La inflación se atrinchera: el Gobierno enfrenta la batalla más difícil cuando el triunfo parecía asegurado
La inflación dejó de ser, para el Gobierno, el trofeo más exhibible de la estabilización y empezó a convertirse en la prueba más incómoda de sus límites. El 3,4% de marzo no sólo quebró la expectativa oficial de una desaceleración lineal; expuso algo más profundo: Javier Milei logró domar la macro, pero todavía no consigue derrotar la cultura defensiva de precios que domina la economía argentina.
Ese es hoy el verdadero drama de la “última milla”.
El oficialismo tiene razones objetivas para defender lo hecho. Recibió una economía corriendo al 281% anual, con emisión descontrolada, déficit fiscal crónico y un sistema de precios totalmente distorsionado. En ese terreno, el ajuste fiscal extremo, la licuación del gasto y el freno absoluto a la maquinita permitieron una desinflación inicial que, en términos técnicos, fue tan veloz como políticamente costosa.
Bajar de una inflación anualizada cercana al 300% a la zona del 30% no es un dato menor. Es, de hecho, el mayor activo económico de la administración Milei.
Pero toda estabilización encuentra su momento de verdad cuando debe pasar de la épica del derrumbe inicial a la cirugía fina sobre la inercia. Y es allí donde el plan empieza a mostrar resistencias.
La inflación de marzo confirmó que el problema ya no está en la gran macroeconomía, sino en los mecanismos microscópicos de formación de precios: logística, combustibles, servicios, márgenes empresariales, expectativas de reposición, puja distributiva y, sobre todo, memoria inflacionaria. La Argentina aprendió durante décadas a remarcar por las dudas. Desaprender eso es mucho más difícil que cerrar el grifo monetario.
El Gobierno insiste, con razón parcial, en que el episodio preelectoral, la dolarización de carteras y la caída de la demanda de dinero introdujeron ruido sobre un sendero que venía ordenado. Pero la explicación monetaria, aun siendo válida, empieza a resultar insuficiente frente a un fenómeno que ya se volvió más sociológico que financiero.
La economía argentina funciona hoy con una lógica de cobertura permanente: nadie quiere ser el último en ajustar su precio relativo, porque todos temen quedarse atrasados frente al siguiente shock. Esa conducta no se corrige sólo con superávit, sino con tiempo, credibilidad sostenida y una coordinación más fina entre expectativas, salarios y costos regulados.
Por eso marzo fue más que un mal dato. Fue una advertencia.
La inflación acumulada del primer trimestre ya consumió casi toda la meta implícita con la que el oficialismo imaginaba 2026. Y aunque abril probablemente muestre una mejora, el mercado empieza a asumir que perforar el 2% mensual y acercarse al 1% será mucho más trabajoso de lo que prometía la narrativa triunfalista de hace apenas unos meses.
Ahí aparece la paradoja central del mileísmo económico: el éxito rotundo de la primera fase elevó tanto las expectativas que cualquier mes arriba de 3% luce como una derrota, incluso cuando el país viene de una catástrofe nominal histórica.
La política también juega. Milei necesita que la inflación vuelva a bajar no sólo para consolidar la recuperación, sino para blindar el capital simbólico de su gestión en un momento donde otros frentes —desde el desgaste político hasta los escándalos internos— empezaron a erosionar la centralidad del relato económico.
La última milla suele ser la más dura en cualquier carrera. En la inflación argentina, además, es la más traicionera: exige menos motosierra y más precisión quirúrgica.
La pregunta ya no es si el Gobierno sabe cómo frenar una economía al borde del abismo. Ya lo demostró.
La incógnita decisiva es otra: si sabrá ganar la guerra silenciosa contra la inercia, justo cuando la épica del ajuste dejó de alcanzar.
























