La calle sin dueños y el dilema de Milei

Hay momentos en la historia donde los gobiernos enfrentan a la oposición.

Y hay otros momentos, mucho más complejos, donde enfrentan algo más difícil de identificar: el humor social.

Eso es lo que parece estar ocurriendo hoy en la Argentina.

Mientras el Gobierno exhibe indicadores económicos que hace apenas dos años parecían imposibles —inflación en descenso, riesgo país en baja, equilibrio fiscal y recuperación de la confianza financiera internacional— una parte de la sociedad empieza a expresar una incomodidad que no encuentra representación política clara.

Y ahí aparece el verdadero problema.

Porque cuando el malestar tiene dirigentes visibles, la política sabe cómo negociar.

Pero cuando el malestar se vuelve difuso, emocional y horizontal, nadie sabe exactamente con quién hablar.

El caso Adorni y el desgaste moral

La situación del jefe de Gabinete dejó de ser un asunto exclusivamente judicial.

Se transformó en una cuestión política.

Y más específicamente en una cuestión simbólica.

Durante años Javier Milei construyó su liderazgo sobre una idea sencilla y poderosa: la casta tenía privilegios que el ciudadano común no tenía.

Ese mensaje conectó con millones de argentinos cansados de escándalos, corrupción, impunidad y dobles discursos.

Por eso el problema actual no consiste únicamente en determinar si hubo o no irregularidades.

El problema es que una parte importante de la sociedad comenzó a percibir una contradicción entre el discurso y la práctica.

Cuando eso ocurre, la discusión abandona los tribunales y se instala en la opinión pública.

Y allí las reglas son diferentes.

Una pregunta incómoda

Hasta hace pocas semanas la pregunta era:

—¿Qué hizo Adorni?

Ahora la pregunta es otra:

—¿Por qué Milei lo sostiene?

La diferencia parece pequeña, pero es enorme.

Porque el centro de gravedad deja de estar en el funcionario cuestionado y se desplaza hacia el Presidente.

Cada día que pasa sin una resolución definitiva convierte el problema individual en una responsabilidad política compartida.

La sociedad suele tolerar errores.

Lo que tolera mucho menos es la sensación de privilegio.

Y cuando un gobierno que prometió terminar con los privilegios aparece defendiendo a uno de los suyos, inevitablemente comienza a pagar costos.

La nueva calle argentina

Mientras tanto, otro fenómeno crece silenciosamente.

Las movilizaciones masivas ya no responden necesariamente a partidos políticos, sindicatos o movimientos tradicionales.

Las convocatorias recientes nacieron alrededor de universidades, reclamos sociales, expresiones culturales, figuras religiosas, artistas populares y causas específicas.

Son concentraciones enormes.

Pacíficas.

Espontáneas.

Difíciles de encuadrar ideológicamente.

Y, sobre todo, profundamente desconfiadas de la dirigencia.

Ni el oficialismo ni la oposición logran apropiarse de ellas.

Es una novedad importante.

Durante décadas la política argentina interpretó la calle como un territorio organizado.

Hoy la calle parece funcionar por impulsos emocionales más que por estructuras permanentes.

El regreso de la desilusión

La elección de Milei fue, en gran medida, una rebelión contra el sistema político.

Millones de argentinos votaron a alguien que venía desde afuera para castigar a quienes consideraban responsables del fracaso nacional.

Pero gobernar implica ingresar al sistema que se prometió combatir.

Y tarde o temprano todos los gobiernos enfrentan la misma prueba.

Dejan de ser esperanza para convertirse en realidad.

Y las realidades siempre decepcionan un poco.

La pregunta que empieza a recorrer la sociedad es si la dirigencia libertaria está empezando a parecerse a aquello que prometió reemplazar.

Todavía no existe una respuesta definitiva.

Pero la duda ya circula.

Y en política las dudas suelen ser más peligrosas que las certezas.

El acertijo de la argentinidad

Hay además un fenómeno cultural profundo.

La identidad nacional parece estar reorganizándose alrededor de emociones compartidas más que de proyectos políticos.

El fútbol.

La música.

Las causas sociales.

Las manifestaciones culturales.

Los rituales colectivos.

Todo eso moviliza hoy más gente que los partidos.

Los argentinos siguen necesitando sentirse parte de algo grande.

Pero cada vez confían menos en las instituciones tradicionales para expresar ese sentimiento.

Por eso las plazas se llenan.

Por eso aparecen nuevas formas de comunidad.

Y por eso la política observa con desconcierto un escenario que ya no controla.

El desafío presidencial

Milei llegó al poder interpretando mejor que nadie el enojo social.

Ahora debe demostrar que también puede interpretar sus transformaciones.

La Argentina que lo eligió sigue existiendo.

Pero está cambiando.

Ya no pide solamente ajuste o estabilidad económica.

También exige coherencia.

Transparencia.

Ejemplaridad.

Y una distancia visible respecto de las prácticas que durante años criticó.

El Presidente todavía conserva un respaldo importante.

Sin embargo, la crisis de Adorni le plantea una advertencia.

Las sociedades pueden perdonar errores.

Lo que raramente perdonan es sentirse engañadas.

Y cuando la confianza comienza a resquebrajarse, ningún indicador económico alcanza por sí solo para reconstruirla.

Ese es el verdadero desafío que hoy enfrenta Javier Milei.

No el de la economía.

Sino el de la credibilidad.