Argentina ante una oportunidad histórica: crecimiento, inversiones y el desafío de volver a confiar

Por Caraí Identidad para Identidad Correntina

La economía argentina atraviesa uno de esos momentos que, para bien o para mal, pueden marcar una época. Mientras el Gobierno nacional sostiene su política de equilibrio fiscal y baja de la inflación, algunos economistas comienzan a plantear una pregunta que hasta hace poco parecía imposible: ¿está Argentina frente a una oportunidad real de crecimiento sostenido?

Uno de quienes sostiene esa posibilidad es el economista Ricardo Arriazu, considerado una de las voces más escuchadas por el presidente Javier Milei.

Durante la convención anual de la Cámara Argentina de la Construcción, Arriazu dejó una frase que llamó la atención: "Si la Argentina tiene éxito, va a ser cara".

La afirmación puede parecer contradictoria para un país acostumbrado a las crisis, las devaluaciones y la pérdida constante del poder adquisitivo. Sin embargo, detrás de esa frase existe una explicación económica sencilla.

Cuando un país crece, recibe inversiones, exporta más y genera confianza, su moneda tiende a fortalecerse. Eso hace que los costos internos aumenten medidos en dólares. Es lo que ocurre en muchas economías desarrolladas, donde vivir resulta más costoso, pero también existen mayores niveles de ingreso y estabilidad.

El economista considera que hoy se están alineando varios factores favorables para la Argentina.

Por un lado, el desarrollo energético de Vaca Muerta continúa creciendo y promete aumentar significativamente las exportaciones de petróleo y gas durante los próximos años. A esto se suma el avance de los proyectos mineros, especialmente vinculados al litio y al cobre, junto con el potencial histórico del sector agropecuario.

Además, el reciente acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea abre nuevas oportunidades para productos argentinos, mientras que también se plantea la necesidad de profundizar relaciones comerciales con mercados gigantes como la India, una de las economías que más crece en el mundo.

Sin embargo, Arriazu identifica un problema que sigue condicionando al país: la falta de confianza.

"La gente tiene miedo porque fuimos estafadores seriales", afirmó en referencia a décadas de crisis económicas, incumplimientos de deuda, cambios permanentes de reglas de juego y políticas contradictorias.

En otras palabras, el desafío no es solamente económico. También es institucional y cultural. Los inversores observan con atención qué ocurrirá después de las elecciones y si las políticas actuales tendrán continuidad en el tiempo.

Otro aspecto llamativo del análisis es el cambio que comienza a observarse en la estructura productiva argentina.

Los sectores que más están creciendo —energía, minería y agroindustria— generan una enorme cantidad de dólares, pero requieren relativamente poca mano de obra.

En cambio, actividades como la industria, el comercio y la construcción son grandes generadoras de empleo, aunque también demandan más importaciones y divisas para funcionar.

Esto genera una situación poco habitual para la historia argentina: abundancia relativa de dólares y escasez de demanda laboral en algunos sectores.

Para que el crecimiento se transforme en bienestar general será necesario impulsar inversiones que permitan expandir la infraestructura, mejorar rutas, puertos, energía, viviendas y servicios.

Según las estimaciones mencionadas por Arriazu, la Argentina necesitará inversiones cercanas a los 550.000 millones de dólares para sostener un proceso de desarrollo de largo plazo.

La magnitud de la cifra muestra que ningún gobierno podrá hacerlo solo. Será imprescindible la participación del sector privado, del crédito y de capitales internacionales.

El verdadero desafío de la Argentina ya no parece ser únicamente evitar una nueva crisis. El objetivo pasa por construir confianza suficiente para que el crecimiento pueda mantenerse durante muchos años.

La historia económica argentina está llena de oportunidades desaprovechadas. Esta vez, la pregunta es si el país será capaz de convertir sus recursos naturales, su capacidad productiva y la estabilidad macroeconómica en un proyecto de desarrollo duradero.

Los próximos años darán la respuesta.