La confianza no se decreta

Hay una vieja costumbre argentina.

Cada tanto aparece una oportunidad extraordinaria y creemos que ahora sí llegó el momento de convertirnos en potencia.

Nos pasó con el trigo.

Con la carne.

Con el petróleo.

Con el gas.

Con la soja.

Con el litio.

Y ahora nos ocurre con la Inteligencia Artificial.

La lista cambia.

La esperanza siempre es la misma.

Lo que rara vez cambia es la pregunta de fondo.

¿Por qué países con menos recursos naturales que nosotros logran desarrollarse más rápido y sostener ese desarrollo durante décadas?

La respuesta suele ser incómoda.

Porque el problema nunca estuvo únicamente en los recursos.

Estuvo en las instituciones.

Los ejemplos que miramos

Cuando observamos a Holanda, Singapur o Delaware solemos concentrarnos en el resultado final.

Vemos inversiones.

Empresas globales.

Mercados de capitales.

Innovación tecnológica.

Centros financieros.

Pero pocas veces observamos lo que ocurrió antes.

Antes hubo estabilidad.

Hubo reglas.

Hubo tribunales confiables.

Hubo continuidad jurídica.

Hubo previsibilidad.

Ningún inversor serio arriesga miles de millones de dólares porque un gobierno promete que todo saldrá bien.

Los inversores confían cuando saben que las reglas seguirán siendo las mismas incluso cuando ese gobierno ya no esté.

Esa es la verdadera diferencia.

El desafío argentino

La administración de Javier Milei logró avances importantes en materia fiscal y monetaria.

Nadie puede negar que la inflación ya no corre a la velocidad devastadora que tenía hace pocos años.

Tampoco puede ignorarse que el equilibrio de las cuentas públicas era una condición indispensable para cualquier recuperación.

Pero estabilizar la macroeconomía es apenas el comienzo.

La pregunta es qué viene después.

Porque una economía puede ordenar sus números y seguir sin generar confianza.

Y la confianza es el combustible indispensable de toda inversión de largo plazo.

El país que ahorra en dólares

Existe un dato que explica buena parte del problema argentino.

Los propios argentinos siguen prefiriendo ahorrar en dólares.

No porque desconozcan los esfuerzos de estabilización.

Sino porque aprendieron durante décadas a desconfiar.

Esa conducta no es ideológica.

Es defensiva.

Cuando una familia guarda dólares debajo del colchón está emitiendo un voto silencioso sobre la credibilidad del sistema.

Y mientras eso ocurra resulta difícil convencer al mundo de que invierta masivamente.

Porque el primer inversor que debe confiar es el ciudadano argentino.

El riesgo de la impaciencia

La historia económica enseña algo que los gobiernos suelen olvidar.

Los procesos exitosos requieren tiempo.

Singapur no se convirtió en un centro financiero en cinco años.

Holanda no creó mercados sofisticados de la noche a la mañana.

Los grandes cambios institucionales fueron el resultado de décadas de construcción.

La ansiedad política, sin embargo, suele exigir resultados inmediatos.

Y allí aparece el riesgo de invertir la secuencia.

Primero se anuncian los beneficios.

Después se buscan las instituciones que deberían sostenerlos.

Primero se imagina la llegada de las inversiones.

Después se intenta construir la confianza necesaria para recibirlas.

Es como querer cosechar antes de sembrar.

Una discusión más profunda

La Argentina necesita inversión.

Necesita tecnología.

Necesita innovación.

Necesita crecimiento.

En eso existe un consenso cada vez más amplio.

La verdadera discusión está en cómo llegar.

Algunos creen que basta con liberar mercados y abrir oportunidades.

Otros sostienen que antes hay que consolidar las bases institucionales que garanticen estabilidad.

Probablemente la respuesta se encuentre en algún punto intermedio.

Pero hay una enseñanza histórica que parece repetirse en todos los países exitosos.

La riqueza llega más rápido cuando existe confianza.

Y la confianza nace de reglas claras, justicia eficiente y estabilidad política.

La lección del paisano

Los viejos correntinos no estudiaban economía internacional.

Sin embargo entendían perfectamente algunas cosas.

Sabían que ninguna cosecha aparece sin trabajo previo.

Sabían que ningún árbol da sombra apenas se planta.

Y sabían también que ningún carro avanza si los caballos no están donde corresponde.

La Argentina tiene recursos.

Tiene talento.

Tiene oportunidades extraordinarias.

Lo que todavía está construyendo es aquello que permite aprovecharlas durante generaciones.

Porque el desarrollo verdadero no se sostiene sobre anuncios.

Se sostiene sobre confianza.

Y la confianza, como los buenos árboles, tarda años en crecer y apenas unos minutos en derrumbarse.