Inflación sin dólar: la paradoja que complica la meta soñada del Gobierno

a inflación volvió a convertirse en el principal desafío político y económico del oficialismo. El dato de 9,4% acumulado en el primer trimestre no sólo sorprendió por su magnitud, sino por su carga simbólica: en apenas tres meses se consumió casi por completo la meta anual de 10,1% que el Gobierno había fijado en el Presupuesto 2026. Una meta que hoy luce más cerca de la expresión de deseo que de un objetivo alcanzable. (clarin.com)

La paradoja es todavía más inquietante porque esta vez el viejo culpable argentino no está en escena. El dólar cayó 6,5% en lo que va del año, impulsado por una mayor oferta de divisas de exportadores, colocaciones de deuda de provincias y empresas, y una demanda interna debilitada por falta de pesos, menor consumo e importaciones deprimidas. (clarin.com)

Es decir: el tipo de cambio dejó de presionar sobre los precios, pero la inflación no cedió.

Cuando el dólar deja de ser excusa

Durante décadas, la dinámica inflacionaria argentina estuvo asociada al salto cambiario. Cada devaluación funcionaba como una onda expansiva que terminaba en góndolas, tarifas y salarios. Hoy la escena es distinta.

Con un dólar en retroceso y un Banco Central que ya absorbió cerca de US$ 5.500 millones desde enero, la explicación del repunte debe buscarse en otros frentes. (clarin.com)

El primero es el ajuste pendiente de precios relativos. Tarifas de servicios públicos, transporte urbano y combustibles siguen corrigiéndose tras años de atraso, y esa normalización tiene impacto directo en el IPC.

El segundo factor fue el salto de alimentos, con la carne a la cabeza, un rubro de enorme peso en la canasta y con fuerte sensibilidad social.

A eso se sumó el efecto internacional: la escalada en Medio Oriente impulsó el petróleo y los combustibles, que subieron 20% en los últimos 30 días, agregando presión sobre logística y costos productivos. (clarin.com)

Las anclas ya no alcanzan

El problema para el Gobierno es que las herramientas que venían funcionando como freno empiezan a mostrar límites.

La combinación de actividad débil, apertura comercial y dólar planchado actuó como ancla antiinflacionaria durante buena parte del último año. Sin embargo, distintas consultoras privadas advierten que esos factores ya resultan insuficientes para quebrar la inercia inflacionaria, que sigue muy instalada en la formación de precios. (clarin.com)

La economía real ofrece la explicación más concreta: aunque el consumo no rebota con fuerza, los costos regulados siguen ajustándose y los sectores formadores de precios todavía operan bajo una lógica defensiva, con remarcaciones preventivas ante cualquier ruido político o externo.

La desaceleración llegará, coinciden los analistas, pero más lenta de lo previsto a comienzos del año.

Del sueño del 10% al riesgo del 30%

El mercado ya reescribió sus pronósticos. Cada vez ganan más peso las estimaciones que ubican la inflación 2026 en torno al 30% e incluso por encima del 31,5% de 2025. (clarin.com)

Para el mileísmo, esto implica un desafío mucho mayor que un desvío técnico: la baja de la inflación es la bandera política que sostiene el sacrificio social de estos meses.

Si el Gobierno logra que abril marque una baja, podrá presentar marzo como un accidente estadístico. Pero si la inflación se estabiliza en torno al 3%, el relato del éxito macro empieza a convivir con una realidad menos épica: la de una economía que ya no se incendia, pero tampoco termina de enfriarse.

La paradoja de esta etapa es brutal: la inflación resiste incluso sin dólar, y eso obliga al Gobierno a enfrentar el núcleo más duro del problema argentino, donde la batalla ya no es contra la devaluación, sino contra la memoria económica de una sociedad que aprendió a remarcar antes de confiar.