Entre el rebote y la caída: la economía de Milei frente a su propio punto de quiebre
La economía argentina transita hoy una zona ambigua: entre la promesa del rebote y el riesgo latente de un nuevo desencanto. El diagnóstico no surge de la oposición política sino, como detalla el artículo de Clarín, de bancos de Wall Street, consultoras y economistas locales que empiezan a marcar un límite a la narrativa oficial.
El dato más sugerente lo aporta el banco Itaú: el mercado accionario —con el Merval en dólares rozando los 2.000 puntos— se encuentra en un “umbral”. No es la primera vez que Argentina alcanza esos niveles, pero sí bajo condiciones distintas. A diferencia de ciclos anteriores, hoy el país presenta un déficit de cuenta corriente acotado y un perfil exportador energético en expansión. Esa combinación reduce, al menos en teoría, el riesgo de una crisis cambiaria clásica.
Sin embargo, esa fortaleza macro relativa convive con señales preocupantes. La más evidente es la desconexión entre expectativas e inversiones reales: mientras se anuncian más de US$100.000 millones en proyectos vinculados al RIGI, los datos del Banco Central muestran una caída de US$535 millones en la inversión extranjera directa desde la asunción de Javier Milei. La brecha entre promesa y ejecución sigue siendo, por ahora, estructural.
El frente externo, además, introduce una variable de riesgo que escapa al control local. El shock energético global —agravado por la crisis en Medio Oriente y el impacto sobre el estrecho de Ormuz— no ha desatado aún turbulencias financieras, pero sí podría afectar el crecimiento real. De hecho, estimaciones citadas en el artículo sugieren que podría restar alrededor de un punto porcentual al PBI. En paralelo, la mejora de la calificación crediticia a B- por parte de Fitch aparece como un respaldo, aunque insuficiente para disipar dudas de fondo.
Pero el núcleo del problema es doméstico. La economía sigue “deprimida o en retroceso”, según Martín Rapetti, con un primer trimestre sin crecimiento y expectativas de rebote recién a partir del segundo. Ese rebote, sin embargo, no está garantizado: depende de la baja de tasas, la estabilización inflacionaria —que podría ubicarse en torno al 2,4% mensual en abril— y, sobre todo, de que el ajuste no termine asfixiando la actividad.
Aquí emerge la principal tensión del programa económico. El Gobierno necesita sostener el superávit fiscal comprometido con el FMI (1,4% del PBI), pero lo hace en un contexto de caída sostenida de la recaudación —nueve meses consecutivos en términos reales—. Como advierte la Fundación Capital, cumplir esa meta implicaría llevar el gasto público al nivel más bajo de la última década, lo que tensiona partidas sensibles y limita el margen político.
En ese equilibrio inestable se juega algo más que una variable técnica. Si la actividad no reacciona, no solo se resiente el ingreso de la población: también se debilita la propia arquitectura del ajuste. Menos consumo implica menos recaudación, y menos recaudación obliga a profundizar el recorte. Es un círculo que puede volverse contractivo.
El artículo introduce una imagen potente para describir este riesgo: la economía podría pasar de la “ilusión” al “desencanto” si no logra sostener el esfuerzo fiscal sin dinamizar el crecimiento. No es una advertencia teórica. La historia económica argentina está atravesada por programas de estabilización que comenzaron con credibilidad y terminaron erosionados por la falta de resultados en la economía real.
En ese contexto, el mercado ya no observa únicamente la inflación —variable en la que el Gobierno ha concentrado su narrativa—, sino la capacidad efectiva de reactivación. La pregunta dejó de ser cuánto bajan los precios y pasó a ser si la economía vuelve a moverse.
Porque, en definitiva, el verdadero umbral no es el del Merval. Es el de la confianza. Y ese se define menos por los anuncios que por la consistencia entre ajuste, crecimiento y resultados concretos. Si esa ecuación no cierra, la cascada a la que alude el artículo dejará de ser una metáfora para convertirse en dinámica económica.
























