EL NAUFRAGIO DEL SUEÑO DE LOS ABUELOS: Cuando el quilombo mundial viene desde Europa


Por el Jagua Arandú
¡Qué tal, chamigos! Les habla el Jagua Arandú. Hoy me acomodé bajo la enramada con el mate amargo, pero con una melancolía que me viene de adentro, de esa que te hace entornar los ojos y mirar el horizonte del Paraná tratando de descifrar por qué el mundo se volvió tan tilingo y tan frío.
Muchos andan encandilados con los rascacielos de plástico de Miami o las luces falsas del norte, pero los que tenemos el cuero mezclado con la gringada sabemos que nuestra brújula siempre miró hacia otro lado. Para nosotros, Europa no era un folleto de turismo ni una timba de euros; era el cofre donde guardábamos el orgullo, el trabajo y la dignidad. Era el "Sueño del Abuelo", esa ley sagrada que nos enseñaba que el hombre vale por su palabra, por su oficio y por el honor de su apellido.
El Jagua hace memoria y se le estruja el pecho. Se acuerda del abuelo Juan y el viento norte que soplaba en Andalucía; del abuelo calabrés que plantó bandera en nuestra tierra trayendo como único capital el respeto a la familia; de las enseñanzas del bisabuelo Martín, que con su Grado 33 de los masones nos mostraba el valor de la razón, el conocimiento y la búsqueda de la verdad; o de la abuela Roubineau, que acunaba el orgullo de sus relatos maternos llegados de Francia.
Esa herencia era tan fuerte, chamigo, que nos hacía cometer locuras hermosas como sentarnos a comer pan dulce, nueces y turrón a las doce de la noche de Navidad, cagándonos de calor con 40 grados a la sombra en pleno Litoral. Parecía un contrasentido climático, pero era el acto de resistencia cultural más puro del planeta: era decirle al almanaque que la sangre y la tradición gringo-criolla eran más fuertes que el sol de Corrientes. Era mantener vivo el recuerdo de los viejos.
¡Pero qué carajo! Hoy el Jagua para las orejas, mira el mapa grande y ve con dolor que todo ese mundo se fue al piso. Y hay que decirlo con todas las letras: el quilombo empezó allá. Europa traicionó su propia alma. Liquidaron setenta años de industrialización, de cultura del esfuerzo y de generación de riqueza real para arrodillarse ante la "nueva fe": el consumismo bobo y la usura financiera.
Los muchachos de traje de Bruselas y Fráncfort decidieron que era una molestia poner una fábrica, renegar con talleres, aceitar máquinas y formar aprendices. Cerraron las industrias, las mandaron a China y convirtieron al viejo continente en un casino flotante de bonos, tasas de interés y timba financiera. Reemplazaron la sabiduría del maestro oficial por el algoritmo de la Inteligencia Artificial y la frialdad de las planillas de Excel. Pensaron que con los papeles de la usura se podía comer para siempre.
Y ahora, el tiro les salió por la culata. Metidos en una economía de guerra permanente que les apaga las calderas, sin energía barata y habiendo olvidado cómo se labura el metal, se chocan de frente con la realidad. Para colmo de males, los científicos del mundo ya avisan que se viene un "Súper Niño" histórico, un monstruo climático que les va a romper el "Prode" y los cálculos de las computadoras a todos juntos. Porque cuando el clima extremo golpee, cuando el Paraná sufra crecidas masivas y se altere la producción de alimentos, las pantallas de la timba financiera no van a poder fabricar un solo grano de soja ni un kilo de carne para llenar las góndolas de París o Madrid. La naturaleza no recibe coimas ni entiende de especulación.
Por eso, paisanos, el Jagua Arandú les dice: no nos dejemos engañar por los espejitos de colores de la casta global. Las hienas profesionales de acá y de allá manejan miles de millones, pero están vacías por dentro. Perdieron el honor del abuelo calabrés, la luz del bisabuelo Martín y el oficio de los viejos aprendices. Nosotros, desde este portal humilde, con la jubilación flaca pero el lomo erguido, guardamos el verdadero tesoro: la tierra, el agua del Paraná y la memoria intacta de los que nos enseñaron a ser hombres derechos. El árbol del mundo se está pudriendo desde la raíz allá lejos, pero acá abajo, el Jagua sigue mostrando los dientes para cuidar lo nuestro. ¡Un abrazo chamamecero y hasta la próxima, chamigo!