Núcleo que sostiene a la Argentina: Messi, De Paul, Otamendi y Paredes
En un vestuario donde los flashes se concentran en figuras y recuperaciones, un cuarteto de referentes sostiene la convivencia y prepara al equipo para el estreno frente a Argelia.
«Antes de 2021, la selección argentina pasó 28 años sin ganar un torneo continental mayor» —ese dato histórico explica por qué la presencia de ciertos jugadores en la concentración tiene hoy un peso diferente. En el Compass Minerals National Performance Center de Kansas City el primer sonido que rompe el silencio al abrirse la puerta del vestuario no es el de la pelota sino el de las cámaras: cada futbolista que asoma al césped despierta interés por motivos diversos. A veces la atención se concentra en aspectos físicos —los flashes siguen a Emiliano Martínez para chequear la mano, a Nicolás Tagliafico para ver su puesta a punto o a Marcos Senesi, el último en sumarse—; otras, por lo que representan en términos deportivos y simbólicos. Julián Álvarez, por ejemplo, llegó al centro de la escena tras la millonaria oferta que le hizo el Real Madrid, mientras que Lautaro Martínez aterriza en la convocatoria tras ser el goleador de la Serie A. Por encima de lesiones, presente o valor de mercado, existe un grupo que acapara la mirada permanente del plantel: Lionel Messi, Rodrigo De Paul, Nicolás Otamendi y Leandro Paredes forman ese núcleo que, con perfiles distintos, sostiene la convivencia y se encarga de conducir al plantel en la cuenta regresiva hacia el comienzo de la defensa del título.
No fue una previa sencilla. El cuerpo técnico tuvo que afrontar lesiones, recuperaciones contrarreloj y dudas sobre algunos jugadores claves. Dibu Martínez, Cristian Romero, Leonardo Balerdi, Nahuel Molina, Gonzalo Montiel, Nicolás González, Nicolás Tagliafico, Nicolás Paz, Julián Álvarez y el propio Paredes atravesaron distintos inconvenientes. Incluso hubo que modificar la lista definitiva. En ese contexto, el grupo de referentes jugó un rol decisivo: se encargó de que la incertidumbre no afectara el clima de la concentración, manteniendo la serenidad necesaria para que la preparación continúe.
Ese liderazgo no fue impuesto: se consolidó con el tiempo. Muchos de ellos llevan casi ocho años compartiendo plantel y vivieron todas las etapas del proceso. Messi y Otamendi, incluso, integraron aquella generación que convivió con la frustración de no poder cerrar ciclos con títulos; después apareció el crecimiento del proyecto de Scaloni, las Copas América de 2021 y 2024, la Finalissima y el Mundial de Qatar. Ese recorrido les aportó experiencia y, junto con ella, una autoridad que trasciende la simple ostentación de la cinta de capitán o una designación formal del entrenador.
No son los únicos con peso dentro del vestuario. Emiliano Martínez, Lautaro Martínez y Nicolás Tagliafico, entre otros, también cuentan con una trayectoria amplia en la selección y ocupan espacios relevantes en la dinámica interna. Sin embargo, no todos desempeñan el mismo papel. Ese núcleo íntimo —esa mesa chica— conformada por Messi, De Paul, Otamendi y Paredes es la que suele marcar la vida cotidiana del plantel. A su alrededor, se consolidó una segunda línea de peso, integrada por Giovani Lo Celso, Enzo Fernández, Lisandro Martínez y Cristian Romero: futbolistas que, aunque no siempre lideren las decisiones, acompañan y sostienen la coherencia del grupo.
Cada uno impone su sello. Otamendi suele ejercer un liderazgo más contundente y ordena cuando la situación lo requiere; su vínculo con Messi es público y hasta lo llevará tatuado. De Paul actúa como motor anímico: contagia energía y humor, y su proximidad con Messi fue una de las razones que lo acercaron a Inter Miami. Paredes, pese a pasar días recuperándose de una lesión muscular, mantuvo una influencia activa dentro de la convivencia y suele tener comunicación directa con Scaloni y su cuerpo técnico. Messi, en tanto, sin necesidad de protagonismos públicos, mantiene una capacidad de decisión que el grupo respeta: cuando surge un tema que compete a todos, su criterio suele tener la última palabra.
