Marina Lambertini: de la curiosidad a coordinar 1.000 hectáreas de hortícolas

A los 13 años, la compra de un pequeño establecimiento por parte de su padre fue el desencadenante de una vocación que la llevó a graduarse en la UBA en 1992 y a dedicarse a desarrollar productores hortícolas en todo el país. Hoy coordina 1.000 hectáreas y trabaja para garantizar verduras frescas durante todo el año.

Desde que, ya en el siglo XIX, los invernaderos comenzaron a transformar la estacionalidad de los cultivos al permitir cosechas fuera de la temporada, esa innovación tecnológica ha seguido moldeando trayectorias personales y productivas. A los 13 años, Marina Lambertini descubrió que el campo iba a marcar su vida. Aunque su familia no provenía del agro, la compra de un pequeño establecimiento ganadero por parte de su padre, Gustavo Lambertini, despertó en ella una fascinación más por la figura del agrónomo que asesoraba el campo que por los animales. Pasaba horas observándolo trabajar y escuchando sus explicaciones técnicas; aquella curiosidad se transformó en vocación y se consolidó en 1992, cuando se recibió de ingeniera agrónoma en la Universidad de Buenos Aires (UBA).

No fueron los animales los que capturaron la atención de Lambertini, sino la horticultura, materia que cursó en los últimos años de la carrera con un docente de origen italiano que marcó su interés. Hoy acompaña a productores de hojas verdes y hortalizas que abastecen a una empresa dedicada al procesamiento y comercialización de vegetales frescos.

“No me olvido de aquel momento cuando mi papá compró su primer campito y yo tenía 13; ahí ya me picó el bichito; sabía que mi sueño iba por el campo”, rememoró. En el establecimiento familiar, ubicado en General Madariaga, conectó con su futura pasión: “El asesor agarraba una espiga de trigo o de maíz y explicaba que con eso ya podía calcular el rendimiento. Se convirtió en mi ídolo total”.

En aquellos años, la expansión de los invernaderos permitió prolongar la oferta de verduras durante gran parte del año, algo novedoso que la atrajo profundamente. “Antes nuestras abuelas contaban que solo había tomates en verano, pero con la aparición de los invernaderos podía haber tomates casi todo el año. Ahí dije: ‘Quiero cultivar tomates, quiero cultivar choclos’”, narró. Esa experiencia temprana fue suficiente para definir su rumbo profesional.

Marina Lambertini asesora a un grupo de productores hortícolas a lo largo y ancho del país

Los primeros pasos profesionales los dio entre 1993 y 2000 en el campo familiar, que tenía fuerte arraigo ganadero. Allí fue incorporando producción hortícola y experimentando con cultivos que la habían cautivado desde sus visitas a invernáculos universitarios. Esa etapa fue clave para pasar de la teoría a la práctica: conocer suelos, entender los tiempos de producción y gestionar el manejo de los cultivos. “Traía el agua en balsas para regar los tomates porque el agua de las napas no era apta para la producción hortícola”, describió.

Tras esa experiencia, continuó su carrera en distintas empresas del sector hasta integrarse a Sueño Verde, la firma de sus colegas de la UBA, Agustín Benito y Pablo Maceda. Para Lambertini, su trayectoria en horticultura superó un simple camino laboral: “Es eso de cuando uno sigue la pasión, más allá de lo económico”, afirmó.

Con el tiempo amplió su recorrido profesional y pasó por proyectos vinculados a la horticultura intensiva: fue parte de desarrollos en Molino Cañuelas, trabajó durante 16 años en otra firma del sector y finalmente recaló en la empresa que había admirado desde afuera. “Siempre fue mi ideal”, señaló. Hoy forma parte del equipo responsable de asegurar el abastecimiento de verduras frescas para supermercados, restaurantes, hoteles, bares y dietéticas durante todo el año y participó en el evento Mujeres que cocinan ideas.

En su día a día coordina alrededor de 1000 hectáreas, distribuidas en distintas zonas productivas del país. En verano, la producción se concentra en Mar del Plata; durante el invierno trabajan con invernaderos en la provincia de Buenos Aires y productores en Bella Vista, Corrientes; mientras que Mendoza se vuelve clave en otoño y primavera. También exploran nuevas zonas en la Patagonia, especialmente en Chubut y Neuquén, en búsqueda de temperaturas más moderadas frente a los efectos del cambio climático.

Marina Lambertini descubrió que el campo iba a marcar su vida

“Las verduras de hoja son extremadamente perecederas. Todos los días tienen que entrar los camiones con verduras frescas y seguras”, explicó. Su tarea comprende desarrollar productores, seleccionar suelos, definir semillas y acompañar técnicamente cada etapa del cultivo. “No es lo mismo hacer una lechuga en Mendoza que en Mar del Plata o en un invernadero en Buenos Aires”, comparó.

