Menem gana tiempo para blindar a Adorni y el oficialismo apuesta a enfriar la crisis en Diputados
La Libertad Avanza consiguió, al menos de manera transitoria, oxígeno político en la Cámara de Diputados. A través de una negociación encabezada por Martín Menem con el PRO y sectores de la UCR, el oficialismo logró desactivar la sesión impulsada por la oposición para interpelar a Manuel Adorni y trasladar la discusión hacia el terreno más controlado de las comisiones.
La maniobra tiene un objetivo evidente: ganar tiempo.
En la Casa Rosada consideran que cada día que pasa sin una escalada política o judicial del caso Adorni representa una oportunidad para reducir daños y enfriar una crisis que desde hace meses golpea al Gobierno.
El esquema acordado es simple, pero políticamente eficaz.
En lugar de permitir que la oposición consiga quórum y lleve la discusión al recinto —donde la interpelación tendría máxima exposición política y mediática—, La Libertad Avanza habilitará el tratamiento en las comisiones de Asuntos Constitucionales y de Peticiones, Poderes y Reglamento.
Ese movimiento cambia por completo la dinámica.
En el recinto, la oposición podía imponer volumen político.
En comisión, el oficialismo controla tiempos, invitados, agenda y ritmo del debate.
En otras palabras, Martín Menem logró mover la discusión desde un terreno de alto riesgo hacia un escenario administrable.
No es un detalle menor.
Las comisiones están bajo control libertario y eso le otorga al oficialismo una ventaja estratégica decisiva.
Puede ralentizar el tratamiento, extender consultas, dilatar definiciones y, sobre todo, llevar la discusión hasta el receso invernal con la expectativa de que la presión política y mediática disminuya.
Ese parece ser hoy el cálculo central del oficialismo.
Apostar al desgaste del tema.
Esperar que la agenda pública se mueva.
Y confiar en que la Justicia marque los tiempos antes que la política.
Sin embargo, la estrategia está lejos de garantizar tranquilidad.
El acuerdo con PRO y UCR contiene fragilidades.
En ambos espacios existen sectores que consideran que la situación de Adorni se volvió políticamente insostenible y que su continuidad genera costos crecientes para todos los aliados parlamentarios del Gobierno.
Por eso, aunque las conducciones partidarias acompañen el acuerdo, persisten dudas sobre el comportamiento individual de algunos legisladores.
Ese factor introduce incertidumbre.
Porque la principal amenaza para el oficialismo no está solamente en la oposición dura, sino en eventuales fisuras dentro del bloque ampliado de aliados.
En paralelo, la Casa Rosada busca reactivar la agenda legislativa propia.
Si la sesión opositora fracasa, el oficialismo planea convocar al recinto el miércoles con un temario favorable, centrado en el tratamiento del Super RIGI y el acuerdo con acreedores.
La intención es clara: dejar de discutir Adorni y volver a hablar de gestión, inversiones y agenda económica.
Pero toda la estrategia descansa sobre una condición clave.
Que no aparezcan nuevas revelaciones.
Ese es hoy el verdadero factor de riesgo.
Dentro del oficialismo lo admiten con crudeza: cualquier novedad relevante en la causa puede desmoronar el delicado equilibrio alcanzado.
Una nueva filtración, una revelación patrimonial o un dato judicial comprometedor cambiaría completamente el escenario y volvería inviable cualquier intento de contención política.
Por eso, el acuerdo parlamentario de Menem no resuelve la crisis.
Solo compra tiempo.
Y en la lógica política actual del Gobierno, el tiempo se convirtió en uno de sus activos más valiosos.
El oficialismo logró evitar, por ahora, una derrota parlamentaria.
Pero la crisis de Adorni sigue abierta.
Y el verdadero desenlace todavía está lejos de definirse.
























