Milei, entre el desgaste político y una economía que no reacciona

Por estos días, la narrativa de Javier Milei atraviesa una zona de tensión evidente: mientras insiste en presentarse como el principal afectado por el ajuste que impulsa, los indicadores económicos y el clima social parecen contar otra historia. El contraste entre el discurso presidencial y la percepción pública se amplía, en un contexto donde la paciencia social empieza a mostrar límites.

El diagnóstico que traza The Economist es claro: el Gobierno enfrenta una combinación incómoda de escándalos políticos y una economía que no termina de estabilizarse. A pesar de haber logrado una desaceleración inicial de la inflación —uno de los principales activos del oficialismo—, la tendencia volvió a revertirse en los últimos meses. La suba sostenida de precios, junto con la caída de la actividad, erosiona el capital político acumulado tras las elecciones legislativas.

El frente político tampoco ofrece alivio. Las investigaciones vinculadas al caso de la criptomoneda $LIBRA y las denuncias que alcanzan al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, introducen ruido en un Gobierno que había hecho de la “casta” su principal adversario retórico. Aunque no hay imputaciones formales contra el Presidente, la acumulación de indicios y la exposición mediática impactan en la credibilidad, un activo central para una gestión que depende en gran medida de expectativas.

En paralelo, la estrategia oficial frente a la prensa —con ataques sistemáticos y restricciones de acceso— agrega un componente de confrontación que tensiona aún más el clima político. La lógica de polarización, que en una primera etapa resultó funcional para consolidar una base de apoyo, hoy muestra rendimientos decrecientes frente a una sociedad más preocupada por el empleo y el poder adquisitivo que por la batalla cultural.

En el plano económico, los desafíos son más estructurales. La contracción del PIB, la caída del consumo y el freno en sectores intensivos en empleo como la industria y la construcción configuran un escenario recesivo. El modelo de estabilización, basado en un fuerte ajuste fiscal y una política monetaria restrictiva, logró ordenar algunas variables, pero al costo de enfriar la actividad. La apuesta a sectores dinámicos como energía, minería y agro tiene potencial, pero su capacidad de absorción laboral es limitada en el corto plazo.

El tipo de cambio juega un rol ambiguo. Un peso relativamente fuerte ayudó a contener la inflación en una primera etapa, pero al mismo tiempo deteriora la competitividad de sectores productivos clave. La consecuencia es un entramado productivo bajo presión, con empresas que enfrentan costos altos y una demanda debilitada.

El Gobierno empieza a insinuar un cambio de prioridades, con señales de flexibilización en las tasas de interés para apuntalar el crecimiento. Sin embargo, ese giro implica riesgos: una relajación prematura podría reavivar la inflación y profundizar la incertidumbre cambiaria. La falta de un ancla clara y previsible en la política monetaria es, hoy, una de las principales observaciones de los analistas.

Aun así, no todo el escenario es negativo. Las proyecciones de crecimiento para el año se mantienen moderadamente optimistas, sostenidas en la expectativa de mayores exportaciones y en un eventual ingreso de inversiones en sectores estratégicos. Además, el Gobierno logró recomponer parcialmente las reservas, aunque a costa de destinarlas en gran medida al pago de deuda.

El verdadero desafío de Milei es político tanto como económico. Con elecciones en el horizonte, necesita evitar una dinámica de deterioro simultáneo: caída en las encuestas, desconfianza de los mercados y mayor fragilidad macroeconómica. En la Argentina, esos procesos suelen retroalimentarse.

El Presidente construyó su identidad sobre la promesa de romper con las recetas del pasado. Hoy enfrenta una prueba más compleja: demostrar que su programa no solo ordena, sino que también genera crecimiento y mejora tangible en la vida cotidiana. El margen de error se achica. Y el tiempo, como advierten incluso quienes aún confían en su rumbo, empieza a ser un recurso escaso.

 

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