Bullrich, el feminismo y la batalla cultural que divide a la Argentina

La dirigente libertaria cuestionó la marcha de Ni Una Menos, habló de un "partido feminista" y reavivó una discusión que trasciende la política de género para convertirse en uno de los ejes centrales de la disputa cultural del país.

Las declaraciones de Patricia Bullrich contra la marcha de Ni Una Menos no fueron un comentario aislado ni una reacción coyuntural. Forman parte de una estrategia política más amplia que el gobierno de Javier Milei viene desplegando desde su llegada al poder: disputar el sentido común construido durante la última década alrededor de las políticas de género y el feminismo.

Al afirmar que existe un "partido feminista" al que "no le importan los resultados sino el marketing", Bullrich apuntó directamente contra las organizaciones que convocaron a la movilización del 3 de junio, una fecha que desde 2015 se convirtió en símbolo de la lucha contra la violencia hacia las mujeres.

La discusión no es menor. Ocurre en un contexto particularmente sensible para la sociedad argentina. La movilización de este año estuvo atravesada por la conmoción generada por el asesinato de la adolescente Agostina Vega, un crimen que volvió a instalar el debate sobre la violencia de género y el funcionamiento de los mecanismos de prevención estatal.

Desde el Gobierno sostienen que durante los últimos años se consolidó una estructura burocrática vinculada a políticas de género que consumió recursos sin generar resultados proporcionales. Ese argumento es utilizado para justificar la eliminación o reducción de organismos específicos y programas heredados de administraciones anteriores.

Las organizaciones feministas responden exactamente lo contrario. Denuncian que los recortes presupuestarios, la eliminación de áreas especializadas y la reducción de programas de asistencia dejan a miles de mujeres en una situación de mayor vulnerabilidad. Además, cuestionan la narrativa oficial que presenta al feminismo como una estructura partidaria o un aparato político.

Detrás de esta confrontación existe una diferencia conceptual mucho más profunda.

Para el universo libertario, el feminismo institucionalizado se convirtió en una expresión de la política identitaria, financiada por el Estado y desconectada de las necesidades reales de la sociedad. Desde esa perspectiva, las marchas y movilizaciones son vistas como mecanismos de construcción simbólica que privilegian el impacto mediático por encima de los resultados concretos.

Para las organizaciones de mujeres, en cambio, las movilizaciones cumplen una función esencial: visibilizar un problema estructural que consideran todavía vigente. Argumentan que sin la presión social generada por movimientos como Ni Una Menos jamás se habrían impulsado reformas legales, mecanismos de protección ni cambios culturales que hoy forman parte del debate público.

Las declaraciones de Bullrich también tienen una lectura política interna. La senadora atraviesa semanas de fuerte exposición luego de diferenciarse del núcleo duro libertario en el caso de la jueza María Verónica Michelli, una decisión que generó tensiones con Karina Milei y sectores de la Casa Rosada. Diversos análisis coinciden en que la dirigente busca preservar un perfil propio dentro del oficialismo, combinando lealtad al Presidente con autonomía en temas específicos.

En ese contexto, sus críticas al feminismo no representan una ruptura con la línea oficial sino, por el contrario, una reafirmación de su pertenencia a la batalla cultural que impulsa el Gobierno.

La pregunta de fondo sigue abierta. ¿Los avances contra la violencia de género dependen principalmente de estructuras estatales específicas o de políticas generales de seguridad, justicia y desarrollo social? ¿Las marchas contribuyen a resolver el problema o sólo ayudan a mantenerlo en la agenda pública?

La respuesta probablemente no se encuentre en ninguno de los extremos.

Lo que resulta evidente es que once años después de la primera movilización de Ni Una Menos, la Argentina sigue discutiendo las mismas preguntas esenciales. Y mientras la política debate sobre presupuestos, ideologías y narrativas, los casos de violencia continúan recordando que detrás de cada estadística existen víctimas concretas cuya protección debería estar por encima de cualquier disputa partidaria.

La controversia desatada por Bullrich demuestra que el feminismo ya no es solamente una agenda de género. Se ha convertido en uno de los principales campos de batalla de la discusión cultural argentina. Y todo indica que seguirá ocupando ese lugar durante los próximos años.