El Niño, la advertencia global y el recuerdo del megaincidente de 1997
El fenómeno fue declarado oficialmente por la NOAA; hay probabilidades altas de que alcance magnitud moderada o fuerte y expertos alertan sobre impactos hidrometeorológicos severos en la Argentina.
“El Niño de 1997-98 fue uno de los más intensos del siglo XX y provocó inundaciones y pérdidas generalizadas que tardaron años en revertirse”. Partiendo de ese antecedente, ayer la Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA) declaró oficialmente el inicio del fenómeno de El Niño a escala global. En su comunicado señalaron que “se prevé que se intensifique hasta un nivel moderado o fuerte este otoño” en el hemisferio norte; en la Argentina y el resto del hemisferio sur, esta escalada ocurrirá en primavera.
La NOAA agregó que “los pronosticadores estiman un 63% de probabilidad de que las temperaturas de la superficie del mar superen los 2,0°C en la región del Pacífico monitoreada para El Niño. Si se supera este umbral, la NOAA considera el evento como uno ‘muy fuerte’“. Esa combinación entre una probabilidad notable y un umbral definido incrementa la atención de los servicios meteorológicos y de gestión de riesgos.
La posibilidad de que se presente una versión intensa sigue vigente, advierten desde la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que ya había anticipado el desarrollo del fenómeno. Para la Argentina, los especialistas sostienen que esto podría derivar en episodios extremos: los efectos podrían ser incluso mayores a los registrados en eventos históricos, de acuerdo con las evaluaciones consultadas.
En los próximos meses, especialmente a partir del cierre del invierno, es muy probable que en gran parte del territorio argentino se registres olas de calor asociadas a lluvias abundantes e intensas. El motor de esta proyección es global: la temperatura del océano Pacífico sigue en ascenso y la probabilidad de una rápida moderación disminuye, lo que favorece la persistencia del patrón cálido.

A este riesgo climático se suman las modificaciones observadas en las últimas dos décadas por el incremento sostenido de las emisiones de gases de efecto invernadero, que han alterado la línea base sobre la cual se superponen fenómenos como El Niño. No existen certezas absolutas sobre la magnitud exacta de los impactos, pero los expertos consultados insisten en que el escenario exige medidas de prevención, planificación y adaptación.
Durante el fin de semana, la secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, subrayó que es fundamental prestar atención al fenómeno que comienza. “El Niño es un factor determinante de los patrones climáticos. Un océano más caliente aporta humedad y calor al sistema climático, lo que puede agravar fenómenos extremos como olas de calor y tormentas”, declaró el domingo pasado, enfatizando la necesidad de fortalecer los sistemas de alerta y respuesta.
Principales riesgos
Especialistas recomiendan activar medidas preventivas en todos los niveles de gestión. Aunque persiste incertidumbre acerca del momento exacto del apogeo y su intensidad máxima, la OMM precisó que “la mayoría de los modelos sugiere un evento al menos moderado, con la posibilidad de que alcance gran intensidad”. Esa proyección coloca a autoridades y operadores en estado de vigilancia.
Un El Niño de alta intensidad implicaría mayor probabilidad de inundaciones y un aumento de los efectos vinculados al calor extremo: entre ellos, el aumento de casos de dengue, deshidratación y golpes de calor. Además, las consecuencias materiales pueden ser graves —incluyendo pérdidas de cosechas, daños en infraestructura y cortes del suministro eléctrico— y, en escenarios extremos, pérdidas humanas. El Niño impacta de manera estructural: atraviesa la producción y puede afectar el acceso a servicios básicos como la electricidad, según describió el exsecretario de Cambio Climático de la Nación, Rodrigo Rodríguez Tornquist, en diálogo con LA NACION.
En la memoria colectiva del país está el antecedente de la variante extrema de El Niño en 1997, cuando reportes y registros mostraron precipitaciones que en dos días superaron niveles normales de un mes, con inundaciones en campos de la provincia de Santa Fe y barrios de la Ciudad de Buenos Aires anegados.
El fenómeno obedece a la interacción entre viento y océano. Los vientos alisios, que soplan en zonas tropicales cercanas al Ecuador, suelen fluctuar en abril; cuando se debilitan, el calor se acumula bajo la superficie marina y, tras varios ciclos, emerge hacia la atmósfera, generando un refuerzo de humedad y energía disponible que modifica los patrones meteorológicos regionales.
Saulo advirtió: “Debemos prepararnos para un episodio de El Niño potencialmente fuerte, que exacerbará sequías en algunas áreas, intensificará lluvias en otras y aumentará el riesgo de olas de calor en tierra y océano. El evento más reciente, en 2023/2024, fue uno de los cinco más intensos registrados y contribuyó a las temperaturas sin precedentes de 2024”.
Además, los especialistas recuerdan que, con frecuencia, los ciclos ENSO alternan fases: tras periodos de El Niño suelen aparecer condiciones proclives a La Niña, lo que en la Argentina podría traducirse en episodios de sequía extrema en temporadas posteriores.
