Riquelme, punto de quiebre
El fracaso en la Copa Libertadores corona un semestre marcado por incoherencias tácticas, lesiones, expulsiones y una Bombonera que perdió su influencia, y podría acelerar cambios en el cuerpo técnico y en la estrategia institucional.
“Boca ganó seis Copas Libertadores entre 1977 y 2007, una historia que subraya cuánto pesa este torneo en la identidad del club”: esa paradoja histórica sirve de entrada para explicar la magnitud del fracaso actual. La eliminación en la fase de grupos no fue una sorpresa aislada de la noche decisiva: fue la culminación de errores en decisiones, plantel y dirección que se acumularon a lo largo de semanas y terminaron con un golpe profundo al prestigio boquense.
La derrota deportiva tuvo consecuencias políticas: Boca quedó eliminado de la Copa Libertadores y el costo recayó con dureza sobre la figura de Juan Román Riquelme. La crisis no nació en el último partido, sino que fue el resultado de una concatenación de desaciertos —diseño de plantel, elecciones técnicas, lesiones claves y sanciones disciplinarias— que dejaron al club sin la posibilidad de soñar y con una gestión cuestionada.
1) Un proyecto a la deriva
La gestión deportiva de Riquelme perdió respaldo progresivamente. El presidente volvió a privilegiar una concepción donde el entrenador tiene un papel secundario y esa lógica no encontró respuesta en el rendimiento: Boca fracasó en la Libertadores, un certamen que, en palabras de la dirigencia, equivale a diez campeonatos locales. Se conformó una plantilla competitiva en nombre, pero desbalanceada en la práctica: sectores como el lateral derecho rotaron entre Marcelo Weigandt, Juan Barinaga y Malcom Braida sin hallar una solución confiable, mientras que varios futbolistas con recorrido en el club quedaron relegados, caso Agustín Martegani o Lucas Janson.
En agosto de 2025 se anunció la disolución del Consejo de Fútbol, el órgano que articulaba la relación con el plantel, el cuerpo técnico y las negociaciones de refuerzos, y también se comunicó la salida de Raúl Cascini y Mauricio Serna. Ese Consejo ya había sido cuestionado en 2024 por errores administrativos —como el envío fuera de término de la lista de buena fe para la Copa Sudamericana— que privaron al equipo de variantes en momentos decisivos. Pese a los cambios formales, ambos siguieron influyendo en decisiones importantes y, según fuentes internas, el colombiano a cargo de algunas gestiones encabezó conversaciones por la contratación de Sebastián Villa.
Riquelme concentró poder y tomó decisiones en un entorno reducidamente consensuado, dentro de una estructura que se describe como verticalista. Las reuniones de comisión directiva son esporádicas y, cuando existen, suelen refrendar resoluciones ya definidas por el círculo íntimo. Esa centralización, unida a promesas incumplidas y a la ausencia de éxitos en lo deportivo, erosionó parte del respaldo que Riquelme había construido en su figura pública y dejó en evidencia el costo político de la gestión futbolística: cero títulos en su mandato hasta la fecha del balance.
2) La ratificación de Ubeda
La continuidad de Claudio Ubeda fue una decisión que marcó el semestre. La eliminación ante Racing en la Bombonera, el 7 de diciembre de 2025, constituyó una primera señal de alarma: en ese partido Ubeda decidió sustituir a Exequiel Zeballos, el futbolista más desequilibrante del equipo, una acción que encendió polémica entre hinchas y dirigentes. Después de semanas de evaluación, la dirigencia terminó ratificando al técnico en su cargo pocos días antes de la pretemporada, otorgándole una última oportunidad para competir por la Copa.

La elección de sostener a Ubeda fue coherente con la visión presidencial: si el plantel tiene jerarquía, el entrenador puede cumplir un rol secundario. Durante el semestre acumuló resultados positivos —incluyendo un 2-0 ante River en la Bombonera— aunque el equipo rara vez convenció por funcionamiento: predominó un perfil de entrenador de bajo perfil, cercano al grupo, apreciado por los jugadores, pero sin capacidad para imponer una idea futbolística clara. Con la eliminación consumada y un contrato próximo a vencer, la continuidad de Ubeda aparece hoy improbable.
3) No construir una idea clara
La confirmación tardía del entrenador se replicó en un mercado de pases errático. La larga negociación por el extremo colombiano Martino Hinestroza, que terminó en Vasco da Gama, dejó a Boca sin el intérprete para un esquema previsto con tres delanteros. Ubeda se vio obligado a ensayar dibujos y nombres improvisados: la aparición goleadora de Adam Bareiro modificó el plan inicial, y la secuencia de lesiones terminó por imponer a juveniles que no habían sido parte de la pretemporada, como Tomás Aranda.

