La Ética del Olvido y la Perinola de la Infamia

Por: El Jagua Arandú


Hay silencios que son estruendosos. El 28 de junio de 1966, la Argentina no solo asistió al derrocamiento de un Gobierno; asistió al desmantelamiento de una estatura moral que hoy, seis décadas después, nos resulta casi irreconocible. Don Arturo Humberto Illia, ese médico que habitó la Casa Rosada con la misma austeridad con la que recorría los pueblos, cometió el "pecado" capital de la decencia: entender que la salud es un bien social y no un botín de guerra.
La Ley Oñativia fue el bisturí con el que Illia intentó sanar un cuerpo social infectado por la especulación. Al exigir transparencia en los costos y limitar las regalías de los laboratorios, tocó el nervio de un poder sin límites. Pero Don Arturo no fue sitiado solo por las sombras de una época; fue abandonado por el coro de los beneficiarios del statu quo. Lo dejaron solo los políticos de todos los pelajes, los empresarios de la Sociedad Rural, un periodismo que lo ridiculizaba con la lentitud de la tortuga mientras él trabajaba con la precisión del relojero, y una Iglesia que, con su silencio, bendijo el asalto a la República.
Hoy, la historia no se repite, pero nos interpela con una crueldad renovada. Mientras nos empujan hacia el 30 de abril con la urgencia de cumplir con el Tratado de Cooperación de Patentes (PCT), el jubilado argentino se encuentra frente a una perinola donde todas las caras dicen lo mismo: "Dos pierden". Se pierde por el "cerrojo" de las patentes internacionales que blindan monopolios por 20 años bajo el ala del "Tío Sam", y se pierde por los laboratorios nacionales que, lejos de competir, han aprendido a "cazar en el zoológico" con precios que son una afrenta a la dignidad de la mínima.
El virus más letal no es el que se estudia en los laboratorios; es la corrupción endógena. Esa que permitió que el régimen posterior a Illia, tras amagar con el rigor, terminara negociando con un sindicalismo que cambió derechos por cajas. Aquel pacto de sangre les entregó el maná de las Obras Sociales, transformando a dirigentes en empresarios multimillonarios. Corruptos ya eran; el sistema los volvió dueños de la vida ajena.
Seis décadas después, el desamparo del jubilado —que hoy sangra el 30% del ajuste estatal— es la prueba de que el legado de Illia ha sido sepultado bajo el cinismo. Nos dicen que la "libertad" bajará los precios, pero la libertad sin un marco jurídico ético es solo el derecho del más fuerte a devorar al más débil. Sin una ANMAT incorruptible y sin el espíritu de control que defendía Don Arturo, la importación directa o el nuevo régimen de patentes son solo un cambio de manos en el negocio de la enfermedad.
Desde este portal, el Jagua Arandú observa y advierte. La memoria no es un ejercicio nostálgico, es una brújula. Recordar a Illia es comprender que la eficiencia sin honestidad es crueldad técnica. O recuperamos la ética del bisturí que defendía lo público como sagrado, o seguiremos asistiendo, como espectadores mudos, al remate de nuestra propia soberanía sanitaria.
Como diría el maestro: no estamos ante una crisis económica, estamos ante una penuria del alma. Es hora de que el Jagua despierte y ladre a la verdad, antes de que el silencio termine por devorarnos a todos.