El eje central no es Adorni ni un episodio puntual: es la relación entre poder político y prensa.

Milei, los medios y una estrategia conocida

El artículo describe cómo Javier Milei intensifica su confrontación con el periodismo, llegando a calificarlo de “chorros y delincuentes”. No es un fenómeno nuevo en América Latina ni en la Argentina. Es, en términos de comunicación política, una estrategia de polarización deliberada: construir un enemigo claro para consolidar identidad y cohesión en la base propia.

Borensztein subraya un punto clave:

“culpar de sus desgracias a los medios y atacarlos no solo nunca sirvió para nada, sino que siempre terminó jugando en contra”.

Este argumento no es meramente opinativo; se apoya en antecedentes históricos.

El precedente peronista: una lección ignorada

El texto rescata una frase de Juan Domingo Perón pronunciada el 14 de junio de 1974:

“con todos los medios en contra llegamos al poder y con todos los medios a favor nos rajaron a patadas”.

Más allá del tono, el concepto es sólido: la relación con los medios no determina por sí sola la legitimidad política ni la permanencia en el poder.

Borensztein recuerda que tras ese debate sobre la estatización de canales, el Estado terminó controlando la TV, pero eso no evitó la crisis política posterior. Es decir: dominar el ecosistema mediático no garantiza gobernabilidad.

El kirchnerismo como espejo

El artículo también menciona a Cristina Fernández de Kirchner, quien en 2011 logró el 54% de los votos con gran parte de la prensa en contra. Ese dato es central porque contradice la idea de que los medios “definen” resultados electorales.

Sin embargo, el giro posterior —intentar construir un sistema de medios afines— es presentado como un error estratégico que contribuyó al cambio político en 2015.

La paradoja que plantea Borensztein

Uno de los puntos más filosos del texto es este:
muchos periodistas hoy atacados por el oficialismo fueron actores relevantes en investigaciones contra el kirchnerismo.

Ejemplo citado: Jorge Lanata, figura central en denuncias como la “ruta del dinero K”.

La crítica implícita es doble:

Reescritura del pasado político: el oficialismo actual se presenta como protagonista de batallas que otros libraron antes.
Inconsistencia discursiva: se deslegitima a actores que antes resultaban funcionales a la narrativa anticorrupción.

El episodio Adorni: síntoma, no causa

El caso de Manuel Adorni aparece como disparador, pero el propio artículo lo minimiza. La interpelación de más de seis horas y “casi 2.000 preguntas” termina opacada por el episodio de Rodolfo Tailhade, que expone información personal de la familia de Adorni.

Borensztein lo usa para mostrar algo más amplio:
el deterioro del debate político, donde el carpetazo reemplaza a la discusión de fondo.

Una lectura más estructural

Si se limpia la ironía del texto, queda un diagnóstico bastante clásico:

Los gobiernos tienden a confrontar con la prensa cuando enfrentan desgaste.
Esa confrontación moviliza a la base, pero reduce la calidad institucional.
A largo plazo, suele ser contraproducente.

Y sobre todo, deja una advertencia que atraviesa décadas de historia argentina:
ningún oficialismo logra disciplinar a los medios sin pagar costos políticos.

Cierre

La columna no es neutral —ni pretende serlo—, pero plantea una cuestión que excede a Javier Milei:
la tentación recurrente del poder de convertir al periodismo en adversario estructural.

La evidencia histórica que cita —Perón, el kirchnerismo— sugiere que esa estrategia, más temprano que tarde, termina debilitando al propio gobierno que la impulsa.

 

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