La conspiración total y la ansiedad del poder

Cuando un presidente empieza a ver enemigos en todas partes, el problema deja de ser de sus adversarios. Pasa a ser un síntoma del poder. Eso es lo que empieza a insinuar Javier Milei con su narrativa cada vez más expansiva sobre una supuesta conspiración universal montada para frenar su gobierno.

Ya no se trata sólo del kirchnerismo, blanco natural de la confrontación oficial. En el nuevo mapa del conflicto entran periodistas, economistas, empresarios, jueces, sectores de la oposición, actores internacionales e incluso figuras que forman parte de su propio universo político. La lógica es tan abarcadora como inquietante: toda voz crítica es leída como parte de una maquinaria organizada para erosionar la legitimidad presidencial.

Esa visión totalizante no parece nacer de una posición de fortaleza, sino de una creciente ansiedad frente a tiempos que no se acomodan a las promesas. Milei llegó al poder con la convicción de que el ajuste brutal abriría rápidamente un ciclo virtuoso de estabilidad, inversiones y crecimiento. Sin embargo, la realidad viene imponiendo otro calendario: la inflación desaceleró, sí, pero no al ritmo capaz de traducirse en alivio social; el empleo sigue bajo presión; la actividad económica muestra señales ambiguas; y el humor público empieza a desplazarse desde la paciencia hacia el interrogante.

Es en ese punto donde la retórica conspirativa se vuelve funcional. Cuando los resultados no llegan con la velocidad prometida, la construcción de un enemigo total cumple una tarea política decisiva: posterga el balance de gestión y desplaza la discusión hacia el terreno emocional de la épica y la resistencia.

La impaciencia de Milei no es sólo personal. Empieza a ser institucional. Se percibe en el tono de sus intervenciones, en la intensidad de sus mensajes en redes sociales, en la necesidad permanente de ratificar lealtades y en la dureza con la que el Gobierno responde a cualquier observación, incluso cuando proviene de sectores que antes lo acompañaban.

La orden de que “la motosierra no para” puede funcionar como mensaje hacia su núcleo militante, pero también expone una dificultad más profunda: el oficialismo parece haber quedado atrapado en la fase del sacrificio sin lograr todavía ingresar de lleno en la etapa de los beneficios palpables. Y la política, a diferencia de la teoría económica, no suele conceder plazos infinitos.

Por eso la idea de una conspiración universal no debería analizarse sólo como un recurso discursivo. Es, sobre todo, la confesión involuntaria de un poder que empieza a sentir la presión del reloj. Cuanto más se extiende la espera social, más se acorta el margen presidencial para sostener intacto el relato del éxito inminente.

La historia argentina ofrece demasiados ejemplos de gobiernos que confundieron críticas con complots y malestar con sabotaje. El riesgo nunca estuvo en la existencia de adversarios, algo natural en democracia, sino en la incapacidad de distinguir entre oposición política y realidad objetiva.

El dato verdaderamente inquietante no es que Milei crea que hay una conspiración. Lo alarmante es que esa idea parece crecer en proporción directa a la demora de los resultados.

Y cuando un gobierno empieza a pelearse con todos, muchas veces no está enfrentando una conjura: está empezando a perder la paciencia con su propio tiempo.

Porque el poder soporta enemigos; lo que rara vez sobrevive es a la distancia entre la promesa y la realidad.