Argentina: las provincias más afectadas
Según Pedro Di Nezio, meteorólogo especializado en este fenómeno, dentro del país la manifestación de El Niño resulta heterogénea: en el Litoral, la Cuenca del Plata y gran parte del centro aumentan las probabilidades de lluvias y crecidas; en Cuyo, en tanto, podría registrarse un alivio parcial de la sequía de larga duración, aunque esa mejora dependerá directamente de la intensidad que alcance el fenómeno durante el invierno.
El Gobierno Nacional inició en mayo pasado una estrategia de coordinación. En la primera reunión de la Mesa de Preparación ante el Niño, participaron autoridades de Buenos Aires, Chaco, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Santa Fe para analizar antecedentes y evaluar el posible impacto del fenómeno en las provincias de la Cuenca del Plata. En el encuentro se concluyó que las “previsiones muestran una transición hacia condiciones de El Niño a partir del trimestre junio–julio–agosto” y que los registros históricos ponen a esas provincias como las más vulnerables frente a inundaciones.

Este lunes también se llevó a cabo una reunión de la oficina dependiente del Ministerio de Seguridad en Corrientes. Se desarrolló una segunda mesa conjunta con expertos del SMN, el Instituto Nacional del Agua (INA), la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae) y la Oficina de Monitoreo de Emergencias Agropecuarias (Omega), quienes brindaron informes actualizados sobre la evolución del fenómeno y sus posibles impactos.
En Buenos Aires
En la Ciudad de Buenos Aires, el abordaje corresponde a distintas jurisdicciones: la Subsecretaría de Ambiente, dependiente de la Vicejefatura de Gabinete, indicó que las acciones vinculadas al fenómeno serían competencia del Ministerio de Movilidad e Infraestructura. Desde ese ministerio señalaron que no hay medidas especiales adicionales por ahora y destacaron el rol del Plan Hidráulico de la Ciudad para “llevar tranquilidad a los vecinos frente al desafío del cambio climático y los riesgos de inundaciones”.
La administración porteña dispone además de un sistema de alerta temprana de tormentas operado desde el Centro Único de Coordinación y Control en Chacarita, gestionado por la Subsecretaría de Emergencias. No obstante, en su comunicación oficial todavía no hay mensajes específicos vinculados a la llegada de El Niño.
En la provincia de Buenos Aires la situación es análoga: el Plan de Prevención del Riesgo Hídrico en Ciudades busca ampliar canales de alivio, especialmente en el conurbano. Está previsto realizar 130 obras y, hasta el momento, poco más del 10% se encuentran terminadas. LA NACION intentó contactarse con Defensa Civil bonaerense para consultar sobre planes específicos ante este escenario, pero no obtuvo respuesta.
Análisis y Proyecciones
Los antecedentes científicos muestran que los episodios de El Niño redistribuyen la humedad y la energía atmosférica, con efectos a escala hemisférica. En Argentina, la combinación de mayor temperatura superficial del Pacífico y la situación de base que imprime el calentamiento global puede intensificar eventos extremos: olas de calor más frecuentes, lluvias más concentradas y un incremento en la variabilidad de las cosechas. Desde la perspectiva sanitaria, mayores temperaturas y precipitaciones favorecen la proliferación del Aedes aegypti y, por ende, aumentan los riesgos de arbovirosis como el dengue.
En materia energética y productiva, los impactos pueden combinar menores rendimientos agrícolas por exceso hídrico o por sequías posteriores (si viniera una fase de La Niña), así como estrés en sistemas eléctricos y de transporte por inundaciones y cortes. Por todo ello, las prioridades de política pública deberían orientarse a reforzar sistemas de alerta temprana, garantizar la operatividad de infraestructura crítica, actualizar planes de evacuación y sostener campañas de salud pública.
Evolución del tema y cambios en la postura de los actores
En los últimos años la comunidad científica y las agencias meteorológicas internacionales han mejorado la capacidad de predicción del ENSO gracias a modelos acoplados océanoâatmósfera y a mayores datos de observación. Paralelamente, organismos multilaterales como la OMM han intensificado la coordinación con gobiernos para trasladar alertas tempranas a medidas operativas. En Argentina, la respuesta institucional ha evolucionado desde la gestión reactiva de emergencias hacia una estrategia más integrada: la creación de mesas de preparación interjurisdiccionales, la participación de organismos técnicos como INA y Conae, y la elaboración de planes hidráulicos y de riesgo hídrico muestran un cambio hacia la planificación anticipada.
En suma, la combinación de mejor predicción científica y mayor atención institucional es una ventaja, pero su eficacia dependerá de la implementación local: obras de infraestructura, sistemas de drenaje, comunicación efectiva con comunidades vulnerables y recursos para respuesta rápida serán determinantes para mitigar los impactos previstos.
