Las circunstancias dominaron la propuesta: Boca nunca logró asentar una idea central. Se alternó entre presionar alto y retroceder, entre buscar protagonismo o resguardarse, generando un equipo con intensidad pero sin funcionamiento colectivo sólido. Esa inconsistencia se tradujo en resultados irregulares y en la sensación de que el plantel nunca encontró su mejor versión.
4) Los cambios de Ubeda
En momentos clave, las intervenciones tácticas del entrenador terminaron perjudicando al equipo. Ante Católica se vio a un Boca partido, con una línea de tres improvisada que dejó casi sin mediocampo al equipo; el riesgo pudo justificarse por el contexto, pero en otros encuentros esa ruptura del equilibrio le costó puntos decisivos.
En Belo Horizonte, con un hombre menos por la expulsión de Bareiro, el equipo no sufría demasiado, pero Ubeda optó por una modificación defensiva temprana —el ingreso de Nicolás Figal por Aranda— que invitó al rival a adelantarse y terminó con una derrota sobre la hora. En Guayaquil, en un partido condicionado por malas condiciones del campo, expulsiones y la lesión de Leandro Brey, Ubeda volvió a arriesgar con cambios ofensivos que expusieron al equipo a un contragolpe letal y acabaron por definir la suerte del grupo.

Esas decisiones, repetidas en distintos contextos, terminaron por definir una campaña que mostró, en momentos determinantes, falta de lectura y de ajustes tácticos adecuados.
5) La gestión del éxito
Cuando el equipo logró resultados positivos no supo gestionar el buen momento. Esos tramos de éxito le dieron aire en la tabla, pero también potenciaron conductas que terminaron siendo negativas: jugadores expulsados, reacciones desordenadas y una tendencia a llevar los partidos al límite físico y emocional en vez de buscar el control y la serenidad.
Así, Bareiro fue expulsado en Brasil acumulando faltas menores tras advertencias arbitrales; Ascacibar recibió tarjeta roja por una patada en la cabeza de un adversario en Guayaquil; y Ayrton Costa sumó amonestaciones que lo dejaron afuera del duelo con Católica. El conjunto terminó transformándose en un rival hostigable, pero esa agresividad muchas veces le pasó factura.

6) Expulsiones determinantes
Las expulsiones de Bareiro y Ascacibar obligaron a rearmar un equipo con variantes que no estuvieron a la altura: errores en el refuerzo de puestos claves y el bajo rendimiento de algunos suplentes terminaron limitando las soluciones. En resumen, fueron sanciones evitables que incidieron directamente en una campaña pobre en la Copa: dos triunfos, un empate y tres derrotas.
Con Bareiro fuera y Cavani lesionado, Milton Giménez debió asumir como referencia ofensiva: un delantero combativo, pero con menos Recursos técnicos y sin la plena recuperación tras una larga rehabilitación por pubalgia. La ausencia de Ascacibar redujo alternativas en el mediocampo: Tomás Belmonte, con menos dinamismo, y luego Ander Herrera, con escasa continuidad en el año, ofrecieron soluciones parciales, y en el caso de Herrera su salida en el entretiempo evidenció la falta de ritmo.

En el arco, la sustitución de Marchesín por Leandro Brey tampoco brindó certezas. Un guardameta con poco rodaje tiende a rendir por debajo de sus posibilidades: Brey sufrió una lesión en Guayaquil y cometió un error compartido con Milton Delgado en el partido ante Huracán que pareció minar su confianza. Frente a Católica no fue responsable del gol rival, pero tampoco logró aprovechar la oportunidad para consolidarse.
7) Lesiones en momentos clave
Las lesiones fueron un enemigo constante durante 2026. Edinson Cavani y Carlos Palacios no sumaron minutos en el año; Rodrigo Battaglia y Agustín Marchesin requirieron cirugía; Milton Giménez y Exequiel Zeballos recién volvieron en abril; Adam Bareiro se perdió la definición del grupo; y Miguel Merentiel jugó en la última fecha con un desgarro. Esa acumulación de ausencias minó la posibilidad de encontrar una consistencia colectiva.