La producción se centra en verduras de hoja —lechuga, rúcula, espinaca, radicheta— y también en tomates cherry. Pero detrás de una ensalada lista para consumir existe una cadena compleja: producción, lavado, trazabilidad, logística y distribución. “Trabajamos en toda la cadena de valor: desde elegir la semilla y el productor aliado, hasta la transformación y la logística para llegar a las cocinas de los restaurantes o las familias”, detalló.

Lambertini se especializó en el trabajo directo con productores hortícolas. Actualmente coordinan entre 10 y 12 productores fijos, aunque en zonas nuevas llegan a operar con más de 15 simultáneamente. “La horticultura en Argentina es muy informal. Hay productores que ni siquiera están inscriptos. Nosotros buscamos desarrollar otra forma de trabajar, compartiendo conocimientos, tecnología y trazabilidad”, sostuvo.

Marina Lambertini con una productora hortícola en Mar del Plata

Uno de los ejes centrales de su trabajo es la implementación de Buenas Prácticas Agrícolas (BPAs) y el uso responsable de agroquímicos. “Lo importante es hacer un manejo responsable. Trabajamos con productos permitidos por Senasa, respetando dosis y períodos de carencia. Buscamos siempre los menos nocivos para el aplicador, el consumidor y el medio ambiente”, aseguró.

Lambertini también señaló la falta de financiamiento, la escasa mecanización y la dificultad para conseguir mano de obra. Mientras en otros países muchas tareas ya están mecanizadas, en Argentina gran parte de la producción sigue dependiendo del trabajo manual. “Acá todavía se cosecha agachado, con un cuchillo al ras de la tierra. Tardás muchísimo tiempo y necesitás muchísima mano de obra para sostener el ritmo de producción. El componente de mano de obra en el costo de una lechuga supera el 30%”, explicó.

La situación es más crítica en cultivos de hoja, donde la velocidad de cosecha y procesamiento es determinante por la corta vida útil de los productos. Para ella, la mecanización no solo aumentaría la eficiencia, sino que también aliviaría la presión laboral: “Cada vez hay menos gente dispuesta a hacer este tipo de trabajos. Son tareas muy duras, bajo el sol, con frío o humedad, y las nuevas generaciones buscan otra calidad de vida. Podés pagar salarios de acuerdo a lo que vale tu producto, pero la horticultura funciona mucho por oferta y demanda”, añadió.

Marina Lambertini en un invernáculo en Corrientes

Según describió, la incorporación de maquinaria podría cambiar radicalmente la competitividad del sector. Hoy existen dificultades para importar tecnología, incluso usada, y acceder a créditos que permitan esa transformación. “En otros países ya existen máquinas que permiten combatir malezas sin agroquímicos y sin necesidad de hacerlo manualmente. Acá todavía estamos muy lejos de eso”, indicó.

Otro problema es que los costos de importación siguen siendo elevados y no hay líneas de financiamiento específicas para la horticultura. “Para un productor individual es prácticamente imposible hacer esa inversión”, relató.

Marina Lambertini en un establecimiento de Mendoza

La apertura a la importación de maquinaria agrícola usada genera expectativas en el sector, aunque Lambertini advirtió que persisten limitaciones económicas. “Es una alternativa interesante porque muchas veces la maquinaria nueva es inaccesible, pero igual los sobrecostos de importación siguen siendo altos. Tenemos condiciones climáticas muy diversas y regiones con alto potencial productivo. Lo que falta es inversión, tecnología y financiamiento para dar ese salto”, concluyó.

Análisis y proyecciones: La horticultura intensiva en Argentina opera hoy en la intersección entre demanda creciente de productos listos para el consumo y una provisión todavía fragmentada y poco formalizada. Desde una perspectiva económica, la adopción de maquinaria y tecnología es la vía más clara para reducir costos laborales —que representan más del 30% en algunos productos— y mejorar tiempos de postcosecha y trazabilidad. Si se implementaran políticas de crédito adaptadas al tamaño y estacionalidad del negocio hortícola y se facilitaran importaciones de equipos usados, es probable que en la próxima década se observe una moderada aceleración en la modernización de procesos. No obstante, sin medidas de acompañamiento la transición será lenta: la teoría de difusión de innovaciones sugiere que la adopción masiva requiere tanto incentivos económicos como demostraciones exitosas en parcelas piloto y capacitación técnica.

Evolución del tema y de las posturas: En los últimos años hasta 2023 la horticultura argentina mostró una mayor conciencia sobre trazabilidad y seguridad alimentaria, impulsada por la demanda de supermercados y cadenas de restaurantes. Las Buenas Prácticas Agrícolas y la regulación de Senasa adquirieron mayor centralidad, y algunos actores comenzaron a formalizar esquemas de producción y comercialización. Sin embargo, la postura de muchos productores frente a la mecanización se mantuvo conservadora por barreras de entrada financieras y logísticas. Al mismo tiempo, empresas y coordinadores como Lambertini pasaron de un rol técnico puntual a uno integrador: ahora gestionan redes de productores, logística y calidad para responder a cadenas de valor más exigentes. El desafío persistente ha sido equilibrar la modernización tecnológica con la realidad microeconómica de pequeños y medianos productores.