La erosión silenciosa que empieza a cercar a Milei

Los gobiernos no empiezan a debilitarse cuando cae un ministro, estalla un escándalo o un indicador económico se da vuelta. Empiezan a erosionarse cuando la autoridad presidencial deja de ordenar la realidad. Ese es el punto delicado al que parece haber ingresado Javier Milei: una zona donde el poder conserva volumen institucional, pero pierde capacidad para imponer sentido, disciplina y expectativa. La preocupación ya no es un tropiezo puntual. Es algo más profundo: la lenta corrosión del liderazgo que hasta hace poco parecía blindado.

Durante su ascenso, Milei edificó una legitimidad excepcional sobre tres pilares: ruptura con la política tradicional, superioridad moral frente a “la casta” y promesa de sacrificio presente con recompensa futura. Ese trípode le permitió atravesar meses de ajuste brutal con niveles de apoyo inesperadamente altos. Pero todo liderazgo hiperpersonalista enfrenta una fragilidad estructural: cuando la figura central se desgasta, no existe red política que amortigüe la caída.

La señal más inquietante no está sólo en las encuestas, aunque varias ya muestran fatiga social, retroceso de imagen y mayor escepticismo sobre la recuperación. El síntoma decisivo aparece en la atmósfera del poder: ministros que especulan, asesores que se reposicionan, voceros que moderan el tono y aliados que empiezan a mirar el día después. En la Casa Rosada comienza a respirarse algo que hasta hace poco era impensado: la administración preventiva del desgaste presidencial.

La economía, que debía ser el terreno de la consagración, empezó a transformarse en el principal foco de incertidumbre política. La mejora macro todavía no llega con la fuerza prometida a la vida cotidiana y la paciencia social muestra signos de agotamiento. La distancia entre los éxitos técnicos del plan y la experiencia concreta de la sociedad genera una tensión corrosiva: cuando la calle no confirma el relato oficial, la épica pierde potencia y la autoridad se resiente.

Pero la verdadera erosión es simbólica. Milei ganó encarnando una idea de pureza disruptiva frente a un sistema agotado. Los escándalos que rodearon a figuras sensibles del oficialismo, las internas expuestas y la acumulación de decisiones erráticas empezaron a perforar ese capital. No se trata solamente de costos de imagen: cuando se fisura la promesa moral, se resquebraja la identidad misma del proyecto político.

La consecuencia más peligrosa de este proceso no es electoral, al menos no todavía. Es funcional. Un Presidente que empieza a perder centralidad emocional también pierde capacidad para disciplinar a los propios, ordenar prioridades y sostener el monopolio de la iniciativa. Allí nacen las fugas, las operaciones y las lealtades condicionales. El poder deja de ser vertical y se vuelve negociado. Y cuando eso ocurre, la autoridad ya no se ejerce: se administra.

Por eso la pregunta que hoy empieza a recorrer al oficialismo no es si Milei conserva poder, sino cuánto tiempo puede seguir siendo el único sostén de su propio gobierno. Todo proceso de desgaste tiene un instante crítico: aquel en que el círculo íntimo deja de pensar en cómo fortalecer al líder y empieza a pensar cómo sobrevivir a su desgaste. Ese umbral, según admiten en privado distintos despachos, ya comenzó a insinuarse.

La erosión de Milei todavía no es una crisis terminal. Pero sí es la primera señal seria de que la épica libertaria entró en su fase más desafiante: la de demostrar que puede transformarse en poder duradero y no quedar reducida al vértigo de una experiencia personalista. En política, las caídas no siempre llegan con estrépito. A veces avanzan como una humedad silenciosa que primero mancha los bordes y, cuando nadie la atiende, termina por comprometer toda la estructura.

Y acaso ese sea hoy el mayor riesgo del Presidente: confundir ruido con control, obediencia con convicción y silencio con fortaleza.