En algunos casos las lesiones fueron fortuitas; en otros, la recuperación demoró más de lo esperado. La insistencia dirigencial por recuperar a figuras como Cavani mostró la tensión entre la necesidad de resultados inmediatos y la capacidad real de los jugadores para rendir al más alto nivel tras largas inactividades.
8) El nivel de Paredes
La llegada de Leandro Paredes renovó la voz de mando en el vestuario y ayudó a ordenar al plantel tras episodios conflictivos como la salida de Marcos Rojo tras el Mundial de Clubes. En lo interno aportó liderazgo y sostén para cuerpos técnicos y juveniles, pero su rendimiento en la cancha fue irregular: alternó partidos de influencia con otros en los que sus intervenciones fueron esporádicas.

Además, su comportamiento en la cancha en ocasiones lo llevó a focalizarse en el roce y en la protesta a los árbitros más que en la construcción del juego. Cuando logró concentrarse e imponer su jerarquía marcó la diferencia; el problema fue que esos instantes fueron insuficientes y demasiado intermitentes para marcar el rumbo del equipo.
9) La falta de eficacia
La eficacia ofensiva fue un déficit que se notó también en el plano internacional: Boca convirtió apenas seis goles en la fase de grupos tras rematar 86 veces. Hubo partidos sin remates al arco y otros con abundantes disparos poco efectivos: ante Cruzeiro o Católica la estadística mostró 50 disparos, 12 al arco y solo un gol. Más allá de la mala fortuna, pesaron la falta de jerarquía y el bajo estado físico de varios intérpretes.

Ningún jugador de Boca logró más de un gol en toda la Copa: los tantos se repartieron entre Bareiro, Herrera, Lautaro Di Lollo, Paredes, Merentiel y Ascacibar. El máximo anotador de la fase de grupos fue Alex Arce, de Independiente Rivadavia, con ocho conquistas —dos más que todo Boca junto—, una estadística que resume la falta de contundencia del equipo.
10) La Bombonera sin aura
La Bombonera, históricamente un escenario que pesó en los partidos internacionales, perdió parte de su influencia. Boca cerró la fase con dos encuentros en casa y necesitaba ganar al menos uno para seguir con vida; ante Cruzeiro el empuje popular no bastó y el aliento fue apagándose durante el segundo tiempo. Contra Católica, la fiesta previa no se tradujo en un impulso sostenido y la pálida reacción del público quedó en evidencia: apenas los bombos y un tibio reclamo al final.

No hubo sintonía entre el público y un equipo que transmitió impotencia más que rebeldía: incluso una jugada dudosa como la caída de Zeballos en el área apenas suscitó reclamos masivos. Al finalizar el partido, la consigna de “que se vayan todos” resonó desde varios sectores del estadio, síntoma de una fractura entre la tribuna y la dirigencia.
Frente a Católica se consumó la quinta eliminación consecutiva en la Bombonera, un golpe duro para un club que siempre hizo de su estadio una fortaleza y que hoy, en medio de esta racha, parece acostumbrado a acumular decepciones.
Análisis y Proyecciones
La conjunción de decisiones dirigenciales centralizadas, una planificación deportiva errática y la falta de una idea futbolística consolidada suelen profundizarse si no se aplican cambios estructurales. Desde la perspectiva estratégica, es probable que la eliminación acelere movimientos: renovación del cuerpo técnico, readecuación del plantel —con prioridad en laterales, mediocampistas de contención y un finalizador de área— y revisiones en los métodos de scouting y recuperación física para reducir el impacto de las lesiones. A mediano plazo, sin correcciones profundas, el club corre el riesgo de ver erosionada su capacidad competitiva internacional y de vivir ciclos más cortos de paciencia dirigencial, con impacto en el mercado de pases y en la percepción social del proyecto.
Evolución en los últimos años
En los últimos años el club transitó un proceso de centralización de decisiones en torno a figuras emblemáticas, tendencia que hasta 2023 ya mostraba signos de tensión entre gestión y resultados deportivos. La figura de Riquelme, inicialmente celebrada por su vínculo con la historia del club y su entendimiento con la base social, fue adquiriendo una impronta más verticalista: menos consensos, decisiones ejecutivas y prominencia de un círculo de confianza en lo futbolístico. Ese proceso se acentuó con episodios administrativos y errores en torneos internacionales que, sumados a la falta de títulos, terminaron por debilitar su base política.
En el plano deportivo, la alternancia de entrenadores y la búsqueda constante de parches para problemas estructurales —lateral derecho, creación en el mediocampo y eficacia ofensiva— no permitió consolidar un estilo. La incorporación de referentes no siempre se tradujo en rendimiento sostenido, y la gestión de lesiones y de la plantilla mostró carencias en planificación física y médica. Hasta la fecha de esta nota, esa evolución sugiere la necesidad de revisar roles, procesos y prioridades para recuperar una hoja de ruta coherente y ejecutable.
























