A un mes del Adornigate: Adorni divide al Gobierno y crece la presión interna para forzar su salida

A un mes del escándalo que sacudió a la Casa Rosada, la figura de Manuel Adorni dejó de ser solamente un problema judicial o mediático para transformarse en un factor de desestabilización política dentro del propio Gobierno. Lo que comenzó con las revelaciones sobre los viajes con su esposa, el uso de vuelos oficiales y las sospechas sobre su crecimiento patrimonial, derivó en algo más profundo: una disputa abierta en la cúpula libertaria sobre hasta dónde sostener a un funcionario cuya crisis ya salpica al resto del Gabinete.

En la intimidad del poder, la discusión ya no gira en torno a la gravedad de las denuncias, sino al costo político de sostenerlo. Varios ministros consideran que Adorni se convirtió en una carga que erosiona la narrativa moral del mileísmo, construida sobre la promesa de terminar con “la casta” y los privilegios. El malestar es especialmente fuerte entre quienes creen que cada nueva revelación alimenta la idea de que el oficialismo perdió la superioridad ética que exhibió durante la campaña.

La fractura atraviesa a la propia mesa política. De un lado se ubican quienes responden a Karina Milei, todavía dispuesta a proteger a uno de sus hombres de mayor confianza. Del otro, ministros y armadores con llegada a Santiago Caputo, que empiezan a ver en Adorni un obstáculo para encarar la segunda etapa de la gestión, marcada por la necesidad de recuperar iniciativa y ordenar la comunicación.

La presión no es solamente discursiva. En las últimas horas se multiplicaron los movimientos internos para instalar la idea de una “oxigenación” del Gabinete, una fórmula elegante para hablar de cambios inevitables. Cerca de algunos ministros ya no esconden la incomodidad: sostienen que el jefe de Gabinete arrastra al resto en una crisis que combina sospechas judiciales, ruido mediático y deterioro en las encuestas. La definición que circula en despachos oficiales es brutal: “se convirtió en una catástrofe que nos arrastra a todos”.

El problema para Javier Milei es que la situación de Adorni ya dejó de ser individual. Su continuidad se volvió un símbolo de liderazgo presidencial. Si lo sostiene demasiado, el Presidente corre el riesgo de transmitir debilidad frente a un funcionario cuestionado; si lo desplaza, abre la puerta a reconocer una crisis interna que hasta ahora intentó negar con fotos de unidad y reuniones de gabinete cuidadosamente escenificadas.

Por eso, en Balcarce 50 crece la hipótesis de que el desenlace no dependerá de una denuncia puntual sino de un cálculo de oportunidad política. Hay quienes aseguran que Milei y Karina esperan el momento exacto para ejecutar un recambio más amplio y evitar que la salida de Adorni aparezca como una derrota aislada. En otras palabras: si cae, no caerá solo.

Mientras tanto, el oficialismo vive una paradoja inquietante. El hombre que durante meses fue la voz más filosa del Gobierno hoy se transformó en su silencio más incómodo. Y cada día que pasa sin una definición profundiza la sospecha que ya atraviesa a ministros, legisladores y aliados: el verdadero problema no es Adorni, sino la incapacidad del poder para decidir qué hacer con él.