción de fibras naturales patagónicas, los alimentos con identidad, el turismo rural, la energía renovable, los créditos por captura de carbono y la economía del conocimiento.
El debate sobre el abandono rural no es exclusivo de Santa Cruz. En distintas regiones de Europa, aldeas de España, Italia y Francia quedaron vaciadas durante el siglo XX por el éxodo hacia las ciudades y hoy intentan repoblarse con incentivos de distinto tipo. Martínez de Sanzo toma ese ejemplo para subrayar una advertencia: “El mundo descubrió, tarde, que abandonar el campo tiene un costo enorme, la Patagonia todavía está a tiempo de no cometer ese error”. Para que eso ocurra, insiste, el acompañamiento de los Estados provinciales será clave.
La fundación también busca instalar una discusión de fondo sobre la relación entre producción y ambiente. Sus impulsores se oponen a la idea de la oveja como enemiga de la naturaleza y reivindican el papel histórico de los ganaderos que poblaron Santa Cruz bajo condiciones extremas. “Para esto rescatamos la historia de Santa Cruz, forjada por ganaderos que poblaron la región en condiciones climáticas extremas y realizaron grandes esfuerzos, como arreos de dos años, para establecerse”, señala María Palacios, geóloga de profesión y miembro de la FPRS.
Nacida en Buenos Aires, Palacios se radicó en Santa Cruz en 1986, donde dio clases y fue directora provincial de Minería, lo que la llevó a recorrer el territorio en numerosas oportunidades. Con el tiempo se orientó a la paleontología y hoy se desempeña como asesora ad honorem de la Dirección de Patrimonio Cultural de Santa Cruz.
En la misma línea, Guillermo Adrián Puccio, también integrante de la fundación, introduce una distinción conceptual que consideran central: la diferencia entre preservar y conservar. “Estos términos no significan lo mismo, y es muy importante tenerlo en cuenta. La diferencia principal radica en la intervención humana: preservar implica proteger algo para mantenerlo intacto, sin uso ni intervención, mientras que conservar conlleva cuidar y gestionar los recursos para permitir su uso sostenible. En resumen, preservar es ‘no tocar’ y conservar es ‘usar responsablemente’”, señala en el documento Notas para un futuro sostenible, que inspira a la entidad.
Más allá de los planes escritos, lo que hoy entusiasma a los impulsores del proyecto son las conversaciones cotidianas con productores, familias y potenciales aliados. “Van a ser varios clústeres por región, espectaculares, la Fundación será un paraguas de verticales y aristas comerciales, el mundo necesita comida y abrigo sustentable. Nuestra Patagonia no es solo un museo”, resume Martínez de Sanzo.
Sandro Heinze, productor de Puerto San Julián, es uno de los que ve en la propuesta una oportunidad para reactivar su propio proyecto familiar. “Nuestro sueño como familia es volver a producir en estas 60.000 hectáreas junto a mi hijo, y que el día de mañana también pueda sumar a mis nietos. Aspiramos a que este establecimiento pueda sostener a tres generaciones de una misma familia, trabajando y viviendo de la producción. Sabemos que la clave está en el agua: donde hay agua, hay pasturas, y donde hay pasturas se abren muchas oportunidades. Siempre con mucho trabajo y equipamiento adecuado”, afirma. Y agrega: “Invertir en agua es invertir en el futuro de quienes producen y de quienes viven de la tierra”.
Martínez de Sanzo insiste en que la fundación no pretende reemplazar a las Sociedades Rurales ni competir con ellas. “No quiere reemplazar ni competir con nadie. Quiere sumar. Quiere ser el espacio donde los que tienen tierra, los que tienen ganas, los que tienen conocimiento y los que tienen capital puedan encontrarse y construir algo juntos”, plantea.
Heinze comparte ese diagnóstico y lo proyecta hacia el futuro inmediato: “Apostar al desarrollo productivo es pensar en el futuro de nuestras comunidades, en el arraigo de los jóvenes y en las próximas generaciones. Ese es el sueño que nos impulsa: que tres generaciones puedan vivir de esta tierra, cuidándola, produciendo y dejando un legado duradero”.
En términos históricos, la iniciativa se inscribe en una discusión más amplia sobre el lugar del interior productivo en la Argentina. Durante las últimas décadas, la concentración de servicios, empleo y oportunidades en los centros urbanos aceleró la salida de población de parajes y estancias. A la vez, el avance de tecnologías como el riego, la energía distribuida y las comunicaciones rurales abrió nuevas posibilidades para pensar asentamientos más estables, incluso en regiones con baja densidad demográfica. La propuesta de la FPRS busca apoyarse en esa ventana de cambio, combinando escala productiva, identidad territorial y sostenibilidad.
Análisis y proyecciones: si el modelo logra consolidarse, podría generar un efecto demostración en otras zonas de la Patagonia y de la Argentina semiárida, donde el principal obstáculo no suele ser la falta de tierra sino la ausencia de infraestructura básica, agua y condiciones para el arraigo. La experiencia internacional muestra que los procesos de repoblación rural suelen avanzar cuando convergen inversión pública, capital privado, conocimiento técnico y comunidad organizada. El desafío, en este caso, será convertir un proyecto de fuerte contenido simbólico en una red productiva real, capaz de retener jóvenes, recomponer cadenas de valor y reducir la vulnerabilidad frente a sequías, costos logísticos y oscilaciones de los mercados.
Con el paso de los años, la mirada sobre la ruralidad patagónica también cambió entre sus propios protagonistas. Donde antes predominaba la idea de resistir y sostener la actividad con lo mínimo indispensable, ahora crece una lógica de diversificación y articulación: más agua, más tecnología, más valor agregado y más alianzas. La postura de los impulsores de la FPRS refleja ese giro, al pasar de la simple defensa del campo a una estrategia de repoblación, reconversión productiva y recuperación cultural. En esa transición, la clave parece ser la misma que repiten una y otra vez: no abandonar la producción tradicional, sino actualizarla para que vuelva a ser una opción de vida para nuevas generaciones.
La propuesta, tal como la conciben sus fundadores, no está pensada únicamente para los productores que siguen en actividad. También apunta a quienes aún no saben que podrían volver: hijos, sobrinos y nietos de viejos estancieros, pero también jóvenes urbanos que quizás nunca imaginaron una vida ligada a la tierra. La apuesta, en definitiva, es que la Patagonia deje de ser solo destino de visita y vuelva a ser, para muchos, lugar de pertenencia y futuro.





















