La tregua que no alcanza: la interna libertaria detrás del caso Michelli

Por estos días, el Gobierno nacional enfrenta un problema que trasciende largamente el debate sobre el pliego de una jueza. La controversia alrededor de María Verónica Michelli terminó funcionando como un revelador de las tensiones que atraviesan al oficialismo y que, lejos de disiparse, parecen profundizarse a medida que La Libertad Avanza se acerca a su primera gran prueba electoral de mediano plazo.

La reacción de Patricia Bullrich frente a la decisión de retirar el pliego de Michelli fue mucho más que una diferencia técnica. Constituyó una señal política. La ministra dejó en claro que no está dispuesta a aceptar pasivamente decisiones que considera equivocadas y volvió a exhibir una autonomía que incomoda a algunos sectores del poder libertario.

La respuesta del Gobierno fue rápida. Primero, intentó bajar el tono del conflicto mediante una reunión pública entre Bullrich y Karina Milei. Luego comenzó a circular la posibilidad de convocar una nueva mesa política para transmitir una imagen de unidad. Sin embargo, detrás de las fotografías y los gestos conciliadores persiste una realidad inocultable: el oficialismo atraviesa una disputa de poder cada vez más evidente.

La tensión principal no es solamente entre Bullrich y Karina Milei. La verdadera puja se desarrolla entre los distintos centros de influencia que rodean al Presidente. Por un lado, el esquema político construido alrededor de Karina Milei y los Menem; por otro, el universo estratégico que responde a Santiago Caputo. En el medio aparecen dirigentes, legisladores y funcionarios que buscan posicionarse en una estructura donde todavía no están completamente definidos los mecanismos de toma de decisiones.

El episodio Michelli expuso además una cuestión delicada para el Gobierno: la dificultad para administrar el crecimiento de una coalición que ya no es un fenómeno electoral insurgente sino una fuerza de poder. Mientras Javier Milei conserva altos niveles de centralidad y liderazgo, sus principales colaboradores disputan espacios de influencia y representación.

No es casual que desde el entorno de Karina Milei haya comenzado a discutirse la posibilidad de crear una instancia de coordinación integrada exclusivamente por funcionarios del Poder Ejecutivo. Detrás del argumento formal de mejorar la gestión aparece un objetivo político evidente: delimitar quiénes participan de las decisiones estratégicas y quiénes quedan afuera.

En ese esquema, Patricia Bullrich representa un actor singular. Llegó al gobierno con estructura propia, experiencia de gestión y volumen político previo. A diferencia de otros dirigentes libertarios, su legitimidad no depende exclusivamente de la construcción de los Milei. Por eso cada desacuerdo adquiere una dimensión mayor.

La paradoja es que ninguno de los protagonistas parece tener interés en romper. Bullrich necesita el éxito del proyecto libertario tanto como Milei necesita mantener cohesionada una coalición que todavía carece de mayorías parlamentarias propias. Sin embargo, la ausencia de una ruptura no elimina los conflictos. Apenas los administra.

El Gobierno apuesta a que el Mundial de fútbol reduzca la intensidad de la agenda política y permita recuperar la iniciativa. Puede ocurrir. Pero las tensiones internas no desaparecerán por la simple llegada de un evento deportivo. Los desacuerdos sobre la construcción del poder, la distribución de influencia y la estrategia electoral seguirán presentes.

La pregunta que comienza a sobrevolar la Casa Rosada es si Javier Milei podrá seguir ejerciendo simultáneamente el papel de líder político, árbitro de las disputas internas y principal sostén de un equilibrio cada vez más frágil. Hasta ahora lo ha conseguido. Pero el caso Michelli dejó una enseñanza incómoda: las diferencias que antes se resolvían en privado ya empiezan a expresarse en público.

Y cuando las internas dejan de ser silenciosas, dejan también de ser un problema menor.