El Jagua Arandú te alerta: la verdadera final que se juega en estas horas

Por Jagua Arandú para Identidad Correntina

Mientras millones de personas discuten la final de la NBA, esperan el próximo Mundial de Fútbol o siguen las peleas de la política diaria, en otro escenario mucho menos visible se está jugando una partida que podría influir sobre las próximas décadas de la existencia humana.

Y no, no es una exageración.

El ruido que generan las posibles operaciones bursátiles alrededor de SpaceX, la empresa espacial de Elon Musk, no tiene que ver solamente con cohetes que van al espacio.

Lo que está en discusión es mucho más grande.

Se está discutiendo quién controlará las comunicaciones, la inteligencia artificial, los satélites, los datos, la energía y buena parte de las tecnologías que definirán el siglo XXI.

Dicho en correntino simple: no están peleando por vender más teléfonos ni más computadoras. Están peleando por manejar las rutas del futuro.

Por eso aparecen números que parecen sacados de una película de ciencia ficción.

Miles de millones de dólares cambian de manos en cuestión de minutos.

Empresas que hace pocos años parecían imposibles hoy valen más que países enteros.

Y aquí aparece la pregunta que cualquier vecino de Goya, Curuzú, Mercedes o Corrientes Capital puede hacerse con sentido común:

¿Toda esa gente que pone plata son inversores prudentes o son jugadores apostando fichas gigantes en una mesa de casino?

La respuesta es incómoda.

Son las dos cosas al mismo tiempo.

Hay inversores responsables que buscan proteger sus ahorros.

Pero también hay fondos gigantescos que apuestan sobre lo que creen que será el futuro del planeta.

Y cuando todos creen haber descubierto el futuro antes que los demás, aparece un viejo conocido de la humanidad: la codicia.

La tecnología cambia.

Los seres humanos no tanto.

Hace cuatrocientos años fueron los tulipanes en Holanda.

Después llegaron las burbujas ferroviarias.

Más tarde vino el crack de 1929.

Luego las empresas de internet.

Más cerca en el tiempo, la crisis financiera de 2008.

Siempre cambian los nombres.

Siempre aparecen explicaciones brillantes para justificar precios extraordinarios.

Y siempre hay alguien que asegura que esta vez será diferente.

A veces tienen razón.

A veces terminan estrellándose contra la realidad.

Por eso el Jagua Arandú mira este fenómeno con atención.

No porque sepa cómo terminará la historia.

Nadie lo sabe.

Ni los bancos de Wall Street.

Ni los gobiernos.

Ni los expertos en inteligencia artificial.

Ni siquiera Elon Musk.

Lo que sí sabemos es que estamos viviendo una aceleración histórica.

Nunca antes una innovación tecnológica tuvo capacidad para expandirse tan rápido.

Nunca antes tanta riqueza se concentró alrededor de tan pocas decisiones.

Nunca antes una empresa privada tuvo semejante influencia sobre actividades que hasta hace poco eran exclusivas de los Estados.

Por eso la tensión que se respira en los mercados internacionales no es la de un partido de básquet ni la de una final de fútbol.

Es la tensión de quienes intentan adivinar cómo será el mundo dentro de veinte o treinta años.

Porque detrás de los cohetes, las acciones y los miles de millones de dólares hay una pregunta mucho más importante.

¿Estamos construyendo una nueva era de prosperidad y conocimiento?

¿O estamos inflando una burbuja que algún día terminará explotando?

Todavía no conocemos la respuesta.

Pero vale la pena prestar atención.

Porque cuando los poderosos del mundo juegan una partida de estas dimensiones, tarde o temprano las consecuencias llegan también a la mesa de cada familia correntina.

Y cuando eso ocurre, ya no importa quién ganó la final de la NBA ni quién levantó la Copa del Mundo.

Importa entender qué pasó mientras todos estábamos mirando para otro lado.

 

Y una última aclaración, chamigos.

Estas no son predicciones ni verdades reveladas.

Son apenas las humildes reflexiones de un correntino que muchas veces se sienta a la costa del río a mirar pasar el agua.

Mientras la naturaleza sigue su curso eterno, uno observa cómo los hombres construyen imperios, levantan fortunas, inventan tecnologías extraordinarias y también cometen los mismos errores de siempre.

El río no se apura.

Los lapachos florecen cuando les llega el tiempo.

Los pájaros siguen cantando sin saber nada de bolsas de valores ni de inteligencia artificial.

Tal vez por eso conviene detenerse un momento y mirar el mundo con serenidad.

Porque mientras algunos juegan partidas de miles de millones de dólares, la verdadera riqueza sigue estando en las cosas simples que nos rodean todos los días y que muchas veces dejamos de ver.

Desde esta costa correntina, donde el agua sigue su camino hacia el mar, el Jagua Arandú comparte estas reflexiones con más preguntas que respuestas.

Y quizás esa sea la mejor manera de entender los tiempos que vivimos.

 

El Jagua Arandú