Ese funcionamiento explica, en buena medida, la relación entre el plantel y el entrenador. Scaloni y Messi se conocen desde hace 21 años: compartieron convocatoria en el Mundial de Alemania 2006 y, desde entonces, la confianza entre ambos fue creciendo. El técnico apoya su lectura del clima interno en esos futbolistas de mayor ascendencia y ellos, a su vez, comprenden qué requiere el cuerpo técnico en cada momento. Esa confianza facilita decisiones difíciles, porque quienes las comunican saben que el grupo las entenderá.
Todos quieren jugar, pero el interés individual queda supeditado al objetivo colectivo. Otamendi, por ejemplo, debió esperar y contribuir desde otro rol cuando Lisandro Martínez consolidó un lugar en la última Copa América. Paredes vivió días de incertidumbre por la evolución de su desgarro y su posible inclusión en la lista. En ese marco, Messi no esquivó gestos públicos de respaldo: subió a sus redes fotos grupales desde la concentración, una señal sencilla pero eficaz para demostrar que la unidad se mantiene pese a las adversidades.

La sintonía es palpable en los entrenamientos: cuando las tareas se dividen por grupos, estos referentes suelen quedar en el mismo sector. Se ríen, comentan los ejercicios y están atentos a todo lo que ocurre alrededor, replicando una convivencia que facilita la transmisión de hábitos y normas dentro del plantel.
Las últimas semanas representaron una evaluación concreta de esa estructura. Hubo jornadas con futbolistas trabajando al margen y días en que las dudas sobre la formación se multiplicaron, pero la rutina apenas se resintió. Tanto en el complejo de Sporting Kansas City como en el hotel Origin, la sensación fue la de un grupo acostumbrado a atravesar este tipo de situaciones, con tranquilidad y sin perder el foco.
El bagaje compartido también pesa. Los referentes conocen cómo dosificar esfuerzos en una competencia extensa: saben cuándo bajar la intensidad, cómo planificar descansos y cuáles son los hábitos que ayudan a llegar en condiciones óptimas a cada partido. Son lecciones acumuladas que hoy forman parte de una identidad de trabajo claramente establecida. Los más jóvenes no necesitan exhaustivas instrucciones: al llegar, se hallan con una metodología ya instaurada que facilita su integración.

La vieja guardia está compuesta por personalidades diversas y maneras distintas de ejercer el liderazgo, pero todas apuntan hacia la misma dirección. Messi ocupa el centro de esa estructura y los demás actúan como laderos naturales, encargados de transmitir su impronta al conjunto.
Análisis y proyecciones: El liderazgo colectivo reduce la dependencia de soluciones individuales y tiende a estabilizar el rendimiento del equipo frente a imponderables como lesiones o cambios de último momento. Desde la teoría de cohesión grupal en equipos deportivos, un núcleo estable como el que describe este plantel facilita la toma de decisiones y disminuye la fractura ante crisis internas, lo que puede traducirse en un mejor rendimiento sistémico en torneos largos. A mediano plazo, si la mesa chica mantiene su influencia y los recambios jóvenes asimilan la cultura de trabajo, la selección podría sostener niveles competitivos altos; sin embargo, la transición generacional exigirá gestionar egos y minutos para evitar tensiones que pudieran impactar en el rendimiento durante instancias definitorias.
Evolución del ciclo y cambios de postura: En los últimos años el proyecto dirigido por Scaloni transitó de la reconstrucción a la consolidación: tras un inicio de ciclo marcado por ensayo y error, la llegada de resultados y títulos fortaleció la confianza colectiva y redefinió roles. Jugadores que en un principio eran piezas complementarias fueron ganando voz y, con el tiempo, algunos se transformaron en líderes orgánicos. La postura de los referentes también evolucionó: pasaron de liderar desde la experiencia individual a asumir una responsabilidad mayor sobre la convivencia y la preparación colectiva, un cambio de énfasis que se reflejó en la gestión de crisis y en la comunicación interna del grupo hasta la fecha de esta nota.
En un ciclo que ya ganó todo, donde los detalles suelen inclinar la balanza, ese trabajo silencioso y cotidiano explica buena parte de por qué la selección sigue funcionando tanto como plantel como equipo.




















